1- LA TRÍADA

No pretendo, en esta oportunidad, dar cuenta de la relevancia simbólica que tiene el número tres en numerosas cosmovisiones de distintos pueblos del mundo, sino reflexionar conjuntamente acerca de la imbricación dinámica y “necesaria” de los tres elementos señalados en el título en función de clarificar, ampliar y más que nada operativizar los modelos de y para la acción cultural.

Como bien se afirma en algunos medios gráficosi en los últimos tiempos hay un fuerte incremento de la oferta educativa universitaria en el campo del arte y la gestión cultural lo que a su vez e indudablemente expresa la existencia de cientos de personas decididas a formarse profesionalmente en los mismos. Esto es más que auspicioso pero lo preocupante es que, en muchos casos, en dicha formación no siempre se explicita ni se reflexiona acerca de la relevancia política cultural que encierra la tríada o configuración en cuestión, la que también podría plantearse de la siguiente manera: postura(s) política(s) o metapolíticas / concepto(s) de cultura(s) / tipos y calidad de las acciones y estrategias que identifican y se despliegan en determinadas gestiones.

Ninguno de estos elementos (conceptos y prácticas) pueden comprenderse aisladamente, conforman una gestalt, y cuando, por algún motivo, se hace figura alguno de ellos los restantes siguen operando significativamente como fondo. Dicho de otra manera: todo tipo de política cultural (implícita o explícita) conlleva un concepto operativo de cultura que sostiene una determinada línea de gestión o acción cultural y no otra. Por supuesto que, al ser los términos recurrentes, se podría comenzar la frase recién citada partiendo de cualquiera de ellos aunque ahora se seguirá el orden recién mencionado.

Tomando como referencia pero a la vez ampliando conceptos tanto de Néstor García Canclini (1987 y 2005)ii como de otros autores, en este texto entenderé por políticas culturales un conjunto de intervenciones, acciones y estrategias que distintas instituciones gubernamentales, no gubernamentales, privadas, comunitarias, etc. ponen en marcha con el propósito de:

  • Orientar el sentido de las mismas hacia la concreción de determinados objetivos de desarrollo o proyectos de vida y no otros;

  • Satisfacer las necesidades y aspiraciones culturales, simbólicas y expresivas, de la sociedad en sus distintos niveles y modalidades.

Su cometido y razón de ser se centra, entonces, en tomar decisiones respecto de cómo operar y poner dinámicamente en juego (gestionar, gestar) los elementos culturales (materiales, de organización, de conocimiento, simbólicos y emotivosiii) de una comunidad, sociedad, región o nación en función de cumplir los objetivos del caso. Es sabido que el espacio cultural contemporáneo se caracteriza por ser cada vez más heterogéneo, complejo, conflictivo y cambiante. Como ya dije en otra parteiv, en él se entrecruzan y confrontan fuerzas culturales globalizadoras que tienden a fijar sus reglas de juego y sus propios proyectos a partir de planteos absolutizadores y fuerzas culturales locales y regionales que tienden a mantener cierto grado de autonomía y autodeterminación a partir de distintos tipos de respuestas. Interaccionan, cada vez con mayor asiduidad, actores sociales que “encarnan” tiempos y ritmos culturales diversos. Formas de vida de distinto origen histórico y significación que expresan, a su vez, múltiples maneras de resolver física, emocional y mentalmente sus relaciones fundantes. Prácticas, imaginarios y creatividades en pugna. Disímiles formas de percibir, sentir, valorar, pensar, decir, organizar (construir), significar, controlar y reproducir lo “real” y, en el caso que nos atañe, distintas maneras de diseñar e implementar políticas culturales.

Justamente dentro de estas son muchas, especialmente a nivel público, las que no son capaces o no quieren (decisión cultural) tomar en cuenta en sus planificaciones a la sociedad en sus distintos niveles (sociales) y modalidades (género, clases de edad, minorías étnicas, etc.). Quizá porque sus mentores consideran que mucho de “eso” que hacen, piensan, dicen, bailan, cantan, festejan, intercambian, producen algunos sectores sociales rurales y urbanos históricamente excluidos nada tiene que ver con “la“ cultura.

De allí la importancia de clarificar una y otra vez cuál es el concepto de cultura que orienta dichas prácticas. Porque no existen conceptos neutrales o asépticos de cultura. Estos son siempre operativos y emergentes de una determinada concepción (política) del mundo y demarcan determinadas líneas de acción, orientan a los agentes en un sentido o en otro y, además, clasifican, diría Gregory Batesonv.

El solo hecho de hablar de operatividad nos aleja de cualquier tipo de búsqueda esencialista de la cultura y nos mueve a dar cuenta de la fuerte imbricación que existe entre los términos de la tríada ya mencionada.

2- HISTORIA, MODELOS Y POLÍTICAS

Muy en grandes líneas podría afirmarse que, en la actualidad, coexisten dentro del campo de las políticas culturales y su gestión diversas concepciones de cultura que se fueron gestando a lo largo del tiempo. En principio, las mismas podrían agruparse de la siguiente manera:

  1. Las de corte socio antropológico (formas de vida; matriz cultural básica).

  2. Las que ponen el énfasis, de manera implícita o explícita, en la producción simbólica o producción de sentido ya sea desde una perspectiva a) más amplia (simbólico antropológica) o: b) más restringida y elitista (“bellas artes”).

  3. Las que, en tiempos de globalización, ponen claramente el acento en la cultura como recurso: a) de exclusiva acumulación económica; b) de inclusión social, construcción de ciudadanía, etc.

Como es sabido, en su origen, la palabra cultura está relacionada o menta el cultivo de la tierra (cultus) con todas sus implicancias: trabajo, ritos, fiestas. El término también está ligado a la acción de habitar (collo, collere); a un territorio que deviene en un mundo creado socialmente. Menta un hecho social total que transcurre en la vida cotidiana y que incluye múltiples formas de participación social.

A mi entender, y tal como lo desarrollaremos en seguida, esta es la fuente que alimenta toda concepción amplia, socioantropológica de cultura y sobre la cual hay que volver en función de abrir los modelos.

También cabe recordar que, con el tiempo, este significado “terrenal” y ligado al mundo doméstico, al pago, a la querencia, a un espacio cultural muy concreto, se fue desplazando a otro tipo de cultivos íntimamente ligados al surgimiento de la conciencia racional con sus diversas variantes filosóficas, científicas y tecnológicas y, asimismo, a otras concreciones del llamado “mundo del espíritu”; muy especialmente al desarrollo de las “bellas” artes, la música “seria” o académica y la “gran” literatura. Esta visión, sin duda restringida y asociada con un determinado tipo de producción simbólica, comienza a instituirse de a poco a partir del Renacimiento y cuando logra afirmarse se torna hegemónica y excluyente porque termina jerarquizando un determinado tipo de cultivos -los recién mencionados- en detrimento y / o directa exclusión de muchos otros, fundamentalmente los relacionados con los saberes, producciones y modos de ser de las clases subalternas y de los otros culturales: los pueblos no europeos. Es evidente que esta concepción, acotada por cierto, sigue siendo el modelo que sustenta muchas políticas culturales en la actualidad así como alimentando el imaginario de muchos artistas y productores. Es la concepción que, a grandes rasgos, homologa cultura con “bellas artes”.

Hacia el siglo XVIII se generaliza el empleo de lo “cultural” como opuesto o polar a “natural” y el término “cultura” se afirma prácticamente como sinónimo de refinamiento, de “perfección” espiritual y pasa a formar parte del discurso hegemónico “completándose”, luego, con la idea de que la humanidad pasó por tres estados evolutivos que se suceden linealmente: salvajismo, barbarie y civilización. En ese momento van a quedar íntimamente relacionados los términos “cultura” (lo espiritual) y “civilización” (lo material) apareciendo, en muchos casos, como sinónimos. Pero la trampa, en principio subyacente, se visibilizó cuando Europa se auto instituyó como la máxima expresión de “la” cultura auto asignándose a su vez la “misión histórica” de “civilizar” el planeta, colonialismo mediantevi.

A fines del siglo XVIII, la tradición romántica, inspirada en Rousseau, reacciona contra la ilustración, conceptualiza nación y comienza a considerarla como categoría histórica. El filósofo J. Herder fue uno de los que más cuestionó la idea de progreso y la postura universalista y racional de los “ilustrados”. Pero lo más importante y distintivo es que se empieza a caracterizar la cultura como “espíritu del pueblo” y a valorizar la fuerza vital del mismo, sus costumbres y decires. De esta forma también se están sentando las bases de la diversidad de “culturas”, así, en plural.

A mediados del siglo XIX surge la Antropología como ciencia y se produce un giro fundamental dado por las nuevas conceptualizaciones sobre cultura. Son fundamentales, por la apertura que proponen, las definiciones de Gustav Klemm (hacia l855) y la de Edward B. Tylor (l87l). Las mismas comienzan a restituir cierta integralidad y se convierten en un gran precedente para la teorización que aún hoy continúan realizando diversas escuelas antropológicas que, en esta oportunidad, no vamos a considerar.

En 1952, dos antropólogos, Kroeber y Kluckhohn, publican un escrito ya clásico sobre el tema: Culture. A critical Review of Concepts and Definitions. En él registran 164 definiciones de cultura recogidas de publicaciones del campo antropológico social y cultural que era el que estaban investigando. Las clasifican en seis grupos: a) Descriptivas (la más famosa es la de Tylor); b) Históricas (enfatizan la herencia cultural; c) Normativas (la cultura como ideal orientador de conductas); d) Psicológicas (“reducen la cultura a comportamiento”); e) Estructurales (“la cultura es como un significante universal; las culturas particulares son como significados”); f) Genéticas (explican la génesis y el proceso evolutivo de las culturas)vii. Y: “Como un resumen de los elementos fundamentales y recurrentes de todas ellas, llegan a la siguiente conclusión definitoria: “La cultura consiste en patrones (patterns o modelos), explícitos o implícitos, de y para la conducta, adquiridos y transmitidos mediante símbolos, constituyendo los logros distintivos de los grupos humanos, incluyendo sus expresiones en artefactos; el núcleo central de la cultura se compone de las ideas tradicionales (es decir, derivadas y seleccionadas históricamente) y especialmente de los valores que se les atribuyen; los sistemas culturales pueden, por una parte, ser considerados como los productos de la acción; por otra parte, como elementos condicionadores para otras acciones (p. 357)”viii.

A principios de la década del ochenta, la UNESCO, un referente insoslayable en todo lo que se relaciona con el desarrollo de las políticas culturales públicas, realiza la siguiente reflexión: “La cultura definida únicamente a partir de criterios estéticos no expresa la realidad de otras formas culturales. Hay una tendencia unánime a favor de una definición socio-antropológica de la cultura que abarque los rasgos existenciales, es decir concretos de pueblos enteros: los modos de vida y de producción, los sistemas de valores, las opiniones y creencias, etc.”ix. Pero lo destacable es que, a pesar de los esfuerzos y de las posteriores recomendaciones realizadas por dicha institución, y de los importantísimos aportes hechos por distintas escuelas antropológicas, aquel modelo cerrado y socialmente discriminatorio que se terminó de instituir durante el siglo XVIII, sigue sosteniendo políticas y acciones culturales, tanto oficiales (para muestra basta analizar los organigramas) como privadas y subyace, por lo menos en “espíritu”, en la casi totalidad de los planes educativos de todos los niveles y, en muchos casos, pervive en el “sentido común” y la jerga cotidiana.

Esa concepción restringida y elitista continúa apuntalando políticas culturales que se centran en el fomento de las “actividades superiores” y la conservación del patrimonio cultural, especialmente el tangiblex. Esta entrada que algunos denominan patrimonialista se ocultaba, por lo menos hasta los años sesenta, detrás de una aparente ausencia de política cultural aunque, obviamente, sus representantes promovían una cultura de elite cuyas principales características eran el academicismo, el individualismo, el dogmatismo y el exclusivismo. Pero además ese modelo restringido sigue fundamentando políticas centradas en la difusión cultural (“transmitir y difundir las riquezas del patrimonio cultural y, de manera especial, la producción artística”) que derivan en la propuesta que suele denominarse democratización de la cultura o difusionista la que, en ocasiones, aparece ligada a la cultura de masas.

En esta línea se parte de la premisa de que la cultura es algo ya establecido, inamovible, que debe acercarse a la población para, de esta forma, “elevar su nivel”.

Pero, y esto es lo más importante, en el trasfondo de estas propuestas pervive, y con todo su esplendor, aquella vieja idea elitista que sabe contar también hoy con su cara o máscara “progresista” e incluso “academicista” cuando se ponen en práctica estrategias que se sustentan en presupuestos tales como: “yo tengo la cultura y la llevo a los barrios” (que se supone que no la tienen) o “la presento como dádiva” en ciertos espacios públicos cargados de significación (especialmente al aire libre en la época veraniega).

Sin desconocer la buena voluntad que tienen algunos de sus mentores y agentes, esta forma verticalista de hacer política cultural podría sintetizarse en consignas tales como “la cultura se mueve: del centro a la periferia” que en determinado momento histórico hicieron suya incluso importantes agrupaciones universitarias de izquierda. Esto significa, indudablemente, que algunos “tienen” (creen tener) la llave de la cultura y se dignan a divulgarla y “mostrarla” a los que carecen de ella lo que, como dice Adolfo Colombres (1990)xi, “no deja de ser una empresa unilateral, sin interacción recíproca, que a la postre funciona como un obstáculo y no como puente a la democracia cultural. Más importante que poner en manos del pueblo una cultura “universal” recortada, desactivada, descontextualizada y epidérmica es abrir al pueblo los espacios de expresión y cederle los recursos que le corresponden para que pueda desarrollar su propia cultura, descolonizarla, explorar sus posibilidades y alcanzar su florecimiento. En el camino éste irá tomando lo que le interese, conforme a sus proyectos, puntos de vista y necesidades reales, de la llamada cultura universal”.

Desde hace más de dos décadas se han comenzado a plantear políticas que tienen como objetivo estratégico la realización de la democracia cultural considerada como un sistema que pretende repartir “en forma equitativa entre los grupos sociales los espacios y recursos de la cultura, dando así a todos igual oportunidad de desarrollar sus propios valores y de acceder a los creados por otros pueblos. Sería el (ejercicio del) pluralismo cultural”xii.

Hoy, este tipo de política cultural apunta principalmente a: la construcción de ciudadanía y de sentido de comunidad, la recuperación del sentido de lo público, la valoración de la creación sociocultural autónoma tanto privada como comunitaria, la inclusión social, la promoción de un pleno acceso a los bienes simbólicos, la puesta de límites al “fundamentalismo” del mercado, el pleno ejercicio de los derechos culturales y, en síntesis, la realización de proyectos de vida más justos, dialógicos, concertantes y solidarios o, dicho con nuestras palabras, proyectos relacionados con la creación de nuevas formas de vivir (dignamente), en comunidad con un sentidoxiii.

3- LA CULTURA COMO FORMA INTEGRAL DE VIDA

Las palabras primordiales no significan cosas, sino que indican relaciones”

Martin Buber

Se suele decir que el proceso de construcción de la democracia cultural conlleva como un elemento clave el registro antropológico de la cultura. Perfecto, pero cómo, desde dónde, con quiénes. Para comenzar a contestarse estas preguntas conviene operativizar ese registro para que, además, tenga un reflejo organizacional dentro del Sector Cultura, por lo menos el público. Porque los contextos y las líneas políticas cambian, pero los organigramas permanecen…

La antropología dejó oportunamente en claro que “todo lo hecho por el hombre es cultura” lo que, indudablemente, es correcto. Pero, en este caso el peligro que se corre es caer en una oposición “mecánica” a la citada noción restringida y elitista de cultura para la cual, como ya se dijo, “la cultura es (sólo) una parte”. De optar por la concepción antropológica en “crudo” lo que se gana en amplitud se pierde en operatividad que es justamente lo que estamos buscando: soportes teóricos y metodológicos que ayuden a explorar y pensar la vasta realidad en función de intervenir creativa y democráticamente en ella. Leopoldo Marechal decía: “de todo laberinto se sale por lo alto”. Y lo recuerdo porque, a mi entender, en la resolución de la aparente contradicción entre “todo es cultura” / “cultura es una parte” (ciertas artes, ciencias, letras, espectáculos), en la superación de los “contrarios” está la clave para abrir y articular política y creativamente algunos de los modelos que estamos presentando.

En función de lo dicho es conveniente dar cuenta de los principales componentes a considerar cuando se encara la cultura desde una perspectiva amplia o, como dicen algunos, socioantropológica. En otros textosxiv figuran algunos aportes al respecto. En ellos tomo como punto de partida al hombre (varón / mujer) en comunidad (la comunidad) o, dicho de otra manera, al humano en relación. Porque es evidente que éste aislado carece de sentido y que fueron sus capacidades para entablar y resolver infinidad de relaciones tangibles e intangibles lo que posibilitó su supervivencia en el planeta. Es por ese motivo, y ante la imposibilidad de dar cuenta del sinnúmero de relaciones que aparecen, que se torna necesario agruparlas operativamente alrededor de algunas que pueden considerarse como fundantes porque conforman la plataforma, el molde, la matriz básica, a partir de la cual una comunidad gesta una determinada forma de vida. A saber:

  1. Las relaciones que la comunidad entabla con la naturaleza, con el entorno natural en el cual se asienta. Me refiero a ese conjunto de relaciones que tienen como eje la instalación humana y la participación en un nicho ecológico del cual la comunidad saca el sustento a través del trabajo. En este “bloque” de relaciones se asientan y despliegan los procesos adaptativos que, a su vez, combinan elementos culturales varios pero, fundamentalmente, tecno – económicos y organizativos. Los medios de producción. A nivel operativo es importante tener en cuenta, en estas relaciones, la dimensión y el peso simbólico que pueden tener ciertas manifestaciones que, en muchas regiones del país, son vividas como sagradas: la Pachamama, los Señores de los Animales, la Madre del Monte, etc. También es importante pensar algunas conexiones entre en el Sector Cultura y otras áreas de gobierno como medio ambiente, desarrollo social, turismo (ciclos de fiestas productivas regionales). Me estoy refiriendo a posibles proyectos de acción integrada entre las áreas o a lo que Alfons Martinell denomina “binomios de la cultura”xv.

  2. Las relaciones que los hombres de una comunidad, al organizarse, establecen entre sí. Relaciones de producción y humanas en general, estructura social, poder, sistemas de participación y parentesco, despliegue del ciclo vital, rituales de todo tipo, fiestas, códigos comunicacionales y configuraciones simbólico – expresivas varias. Como luego se verá, la ampliación de muchos de estos elementos sustenta la visión de la cultura entendida como producción de sentido o producción simbólica a través de múltiples lenguajes y performatividades. También en este bloque de relaciones se juegan ciertas prácticas y simbólicas de la otredad, distintos procesos de la polaridad inclusión / exclusión (discriminaciones varias). Y, además, la problemática de las identidades en los más diversos niveles (sociales) y modalidades (género, clases de edad, minorías étnicas, etc.). También, desde lo simbólico y en distintas escalas, se juegan posibles decisiones acerca de. “Marca País”, “Marca Provincia” o “Marca Ciudad”.

  3. Las relaciones que una comunidad mantiene con otras comunidades. Encuentros y desencuentros. Interfases; fronteras. Guerra, paz, intercambios varios. Relaciones exteriores; cooperación internacional. Desde lo simbólico pueden darse los casos extremos del imaginario de la otredad así como otros niveles de la problemática inclusión / exclusión y los fenómenos discriminatorios.

  4. Las relaciones que la comunidad establece con lo que ella vive y califica como “trascendente”. Con todo aquello que es sentido y/o expresado como desbordante respecto de lo humano y que fue denominado de las más diversas maneras: lo sagrado, lo sobrenatural, el misterio, lo indeterminado, lo incognoscible, lo numinoso, etc. Según los casos habrá una afirmación o una negación de esta relación que, sin duda, es la más fuertemente subjetiva e intersubjetiva. Más allá de los prejuicios que detona este tipo de consideraciones, esta relación se torna altamente representativa especialmente a la hora de hacer diagnósticos socioculturales. El mero hecho de tenerla en cuenta sin ontologizarla ayuda a comprender al “otro” desde el código del “otro” (perspectiva emic) y se otorga un justo valor a las más diversas formas religiosas, sistema de creencias, devociones populares, etc. Desde la articulación del Sector Cultura con otras áreas adquieren relevancia actividades ligadas al Turismo religioso: sitios como Junín de los Andes o el estímulo económico que rodea a los ciclos de fiestas patronales, son sólo algunos ejemplos.

A lo largo de sus experiencias colectivas e históricas los distintos grupos humanos irán gestando maneras propias y en parte recurrentes de resolver de manera integral estas relaciones y de construir un sistema o dominio relacional que los identificará y, por lo tanto, los diferenciará de otros grupos. Pero antes de seguir es propicio aclarar que hay un quinto grupo de relaciones a tener muy en cuenta aunque esté ligada predominantemente a la historia de la cultura occidental. Me refiero a las relaciones que cada miembro de una comunidad, en tanto persona, mantiene consigo misma (con su cuerpo, su mundo interno) y con la totalidad (naturaleza, comunidad, otras comunidades, lo “trascendente”). Esto permite observar, asimismo, las diversas formas de realización social. En nuestro campo también podría considerarse la necesaria exploración biográfica que el gestor debería hacer respecto de su propia cultura (genealogías); de su propia matriz cultural. Al mismo tiempo cabe precisar que cuando digo “resolver” las relaciones estoy incluyendo tanto los aspectos tangibles como intangibles de la resolución y, por lo tanto, incorporando lo intersubjetivo (la interioridad) con toda su complejidad. El “cómo” un grupo las encara y soluciona, tanto desde lo físico (elementos y procesos materiales) como desde lo emocional (sentimientos, motivaciones, valores) y mental (principios y propósitos que fundamentan su hacer). En síntesis, se tiene en cuenta el cómo se tiende a: percibir, sentir, intuir, pensar, significar, valorar, imaginar, expresar, concretar, comunicar y organizar (construir) las relaciones. Y, esto, no sólo respecto de cada relación, sino también de la totalidad de las mismas. El reconocer estos aspectos apuntala el diálogo intercultural y afianza la democracia en el sentido que le otorga Humberto Maturana (1992)xvi: como “la estética del respeto mutuo” y “la aceptación del otro como un legítimo otro en convivencia” (no en desigualdad). Dicho de otra manera, la democracia como un proyecto y un proceso de integración plenificante capaz de conformar una unidad (negación de toda división) en libertad (negación de toda uniformidad). Teniendo en cuenta esta matriz relacional básica, y tratando de actualizar aspectos de la acepción original del término (ligado a cultus = cultivado y a colo = habitar), proponemos entender por cultura, en una primera instancia, como el cultivo (cuidado, atención, despliegue) de: Una forma integral de vida creada histórica y socialmente por una comunidad a partir de su particular manera de resolver – desde lo físico, emocional y mental – las relaciones que mantiene con la naturaleza, consigo misma, con otras comunidades y con lo que vive y califica “trascendente”, con el propósito de dar continuidad, plenitud y sentido a la totalidad de su existenciaxvii.

Entendida de esta manera, la cultura no aparece como un fin en sí misma sino como el medio (recurso) creado por los hombres en comunidad para entablar, con voz propia, su diálogo con el universo. El medio a través del cual cada pueblo, cada grupo humano, se mancomuna sobre la base de sentimientos, lenguajes, conocimientos, valores y prácticas afines, transmitidas y recreadas de generación en generación y en función de materializar determinados principios y propósitos que, al actualizarse históricamente, identifican y aglutinan al grupo en torno a horizontes simbólicos comunes y estrategias de vida compartidas.

Desde esta perspectiva general la cultura puede considerarse, al mismo tiempo, como:

un modo de habitar o de estar siendo en el mundo;

una forma de operar significativamente en un determinado dominio relacional;

un estilo de vida, entendiendo, en este caso, por estilo: la predisposición o tendencia social a resolver las relaciones con el medio natural y humano a partir de la valoración y puesta en práctica de ciertas estrategias, facultades, actitudes, aptitudes, habilidades y formas de significar, y no de otrasxviii.

En todos los casos lo que se debe remarcar es lo sistémico porque, como bien dice Rodolfo Kuschxix, “el concepto de cultura comprende una totalidad”, una gestaltxx en la cual se da, agrego, una interacción recíproca entre: estructura, sentido, configuración y proceso.

Por supuesto que esta manera de observar la cultura se torna problemática cuando, en un mismo espacio social e histórico y tal como sucede en la actualidad, interactúan y se confrontan proyectos de vida globales y locales, actores sociales (gobiernos, grandes corporaciones transnacionales, grupos, sectores, clases, etnias) que “encarnan” distintos tipos de intereses y proyectos de mundo. Al operar cotidianamente en un mismo escenario, dichos actores (globales o locales) se manifiestan como verdaderas fuerzas culturales que se interpenetran, se afirman, se niegan, buscando concretar hegemonías, posicionamientos, alianzas y encuentros de distinto tipo. Al señalar estos aspectos quiero ratificar algo que, por más obvio que parezca, no puede dejarse de lado: el hecho de que hoy en día es prácticamente imposible encontrar, a nivel planetario, formas de vida (culturas) “puras” al estilo del ñande reko / tekoha de los guaraníes a principios del siglo XVI. Sólo encontramos heterogeneidad, complejidad, conflictividad y cambios cada vez más drásticos, vertiginosos y violentos. Un entrecruzamiento de tiempos culturales en fricción.

En este sentido Waldo Ansaldi (1993)xxi expresa “la necesidad de tomar en cuenta la conflictiva dinámica y la metamorfósica coexistencia de historicidades y, por ende, de pluralidad de identidades, que organizan dicha relación. Tenemos tiempos diferentes, a veces sucesivos y casi siempre superpuestos: autóctono o precolombino, colonial, mercantil, capitalista industrial y el “posmoderno” de la nueva reestructuración capitalista. Esto no debe interpretarse como existencia de tiempos viejos y tiempos nuevos, sino, en realidad, como una permanente, continua recreación interactual que da cuenta de una vasta universalidad o pluralidad de culturas”.

Es evidente que al historizar, al tratar de describir y comprender esta dinámica y conflictividad social (y hoy multinacional), adquiere relevancia la constante actualización de esa importante “herramienta” que Guillermo Bonfil Batallaxxii denominó “control cultural” así como aquellas conceptualizaciones y prácticas que, como las presentadas por Pierre Bourdieu, Antonio Gramsci, Adolfo Colombres, Néstor García Canclini, Daniel Mato, Jesús Martín-Barbero, Manuel Antonio Garretón, Renato Ortiz, Germán Rey y muchos otros han facilitado la comprensión de las complejas relaciones que se dieron, y se siguen dando, entre culturas hegemónicas y culturas subalternas, en un nivel y entre procesos de globalización y procesos de resistencia y/o apropiación creativa, por otro.

De la misma manera se torna imprescindible la reconsideración de categorías tales como sociedad civil, culturas populares, cultura de masas, cultura de elite, cultura mundializada, cultura transnacional, glocalización, etc., así como de propuestas como las de George Yúdice (2002)xxiii quien al reflexionar sobre “la cultura como recurso” afirma que esta “mirada” (la suya) se constituye como “un nuevo marco epistémico” que absorbe y anula distinciones como las que estoy intentando realizar en estas mismas páginas.

A continuación veremos qué sucede cuando, tomando como referencia este esquema general, esta concepción operativa de la cultura entendida como forma integral de vida o matriz cultural básica, se decide poner el foco y ampliar un aspecto clave de la misma: la problemática del sentido.

4- LA CULTURA COMO PRODUCCIÓN DE SENTIDO

Los hombres habitan en mundos significativos…”

Jorge Estrella

En función de continuar operativizando la cultura propongo considerar esta entrada no como algo separado, sino como una ampliación de la recién presentada en la cual sus principales finalidades son: garantizar la “continuidad” (producción, reproducción, actualización) social de una determinada forma de vida y otorgar “plenitud” y “sentido” a la totalidad de su existencia.

Con respecto a esto último Gustavo González Gazquésxxiv, reflexionando sobre la concepción de cultura de Rodolfo Kusch afirma que “la totalidad de una cultura difícilmente se obtenga por la sumatoria de sus “partes”, sino en todo caso por el hallazgo de aquello que le imprime un sentido específico a cada una de ellas y las integra como totalidad. En consecuencia, la cultura no consiste en una mera totalidad de “cosas”, si no de sentidos“. Y esto, a mi entender, es así más acá o más allá de ciertas posturas posmodernas.

A través de diversos y complejos caminos, una comunidad crea un determinado universo simbólico expresivo que, por un espacio de tiempo, va a contener las claves que otorgan sentido al estilo general de vida y, a su vez, a los modos concretos de garantizar la producción, reproducción y actualización histórica de esas claves.

Lo dicho se viabiliza a través de múltiples dispositivos de comunicación (verbal, no verbal, contextual) que posibilitan la construcción y transmisión (tradición oral, ejemplaridad y, hoy, educación formal y no formal más la fuerte influencia mediática e informática) de:

  • conocimientos, tecnologías, habilidades;

  • formas de expresión artística (prácticas estéticas imbricadasxxv y, hoy, arte autónomo, nuevas tendencias, etc.);

  • valores;

  • ideas, imágenes, signos, símbolos, mitos, representaciones, creencias; “buenas formas” (normas, prescripciones) de actuación social (performatividades) en lo cotidiano (especialmente en el mundo del trabajo y el mundo doméstico) y en lo “extracotidiano” (rito, fiesta, juego, procesos de creación artística, prácticas artísticas, “experiencias cumbre”, etc.) de una sociedad o comunidadxxvi.

Dentro de ese “universo” y por diversos motivos sociales, económicos, políticos voluntarios y / o “involuntarios” , ciertas significaciones (símbolos, imágenes primigenias, ideas y creencias) y valoraciones (valores, sentimientos, motivaciones) se irán manifestando con mayor relevancia y resonancia que otras y operarán, implícita o explícitamente, como una red que conecta y da coherencia a los modos de resolver cada “bloque” de relaciones y a esa totalidad histórica y significativa donde se integran: el percibir, el sentir, el intuir, el pensar, el hacer, el decir, el valorar, el saber, el expresar, el conocer, el significar y el organizar (construir) de una comunidad.

Es en esa especie de “entramado de fondo”, en ese fondo orgánico (físico, emocional y mental), profundo y “fundamentador” que crean los humanos donde se condensan aquellos principios formativos de los estilos de vida que hacen posible ciertas correspondencias históricas entre pensamiento, sentimiento y acción. No está demás reiterar que dichos principios no son ni neutros ni eternos, son construcciones sociales y, por ende, sus actualizaciones históricas y políticas son inevitables y, muchas veces, sumamente conflictivas y dolorosas.

Dichos principios formativos tienen un soporte racional pero condensan, además, un conjunto de valores, motivaciones, sentimientos, aspiraciones, imágenes, ideas y creencias que influyen fuertemente a la hora de decidir políticas públicas porque son los que direccionan el hacer y lo sostienen, diría Gadamer. Tienen su influencia y su impacto, porque son parte del ethos grupal (éticas), en la toma de decisiones de todo tipo: desde participar de la invasión a Irak o no, autorizar la instalación de papeleras contaminantes o no, hasta vender indiscriminadamente tierras fiscales o no, dejar talar un bosque o no, amparar la educación artística o privatizarla, levantar los feriados de carnaval o dejar que sigan siendo días laborables. Como bien dice Lourdes Arizpe, las políticas culturales tienen “el poder de definir e imponer significados acerca de cómo vemos el mundo que hoy (entre otros aspectos) se concentra en las grandes industrias culturales transnacionales”xxvii.

Ya desde fines del siglo XIX pensadores como Dilthey, Rickert y Weber reflexionando sobre las llamadas ciencias del espíritu o de la cultura introducen categorías como valor, significado, fin y despliegan metodologías que tienen como eje la comprensión y no la explicación causal tal como hacen las ciencias naturales. En las últimas décadas, la antropología y la sociología de la cultura fueron influenciadas por los planteos de Clifford Geertzxxviii quien, siguiendo la línea de Max Weber pero también de Hans Gadamer y Paul Ricoeur, considera que “el hombre es un animal inserto en una trama de significaciones que él mismo ha tejido” y que la cultura es “esa urdimbre” cuyo análisis está a cargo de una ciencia interpretativa en busca de significaciones”.

El mismo García Canclini (1987) en un momento asevera que la redefinición del concepto de cultura en tanto “el conjunto de procesos donde se elabora la significación de las estructuras sociales, se la reproduce y transforma mediante operaciones simbólicas” la reubica en el campo político. Asimismo en la entrada “Explosividad” de su texto “Definiciones en transición” (2005) afirma que “En este espacio de insatisfacciones difícilmente gobernable, las políticas culturales tienen una vasta tarea como políticas organizadoras de las incertidumbres y los conflictos simbólicos, como movilizadoras de nuevos sentidos sociales. Como lugar en el que se reformulan los vínculos entre cultura, sociedad y política”.

Por su parte, el crítico e investigador paraguayo Ticio Escobar afirma que “lo cultural es lo social mismo considerado desde un cierto punto de vista: el del sentido que inventan los sujetos colectivos para organizar su experiencia del mundo y comprender lo inexplicable: el fundamento y el origen, el deseo y la muerte. La cultura es la propia sociedad en cuanto se imagina a sí misma y se autointerpreta a través de metáforas y discursos, de reflexión y de poesíaxxix”.

Muchas de las últimas definiciones de cultura proporcionadas por la línea denominada Estudios Culturales, también acentúan ese aspecto. J. Hartleyxxx define cultura de la siguiente manera: “La producción y reproducción sociales de sentido, significado y conciencia. La esfera del sentido, que unifica las esferas de la producción (la economía) y de las relaciones sociales (la política)”. El mismo autor, en la p. 323, define sentido como: “El alcance de cualquier significación. El producto de la cultura”. Es sumamente sugestivo y de gran potencial operativo ese papel articulador que le asigna a la cultura.

Por último, citamos otra interesante definición, la del antropólogo brasileño Darcy Ribeiroxxxi quien, en otro contexto y con otros fines (está teorizando sobre los procesos civilizatorios), afirma: “En una sociedad considerada históricamente en cierto lugar y en cierto tiempo, esos tres sistemas (el adaptativo, el asociativo y el ideológico), en su carácter de cuerpos simbólicos de pautas socialmente transmitidas de generación en generación, forman su cultura “.

5- LA CULTURA Y LO CULTURAL

Llegados a este punto y tomando como referencia lo dicho por los últimos autores citados, proponemos, por razones estrictamente operativas, y en función de ampliar los modelos y enriquecer la práctica de los agentes del Sector Cultura, lo siguiente:

  • Que cuando en el mundo de las políticas culturales y su gestión se trabaje, especialmente a la hora de realizar diagnósticos socioculturales, tomando como objeto y plano de la praxis la cultura entendida como una forma integral de vida (formación cultural), se hable de “cultura(s)” o del “campo de la cultura integral” (complejo, conflictivo y diverso, por cierto).

  • Que cuando en el mundo de las políticas culturales y su gestión se ponga en foco, dentro esa forma integral de vida (formación cultural) sus cuerpos simbólicos y la producción tangible y/o intangible de sentido en general o en particular, se hable de “lo cultural” o del “campo de lo cultural”.

A mi entender, la clave de una política cultural democrática y participativa se encontraría en la construcción de una articulación creativa entre ambos campos. En la toma de decisiones respecto de “cómo” operar desde “lo cultural” sea produciendo, consensuando y/o concertando significados en todos y/o cada uno de los distintos “bloques” de relaciones que constituyen una forma integral de vida.

Soy consciente de que cuando hoy se habla del “campo de la cultura” (a secas) se está mentando un conjunto de instituciones, agentes y acciones relacionadas exclusivamente con los distintos vericuetos del Sector Cultura (gestión oficial, privada, asociativa o comunitaria) pero, si observamos el esquema organizativo de dicho sector bajo la férula de cualquier gobierno y / o institución privada, podemos darnos cuenta de que las diversas actividades que se desarrollan tienen algo en común: el hecho de que, aunque respondan a diversas ideologías políticas -que, por supuesto, desde “el campo de la cultura integral” son construcciones culturales- las actividades presentadas enfatizan y jerarquizan especialmente lo que denominamos el “campo de lo cultural” (producción de sentido) y, dentro de éste, sólo algunas de sus “parcelas”, generalmente ligadas al “mundo” del arte y, hoy, al de las industrias culturales. De esta forma, se coarta la posibilidad tanto de intervenir en otras áreas colaborando en la producción de significados o contenidos respecto de las relaciones con la naturaleza, la comunidad, las otras comunidades o “lo trascendente” como en la promoción de culturas organizacionales específicas.

Todas las áreas de gestión cultural, cada una a su manera, apuntan con sus acciones a preservar, promover y difundir determinado tipo de producción simbólica y no otras que son excluidas y quedan en la sombra al igual que los sujetos que la generanxxxii. El problema aparece, como ya se dijo, cuando sólo se apoya, produce y fomenta sólo una gama de actividades y proyectos y, más que nada, cuando algunas corrientes políticas presentan a las mismas como la única o más “alta” forma de expresión cultural de “la” sociedad, como la única manera de organizar “la vida cultural institucionalizada”.

Por supuesto que alguien, frente a estas consideraciones podría, lícitamente, preguntarnos ¿Pero entonces, cuando se dice que “la cultura es una parte” o cuando discriminamos operativamente los dos campos propuestos, de qué estamos hablando? Las respuestas posibles son múltiples pero sólo damos una: estamos hablando de lo mismo pero en distintas “escalas” y valorizando (recortando) operativa, ideológica y / o políticamente determinados elementos, configuraciones y procesos culturales sobre otros. Se está ratificando que -tanto en la vida social en general como en la gestión cultural y educativa en particular- alguien o algunos deciden acerca de qué significados, líneas de exploración, acciones, procesos y concreciones simbólicas se ponen en juego en una política cultural siempre en función de apuntalar ciertos proyectos de vida y no otrosxxxiii.

6- LA CULTURA COMO RECURSO

Restaría hacer una breve referencia a la cultura como recurso. En los últimos tiempos es George Yúdice (2002)xxxiv quien profundiza y sistematiza esta idea considerando que en la era de la globalización se ha dado un proceso de creciente instrumentalización de la cultura y el surgimiento de una nueva división internacional del trabajo cultural. También afirma que la circulación global yuxtapone la diferencia local a la administración y la inversión trasnacionales, reservando para las empresas transnacionales la mayor parte del lucro. Es tomando este contexto como referencia que Yúdice considera que la cultura como recurso cobró una legitimidad que antes no tenía desplazando otras interpretaciones de la cultura. Para él esta ya no tiene valor trascendente ni tampoco opera como “distinción” ni como una manifestación de la creatividad popular dado que, más bien, se ha convertido en un medio de legitimación “para”, entre muchísimos otros objetivos: el desarrollo urbano (museos, turismo); el crecimiento económico (industrias culturales); la resolución de conflictos sociales (antirracismo, multiculturalismo); fuente de empleos (artesanías, producción de contenidos).

Esto va acompañado por la circunstancia de que “los actores más innovadores en términos de acción política y social han apostado a la cultura, es decir, a un recurso ya elegido como blanco de explotación por el capital y un fundamento para resistir a la devastación provocada por ese mismo sistema económico. La desmaterialización de muchas nuevas fuentes de crecimiento económico -por ejemplo, los derechos de propiedad intelectual- y la mayor distribución de bienes simbólicos en el comercio mundial -filmes, música, turismo- han dado a la esfera cultural un protagonismo mayor que en cualquier otro momento de la modernidad”. A su entender estos aspectos ilustran el modo en que la cultura se ha expandido de manera sin precedentes al ámbito político y económico; el modo en que, en efecto, se ha transformado lo que se entendía por cultura así como las posibles acciones a concretar en su nombre.

Yúdice considera que todo lo dicho conforma y encuentra su lugar en un “nuevo marco epistémico” aunque, desde cierto punto de vista, podría afirmarse que el uso de la cultura como recurso no es nuevo. Exagerando cabría decir que el recurso de la cultura en tanto prolongación de lo biológico por otros medios ha sido la clave para la transformación y supervivencia del humano como tal en este planeta.

El valor de la propuesta de Yúdice está en haber señalado la relevancia que adquirió el fenómeno mencionado en los últimos tiempos atravesados por los procesos de globalización y en haber dado cuenta de cómo “estalla” la esfera de la cultura en sentido estricto (el Sector Cultura) para pasar a ser operada de manera explícita (consciente, política), por agentes de otras esferas (la económica y la política). Esto tanto en función de producir transformaciones y más que nada consumos en el campo de “la cultura integral” (“cultura(s)”, formas y proyectos de vida, horizontes simbólicos) como de incrementar los réditos económicos y afirmar el “fundamentalismo” del mercado o, por el contrario, para impedirlo, resistirse o apropiarse de ciertos elementos en pos de concretar nuevos empoderamientos dentro de la sociedad civil con sus distintos niveles y modalidades. A mi modo de ver lo que Yúdice patentiza es el cómo, más que nada desde la faz tecno económica se pasa a operar desde el campo de “lo cultural” en el campo de “la cultura integral” buscando imponer determinadas prácticas y significados cada vez con mayor precisión, violencia simbólica y tecnología.

A pesar de que algunos autores, como Teixeira Coelhoxxxv, descalifiquen la categoría de “control cultural” de Guillermo Bonfil Batalla por considerarla vacía en tiempos de globalización la misma nos sigue señalando que, por más que nos pese, la clave de toda política (pública o no) se reduce en saber quiénes y para qué deciden sobre los elementos culturales” y, en consecuencia, hacer lo que haya que hacer. Porque, como bien lo afirma el mismo Yúdice, la gestión es cada vez más el nombre del juego.

7- REFLEJO ORGANIZACIONAL Y METAMODELO

A mi entender desde hace algunos años se fueron dando algunos pasos importantes hacia la concreción de ciertas prácticas que apuntan a la construcción de la democracia cultural aunque en muchos casos con el predominio de “incrustaciones” o yuxtaposiciones desordenadas y confusas entre distintas líneas de acción política, concepciones de cultura y formas de gestionarla. Para cumplimentar, por ejemplo, algunas actividades enmarcadas dentro de lo que Pablo Mendes Calado (2006) denomina políticas recursistas en el sector público por él mismo estudiado hasta el año 1999, últimamente se han creado unidades especiales de gestión que se dedican a algunas de las temáticas que enuncia: “desarrollo, exclusión, género, sexualidad, ecología, civismo”. Pero lo problemático es que ese tipo de experiencias, auspiciosas por cierto, suelen durar lo que dura la gestión política que las sostiene cumpliéndose lo que ya se dijo: que las políticas pasan pero los organigramas permanecen (o atrasan).

No cabe duda, entonces, de que este tipo de desfasajes y desajustes comenzarían a resolverse si fuéramos capaces de tomar la decisión (política) de diseñar metamodelos referenciales y operativos, modelos de modelos que faciliten y promuevan formatos de gestión que viabilicen la interacción y la articulación dinámica, consciente y responsable entre lo que se caracterizó como “el campo de la cultura integral” (formas de vida) y “el campo de lo cultural” (producción simbólica). Esto debería complementarse con la inmediata e indefectible revisión, en el seno de las políticas públicas, de la cultura organizacional del Sector Cultura en “la era de la globalización” y el rediseño de la misma en función de que se torne en una protagonista más de los procesos de cambio y en la principal fuente de activación y articulación de los campos mencionados.

Para terminar y a título de ejemplo sugiero, sin tener en cuenta ningún orden jerárquico, algunas posibles áreas a crear y líneas de acción a desarrollar dentro del campo de las políticas públicas de gestión cultural pública tomando como marco de referencia “el campo de la cultura integral”: investigación cultural (en general y no solamente focalizada en las industrias culturales); vida cotidiana y creatividad social; formación de ciudadanía y sentido de comunidad; desarrollo humano con el énfasis puesto en el desarrollo local; creación de Espacios Culturales Múltiples, ECM (en distintas escalas territoriales, con ejes propuestos por los ciudadanos según sus propias necesidades materiales, expresivas y simbólicas y destinados al encuentro vivencial entre los más diversos sectores de la población); orientación y ejecución de “procesos de integración cultural” en distintas escalas; experimentación cultural (no solamente en el campo del arte); tecnologías alternativas o apropiadas; coordinación general de políticas (especialmente política cultural, educacional, científico-técnica, ambiental y comunicacional); gestiones integradas puntuales: educación y cultura y otras; cultura joven; cultura ecológica; cultura y prevención; cultura y derechos humanos; comunicación cultural; planificación cultural del territorio y del espacio social; culturas regionales; culturas populares; pueblos originarios; formación de mediadores culturales; capacitación permanente; promoción sociocultural (encarada seriamente y en profundidad); turismo cultural en sentido amplio; etc.

Por supuesto que esta propuesta -apenas esbozada- de apertura de los modelos organizativos de la gestión cultural implica la puesta en práctica de otro tipo de apertura imprescindible: la política.

Ricardo Santillán Güemes

Marzo de 2009


 

i Ver, por ejemplo, ADN Cultura, diario La Nación, Buenos Aires, 07/03/09

ii GARCÍA CANCLINI, NÉSTOR / editor (1987): Políticas culturales en América Latina. México, Grijalbo y (2005): “Definiciones en transición”. En: MATO, DANIEL (comp.): Cultura, política y sociedad. Buenos Aires, Editorial CLACSO.

iii BONFIL BATALLA, GUILLERMO (1982): “Lo propio y lo ajeno: Una aproximación al problema del control cultural”. En: La Cultura Popular. Adolfo Colombres, compilador. México, Premiá Editora.

iv SANTILLÁN GÚEMES, RICARDO (2000: a): “El campo de la cultura”, en: OLMOS, HÉCTOR. ARIEL. y SANTILLAN GÚEMES, RICARDO: Educar en Cultura. Ensayos para una acción integrada. Buenos Aires. CICCUS. Primera reimpresión 2003.

v BATESON, GREGORY (1980): Espíritu y Naturaleza. Buenos Aires, Amorrortu editores.

vi Para más detalles ver: SANTILLÁN GÚEMES, R. (2008). “Culturas para la vida. Pasos hacia un desarrollo humanizante”. En: OLMOS, HÉCTOR A. y SANTILLÁN GÚEMES, R.: Culturar. Las formas del desarrollo. Buenos Aires, CICCUS.

vii AGUIRRE, A. (1993). En: AGUIRRE BAZTÁN, A. (Ed.): Diccionario Temático de Antropología Barcelona, Editorial Boixareu Universitaria, p. 152 / 159.

viii Ver: MAGRASSI, G. y otros (1982): Cultura y civilización desde Sudamérica. Buenos Aires, Búsqueda – Yuchán, p. 28.

ix AA. VV. (1981): Documento de la UNESCO.

x Ver GARCÍA CANCLINI, NÉSTOR / editor (1987), op. cit. En la “Introducción” este autor propone como principales paradigmas de las políticas culturales en América latina los siguientes: mecenazgo liberal, tradicionalismo patrimonialista, estatismo populista, privatización neoconservadora, democratización cultural y democracia participativa. Por su parte PABLO MENDES CALADO (2006) en “De la política cultural patrimonialista a la cultura como recurso. Las políticas culturales de la Secretaria de Cultura de la Nación (1983-1999)”. Departamento de Arte y Cultura, UNTREF (inédito) realiza una modelización tripartita sumamente operativa: políticas culturales “democratizadoras, democráticas y recursistas” presentando “estos tres modelos conforme a tres variables: noción de cultura, intervención del Estado y rol de la ciudadanía”. Según comunicación personal este trabajo sería publicado por la misma Universidad. El texto completo puede consultarse en la Biblioteca de la sede central de la UNTREF.

xi COLOMBRES, ADOLFO (1990): Manual del Promotor Cultural. (I) Bases teóricas de la acción. Buenos Aires, Humanitas – Colihue, Tomo I, p. 53. Subrayados nuestros.

xii COLOMBRES, ADOLFO Op. cit., p. 176

xiii Mendes Calado tomando como referencia a George Yúdice caracteriza a algunas de estas actividades como recursistas.

xiv Ver SANTILLÁN GÚEMES, R. (1985): Cultura creación del pueblo. Buenos Aires, Guadalupe. Ídem (2000: a): Op. cit. y (2000: b): “Educación y cultura”. Conferencia Iberoamericana de Ministros de Cultura, Ciudad de Panamá, Panamá, 5 y 6 de septiembre de 2000. En: http://www.oei.es/santillan.htm

xv Clase magistral dada en el III Encuentro Internacional de Gestores y Promotores Culturales, organizado por el CONACULTA, Guadalajara, México, abril de 2005.

xvi MATURANA, HUMBERTO (1992): Emociones y lenguaje en Educación y Política. Chile, Hachette

xvii Una primera versión de esta definición fue desarrollada por un equipo de antropólogos formado por, además del que suscribe, Mariano Garreta, Graciela Palmeiro, Daniel López, Eugenio Carutti y Carlos Martínez Sarasola. Ver: CARUTTI, E. y otros (1975): El concepto de cultura. Salta, Facultad de Humanidades, UNSA. Ver también: SANTILLÁN GÜEMES, R. (1985): Op. cit. y (2000:a), op. cit.. También: GARRETA, Mariano y BELLELLI, Cristina (1999): La Trama Cultural. Textos de antropología y arqueología. Buenos Aires, Ediciones Caligraf. En este libro M. Garreta expone su propia versión de la definición en cuestión.

xviii Un buen ejemplo, al respecto, es la idea de ñande reko de los guaraníes (que incluye el tekoha). Ver SANTILLÁN GÚEMES, R. (2000: a), Op. cit. Dicha noción guaraní podría asimilarse a la idea de cultura como “arte de vivir” planteada por José Nun en la Revista BePé, Buenos Aires, Año I, Nº 1, Comisión Nacional Protectora de Bibliotecas Populares (CONABIP). En GÓMEZ, ROCÍO DEL SOCORRO Y OTROS (2000): Gestión Cultural: conceptos”. Cuaderno Nº 1, Convenio Andrés Bello, Bogotá se pueden encontrar afirmaciones como estas: cultura es “el modo particular como un pueblo organiza su vida” (…) La forma de organizarnos, de trabajar; de pelearnos, de amar y hasta la de morir… (…) La cultura es el principio organizado de la experiencia. Mediante ella ordenamos y estructuramos nuestro presente a partir del sitio que ocupamos en las redes de relaciones sociales. Es, en nuestro rigor, nuestro sentido práctico de la vida”. Los autores de este texto son: Rocío del Socorro Gómez, José Hleap, Jaime Londoño y Guillermo Salazar

xix KUSCH, RODOLFO (1976): Geocultura del hombre americano. Buenos Aires, Ediciones García Cambeiro, p. 114.

xx Ver: PERLS, FRITZ (1976): El enfoque gestáltico. Chile, Editorial Cuatro Vientos”.

xxi ANSALDI, WALDO (1993): “El tiempo es olvido y es memoria, pero no sólo por esto es mixto”. En: COLOMBRES, ADOLFO (compilador): América Latina: el desafío del tercer milenio. Buenos Aires, Ediciones del Sol., p. 86.

xxii BONFIL BATALLA, GUILLERMO (1982): Op. cit.

xxiii YÚDICE, GEORGE: El recurso de la cultura; Editorial Gedisa, Barcelona, 2002.

xxiv GONZÁLEZ GAZQUÉS, GUSTAVO (1989): “Cultura” y “Sujeto Cultural” en el pensamiento de Rodolfo Kusch”. En: Kusch y el Pensar desde América: AZCUY, EDUARDO, compilador. Buenos Aires, CELA, Fernando García Cambeiro, p. 17.

xxv Categoría de OCAMPO, ESTELA (1985): Apolo y la Máscara. Icaria, Barcelona.

xxvi Ver SANTILLÁN GÜEMES, R. (1991): “El actor, el chamán y lo otro”. En Revista El Baldío. Buenos Aires, Año I, N º 1; artículo actualizado en www.elbaldio.org y también SANTILLÁN GÚEMES R. (2002): “Pasos hacia una ecología de la actuación”. En: Revista Ritornello. Devenires de la Pedagogía Teatral. Buenos Aires, Año II, N º 3.

xxvii Citada en Centro de Estudios Sociales y de Opinión Pública de la Cámara de Diputados de México, “Definición en Cultura”. En: http://archivos.diputados.gob.mx/Centros_Estudio/Cesop/Eje_tematico/d_cultura.htm

xxviii GEERTZ, CLIFFORD (1995): La interpretación de las culturas. Barcelona, Gedisa.

xxix ESCOBAR, TICIO (1995): Sobre cultura y Mercosur. Asunción, Editorial Don Bosco / Ñandutí Vive

xxxVer: O’ SULLIVAN, T. y otros (1997): Conceptos clave en comunicación y estudios culturales. Buenos Aires, Amorrortu, p. 87 y p. 323.

xxxi RIBEIRO, DARCY (1970): El Proceso Civilizatorio. Universidad Central de Venezuela, p. 28. Subrayados nuestros.

xxxii Ver al respecto: SANTILLÁN GÚEMES, RICARDO (2004): “Formación artística: celebración de las sombras”. En: SANTILLÁN GÚEMES, R. y OLMOS, H. A.: El gestor cultural. Ideas y experiencias para su capacitación. Buenos Aires, CICCUS.

xxxiii Dentro de este tipo de de las problemáticas es más que interesante la crítica que realiza Daniel Mato (2002) a los llamados “Estudios Culturales Latinoamericanos”. Considera que los mismos realizan un uso descontextualizado y descontextualizante en América Latina de la idea de “Cultural Studies” y propone hablar de “Estudios y otras prácticas intelectuales latinoamericanas en cultura y poder”. Por otra parte cabe decir que, por lo general, en la formación de gestores culturales se suele omitir lo que los grandes políticos han dicho acerca de y hecho con la cultura y lo cultural: Mao Tse Tung, Fidel Castro, Juan Domingo y Eva Perón, el Che Guevara, Amilcar Cabral y tantos otros.

xxxiv YÚDICE, GEORGE: (2002): op. cit.

xxxv COELHO, TEIXEIRA (2000): Diccionario crítico de política cultural: cultura e imaginario. México, CONACULTA – ITESO, p. 125.

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