Contexto

Las artes escénicas fueron las primeras afectadas por la regulaciones en función de la pandemia y si bien en muchos casos no fueron obligadas a cerrar, así lo hicieron, viendo inviable la prosecución de sus quehaceres habituales. En la ciudad de Buenos Aires, prácticamente todas las salas teatrales decidieron cerrar sus puertas aún antes de que el Presidente de la Nación anunciara a partir del día 20 de marzo el aislamiento social preventivo y obligatorio (conocido popularmente como “cuarentena”) para todo el país que sigue aún vigente.

Definitivamente se trata de una crisis a escala mundial, pero como eterna optimista, prefiero entenderla también como oportunidad. Al menos para emprender un quehacer reflexivo que permita repensar ciertas cuestiones. No se trata de planteos artísticos o estéticos (que por supuesto también se ven necesariamente involucrados) sino de entender posibles reformulaciones desde la gestión y la producción de una actividad, que por su propia naturaleza es artesanal, única e irrepetible.

Oportunidad 1: Repensar tiempo y espacio

La primera oportunidad que quiero analizar es la de repensar los a prioris kantianos por excelencia: tiempo y espacio. Habitualmente las funciones teatrales tienen lugar por la noche más allá de los horarios diurnos para el contenido infantil. También se privilegian días teatrales que suelen ir de miércoles a domingo, incorporándose días “alternativos” que dan espacio a más variedad de obras y entran en menos competencia con la oferta cultural general. Los detalles dependen del ámbito de representación (empresarial, público o independiente) pero así sucede a grandes rasgos.

En los últimos años comenzó a experimentarse con otros horarios de función, a partir de circunstancias particulares, como teatros que quedan en barrios de más difícil acceso y prefieren hacer funciones de día para que los asistentes no tengan que regresar tan tarde a sus hogares o actores que cumplen sus funciones habituales en el teatro empresarial y sostienen proyectos independientes en simultáneo los que necesariamente deben tener sus funciones por fuera de los horarios requeridos por sus contratos y obligaciones laborales centrales.

Esas búsquedas se catalizaron durante la pandemia, porque la idea de poner a disposición contenido en línea “on demand”, muchas veces con una disponibilidad acotada (24 o 48h) permite que la audiencia acceda desde otra posibilidad temporal, contando con pausas o recreos en sus propios ritmos. No daremos aquí la discusión de si esos contenidos audiovisuales son o no teatro o si deben ser llamados así. La migración al mundo digital no es la solución ni la forma en la que se hará de aquí en más el teatro, pero nos permite pensar alternativas y aún cuando decidamos que nada tiene que ver con nuestro quehacer, nos dejan ver ciertas lógicas del propio convivio teatral.

Ver la obra desde casa no es lo mismo que ir a la sala, pero justamente por eso, permite otros tipos de acercamientos. Por ejemplo, según las métricas de “La plaza online” la propuesta del grupo La plaza de una temporada teatral virtual durante la cuarentena, el mayor número de conexiones se dio no sólo el sábado entre las 20 y 20.30h durante la primera media hora de disponibilidad de las obras sino también el domingo por la mañana y luego del almuerzo. Es decir que muchas personas eligieron ver esa obra durante el desayuno o en vez de dormir la siesta. Nos permitimos hipotetizar, seguramente no sea el mismo público que ve la obra completa en el horario “oficial” de función, por lo que es posible que pueda haber una ampliación.

Por otra parte, en el teatro, la natural barrera de explotación es la capacidad de sala (más allá de que se puedan aumentar hasta cierto punto la cantidad de funciones semanales y extender temporadas). La pandemia pone en crisis este punto porque aún en el momento del regreso, será con una capacidad de sala menor al total, como las fotos que tanto conmovieron a la comuidad y circularon en estos días del Berliner Ensemble con dos tercios de sus butacas retiradas del patio de plateas.

En el caso de la “sala virtual”, en una plataforma donde la grabación está disponible, esa barrera desaparece y existe una capacidad infinita. Eso brinda la exponencialidad de poder acceder al hecho teatral desde otros barrios (sin viaje de ida y regreso a la sala), otras provincias (a las que quizás la obra no llega porque no está incluída en su gira) y otros países (con o sin barrera de idioma, porque incluso puede posibilitarse el uso de subtítulos).

Esto abre potenciales nuevos mercados, sin necesariamente canibalizar el del encuentro en vivo tradicional. Las nuevas plataformas de acceso desde una computadora, el televisor o el celular, permiten que la “función” se puede ver acostado en la cama o mientras se usa una bicicleta fija, sin código de vestimenta específico (como en pijama y pantuflas). También se abren nuevas posibilidades vinculares ya que se puede compartir el evento con personas a distancia con quienes quizás sería imposible reunirse para coincidir en un mismo lugar con la frecuencia deseada.

No decimos que el teatro deba migrar a lo virtual o adicionar esta ventana de representación si así no lo desean los hacedores del proyecto, pero es una posibilidad para comenzar a pensar la posibilidad de expansión de nuestras salas y aforos. En los horarios en que las salas no se usan para función o montaje, son lugares aprovechables para clases, talleres, ensayos, así como para eventos corporativos y encuentros diversos. Ahora la pregunta se amplía para repensar espacios como halls, escaleras o estacionamientos para comenzar a concebirlos potencialmente para ser ocupados por un hecho teatral. Y más aún el teatro saliendo  a la calle o a los parques como se está proponiendo en otros países para el regreso después de las cuarentenas. No es algo nuevo, existen propuestas teatrales en lugares no convencionales desde siempre. La situación excepcional de pandemia y cuarentena sólo nos permite seguir repensando estas cuestiones con mayor creatividad.

Oportunidad 2: Repensar la percepción de los precios

El ingreso principal del teatro, cuando no es subsidiado de alguna forma por el Estado y aún así, ha sido siempre la venta de entradas. Por supuesto también hay funciones gratuitas y modelos “a la gorra”, así como se han ido incorporando distintos tipos de auspiciantes y sponsors para tratar de afrontar el aumento de costos constante. Las propuestas colaborativas en donde no hay obligación de pagar para acceder, sino una invitación a hacerlo a voluntad nos posibilitan repensar las elecciones tarifarias.

Desde que inició el aislamiento obligatorio, varias salas lanzaron la opción de una programación online, pero Timbre4 fue la primera que implementó la gorra virtual. Es decir, el acceso a las obras es libre y gratuito, con la posibilidad de hacer un aporte (con el mismo procedimiento que uno utilizaría para comprar una entrada entre $50 y $1000). En el primer mes tuvieron casi 200.000 personas que vieron las obras online de manera gratuita y un 2,5% de ellas colaboró en la gorra. Quizás parezca un porcentaje ínfimo, pero el pasaje a opciones digitales, posibilita que aunque el precio promedio de entrada sea menor en la gorra que el de una entrada full price (lo cual no necesariamente es asi, ya que mucha gente elige pagar el precio completo e incluso uno superior como manera de colaborar con sus artistas y sala a partir del valor emocional generado) el aumento en la cantidad de transacciones haga que los montos de recaudación sean similares e incluso en muchos casos superiores a los de una función en vivo.

Por otra parte, los accesos digitales gratuitos para la audiencia suelen ser sustentados por sponsors privados que permiten solventar la trasmisión y colaboran a posicionarlos frente a sus audiencias. También permite a los distintos generadores de contenido medir su llegada y el interés despertado a través de métricas confiables. Y así los mercados se amplian. Se puede llegar ahora a muchas personas que ya la vieron en vivo y pueden repetir teniendo una segunda lectura desde lo online, como también la posibilidad de abrirse a nuevos públicos que quizás nunca antes la habían visto, o no habían podido hacerlo por distintos motivos. Aquí es interesante señalar que grabar los espectáculos comienza a ser cada vez más importante, ya sea para tenerlos en achivo como también para tener materal para ser trasmitido potencialmente de manera online. Eso sí, se abre aquí un punto central que tiene que ver con las nuevas licencias y derechos sobre esos contenidos para su utilización.

Lo interesante es repensar los habituales precios fijos y escalonados según la cercanía al escenario, en nuevas opciones de conceptos colaborativos y también competitivos, lo que podría abrir estrategias de precios dinámicos o la opción de por ejemplo generar subastas para que el precio termine siendo definido por los propios asistentes.

Oportunidad 3: Repensar la promesa de valor y el vínculo con las audiencias

Cuando compramos una entrada, adquirimos una promesa, es decir recibimos un papel (o un código qr o un pin de acceso, lo mismo da) por un determinado valor a futuro, cuando llegue el día y horario de la función. Pero la actual situación nos habla de un futuro incierto ya que no se sabe cuándo podrán retomarse las funciones ni qué es lo que se irá a programar en cada sala.

El Teatro Picadero, por ejemplo, implementó una preventa genérica de entradas a un precio simbólico de $500 (de hecho $495 más el service charge de la compra por internet que da el monto final) que habilitan a concurrir, una vez haya abierto nuevamente a cualquier obra que vaya a ser programada allí. Se vendieron más de 470 entradas, casi dos funciones de una sala bastante llena, aunque apenas alcanzan a cubrir los costos, ya que no logra el volumen de una sala abierta con programación atractiva.

Parecería que la disposición a pagar una entrada tiene más que ver con acceder a una propuesta específica que convoque. En el caso de Hernán Casciari, realiza los sábados a las 22h sus recitales de cuentos trasmitidos por streaming con una entrada paga de $800 que incluye gracias a un acuerdo comercial, una cena delivery de $600 en la casa de cada espectador. Su propuesta de valor se plantea como una continuidad en el mundo virtual de lo que hacía en los distintos teatros, convirtiendo en valor la comodidad del hogar y la recepción de la cena. Esta nueva modalidad reúne cada sábado más de 1000 personas.

Como siempre, en la medida en que la propuesta de valor ofrecida encuentre algún segmento dispuesto a pagar, puede suceder la transacción. Por eso muchas salas están pensando en proseguir los modelos con venta de entradas para cuando pueda retomarse la actividad y mientras generar contenidos digitales pagos en donde se acceda a determinado contenido de manera exclusiva y por un tiempo determinado. Cuando el valor más allá de un espectáculo puntual tiene que ver con un catálogo pueden plantearse modelos de abonos o suscripciones, lo que hace tiempo proponen los teatros especializados en lírica y ballet. En todo caso el centro sigue siendo proponer valor para establecer vínculos perdurables con los distintos públicos.

Sólo unas lineas finales

Más allá de la situación excepcional que implica la pandemia actual y de las reflexiones aquí esbozadas, probablemente la mayor oportunidad es la de repensar las artes escénicas en su conjunto y repensarnos como gestores, productores y agentes culturales dentro de este campo. Las audiencias están ávidas de contenido de buena calidad y dispuestas a pagar por ello, colaborar, recomendar y cumplir un rol activo de difusión. Nos queda a nosotros repensar junto al rol como creadores, productores integrales y gestores, nuestros valores de compromiso social y solidario con esas tareas. De esta manera y más allá de la crisis que representa este momento histórico que nos toca vivir, me he permitido compartir algunas potenciales oportunidades que también pueden avisorarse.

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