Crónica del regreso de la música en vivo en Montevideo.

 

Este artículo forma parte del ciclo «REPO – Relatos Polifónicos de la música en pandemia». Hasta fin de año, distintas voces latinoamericanas registran el impacto de la crisis en la industria de la música en tiempo real. REPO es un proyecto coordinado por Cecilia Salguero y Carlos Sidoni.

 

Es una tarde fría de septiembre, de esas que parecen desquitar las últimas heladas previas a la primavera. Y podría haber sido otra tarde más en plena pandemia, sin embargo, entre camperas, guantes, gorros de lana y tapabocas estamos pudiendo disfrutar de algo que hasta ahora parecía lejano. Estamos viendo música en vivo al aire libre, parados y en cercanía, pudiendo levemente bailar, aplaudir y conversar como en los viejos tiempos.

Esta es una escena que para muchos parece remitir a un pasado que hace tiempo no se repite, pero pasó en Montevideo, Uruguay. 

Desde julio se está aplicando un protocolo que permite la actividad cultural, con ciertas imposiciones y precauciones para prevenir la diseminación del coronavirus. Y llegado septiembre se habilitó una pequeña feria en una plaza frente al Museo de Artes Visuales (MNAV), con un breve toque acústico en las tres jornadas. 

Esta escena fue producto de un largo proceso, un tire y afloje entre el gobierno municipal, la Presidencia y la comunidad cultural. Que responde tanto a la necesidad de trabajo por todos los artistas y técnicos que vieron detenido abruptamente su principal fuente de ingresos, como a la necesidad del público de esparcimiento y diversión en tiempos nuevos y oscuros.

La música uruguaya en cuarentena

El coronavirus llegó a Uruguay el viernes 13 de marzo. Al día siguiente se iba a realizar Montevideo Rock, un festival municipal que revivió una mítica serie de eventos realizados a fines de los 80, y en el que tocarían varias de las bandas más importantes y emergentes del país, incluyendo artistas argentinos como Wos, Nicky Nicole y Marilina Bertoldi. Su cancelación fue la primera de una seguidilla que culminaría con la suspensión de espectáculos públicos hasta nuevo aviso del Poder Ejecutivo. 

Dos meses después se creó el colectivo “Uruguay es Música”, una asociación de productores, managers, salas privadas y gestores culturales, con el objetivo de reactivar el sector. Comenzaron promoviendo la escucha de música uruguaya a través de las plataformas de streaming y en los medios de comunicación. A la par, orgánicamente comenzó a compartirse la iniciativa #SuenaUruguay, una invitación a hacer playlist con canciones nacionales, con el fin de sumar streams y a su vez dar a conocer artistas emergentes. Artistas, personalidades, comunicadores y periodistas comenzaron a crear sus selecciones sumamente variadas. Hasta legisladores y candidatos a la intendencia realizaron sus propias listas. Ahora, buscando en Spotify hay casi 180 resultados.

La tendencia de los shows por streaming tampoco demoró en prendar. Con Instagram, Zoom, YouTube y plataformas como Recitales App, los músicos ofrecieron una enorme variedad de propuestas que acompañaron al público durante el encierro. Los Prolijos realizaron “fiestas” por Zoom, en las que tocaban a distancia e invitaban a colegas a sumarse. El Pilsen Rock, un festival mítico que se desarrolló durante los 2000 y se transformó en uno de los eventos más populares y masivos de la historia uruguaya, volvió en formato digital y ofreció una excelente transmisión con alta calidad de producción y un cartel que apeló tanto a los viejos valores rockeros como a talentos más nuevos como Eli Almic y DJ RC y Niña Lobo. Hasta la Banda Sinfónica de Montevideo se aggiornó para crear varios videos #desdecasa, con músicos interpretando en primera instancia pequeñas piezas clásicas –como La Cucaracha–, hasta llegar a la interpretación de la ópera San Francisco De Asís del uruguayo Luis Sambucetti.

Pero todas éstas fueron herramientas “paliativas”, y la necesidad de volver a los escenarios se hizo escuchar. En este sentido, “Uruguay es Música” funcionó como grupo de presión, reuniéndose con las autoridades y organizando una reunión de fondos para crear canastas para técnicos y trabajadores de la música, que sigue funcionando hasta ahora. 

Finalmente, hacia fines de junio se habilitaron los espectáculos en vivo con el protocolo en marcha. Éste indica la imposición de una sola función por día, en la cual se debe hacer limpieza de los espacios; ubicar mesas distanciadas; tomar la temperatura y aplicar alcohol en gel al ingreso; y por supuesto, utilizar obligatoriamente el tapabocas. En todos los casos, el público debe permanecer sentado, aunque si se trata de salas con venta de bebida y comida, se puede prescindir de la mascarilla una vez en la mesa. 

En el escenario también se tomaron medidas. Solo se permite la presencia de cuatro personas en escena, y los actores y músicos deben mantener distancia de al menos dos metros y se impide el contacto físico (sí, incluso en las obras de teatro).

El primer concierto fue el 9 de julio con una serie de shows de Buenos Muchachos en La Trastienda. Las tres funciones programadas se agotaron rápidamente, con un precio de entradas de U$S 27 y U$S 34. Enseguida agregaron tres más, y al poco rato otras tres. 

El público estuvo y aún está ávido de ver música en vivo. Esto se manifiesta de manera clara en cada show que –por supuesto con aforos bastante reducidos– es común que se agoten. Sin embargo, lo cierto es que durante esos meses hemos visto nuestro rol de público transformado profundamente, pasando de la libertad de expresar lo que sea que producía en nosotros la música, al extrañamiento de no poder moverse. De tener que aplaudir y bailar en la silla, de tener a los artistas lejos y hasta extrañar los “pogos”. Es algo a lo que creo nunca vamos a terminar de acostumbrarnos. Después de todo, un espectáculo musical es un hecho comunal, que se alimenta tanto de lo que sale del escenario como de lo que devuelve el público y ahora ese intercambio se ve trunco. 

Mientras que la agenda cultural continúa creciendo, llenando de propuestas diferentes e imperdibles cada fin de semana incluyendo el primer show internacional con Julieta Venegas en el Antel Arena, el protocolo se flexibilizó casi imperceptiblemente: ahora permite el contacto físico en teatro y ballet, y permitió el aumento de funciones por día. Pero aún no es suficiente. El 14 de octubre colectivos, técnicos y trabajadores de la cultura se plegaron al movimiento #WeMakeEvents para realizar una demostración en la Plaza Independencia frente a la Torre Ejecutiva. Entre sus reclamos se destaca un cambio de fase del protocolo -aumentando los aforos tanto para espectáculos como para fiestas privadas-, una creación de lineamientos para espectáculos al aire libre, y la habilitación de eventos con pista de baile, lo cual haría mermar las fiestas clandestinas que están aquejando al gobierno. Todos pasos necesarios para permitir el trabajo de decenas de miles de personas que aún siguen afectadas.

Llegado octubre ya los fríos dieron paso a noches cálidas, indicando el comienzo de la zafra de espectáculos que se extiende hasta fin de año. Será sin dudas una muy particular, limitada y cuidadosa. Y con el reclamo de cambio pendiente de respuesta, queda solo la esperanza de que en las próximas semanas nos vayamos acercando a algo similar a la vieja normalidad. Aunque seguramente esa realidad siga luciendo tapabocas.

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