Se dice que desde hace alrededor de 5000 años existen las festividades de carnaval en Sumeria y Egipto. Estas eran denominadas fiestas paganas desde el cristianismo, quien quería desligarse de estas celebraciones por el grado de permisividad que alcanzaban, de desenfado y descontrol popular. Es esta religión quien instituye este rito antes de la cuaresma.

A fines del s. XV, navegantes españoles y portugueses fueron trayendo a este continente estas ceremonias que sobreviven como antiguas fiestas, expresiones de distintas culturas, que mutan, se transforman y adquieren características diversas.

Así como en el mundo el carnaval de Venecia no es el mismo que el que se desarrolla en Alemania, Cádiz o la Gran Canaria, podemos en este continente apreciar que no es lo mismo Rio de Janeiro, Recife, Cartagena u Oruro, que Montevideo o La Habana.

En nuestro país tampoco el carnaval tiene la misma motivación. Corrientes, como expresión potente de todo lo que sucede en el resto del Litoral, quizás por su cercanía con Brasil, guarda en sus trajes y bailes una identificación más carioca. Esto difiere totalmente del sincretismo de la Quebrada de Humahuaca. Allí el ceremonial religioso en agradecimiento a la Pachamama que nos permite cosechar los frutos de la tierra, se mezcla con la ancestralidad andina y la danza ya no es un samba, sino que se baila cueca o huayno.

Entre Ríos, al igual que otras provincias, está compuesta por múltiples identidades y expresiones culturales que aglutinan a la comunidad, que fortalecen el patrimonio cultural tangible e intangible de la región y que a la vez rescatan y promueven nuestros valores y en muchos casos autoafirman nuestra identidad. Son realizaciones colectivas que involucran a las comunidades, organizaciones de la sociedad civil y a los estados locales, y que impactan socialmente; siendo un elemento aglutinante y de cohesión así como un importante factor de desarrollo, que impulsan la industria cultural y turística de las distintas regiones de la provincia.

Dentro de un sin número de estos eventos y fiestas populares, están los carnavales. El carnaval en Entre Ríos está en pleno desarrollo. Esta cita festiva anual que abarca desde comienzos de año hasta antes de iniciar el ciclo lectivo, en algunas localidades ya pasó y en otras, estamos en pleno desarrollo. Algunas solo son exhibiciones, desfiles donde además de bandas y murgas locales, suele haber murgas invitadas de otras localidades.

Existen importantes festejos de carnaval desde la década del ´30. Sobreviven en instalaciones de clubes: fotos, estandartes, objetos que dan cuenta que aquellos festejos tuvieron lugar y que eran acontecimientos que convocaban multitudes que se expresaban no solo yendo, sino disfrazándose, desfilando, jugando con agua o amaneciéndose en los bailes con orquestas típicas y características propias de la época. En este hecho artístico y cultural, para su realización, antaño primaban las ganas y el entusiasmo de hacerlo y en ceremonia los vecinos se encontraban y juntos diseñaban una puesta, un ritmo, un disfraz. Había mucha espontaneidad y en el desfile cientos de “máscaras sueltas”, haciendo la suya, eran protagonistas, al igual que murgas y comparsas, dando vida a este rito ancestral pero en permanente cambio.

La ciudad de Victoria, en la costa del Paraná es uno de esos lugares. Desde el año 1967 existe Terror do Corso que al principio eran un puñado de personas batucando y bailando y que luego fue adquiriendo dimensiones muy populares. Cuando el Corso Municipal da inicio en la zona céntrica de la ciudad, Terror do Corso sale en una recorrida por los barrios que van aportando vecinos, disfraces y colorido de todo tipo. Terror do Corso tiene como concepto que el carnaval es una celebración popular y que por lo tanto debe ser una fiesta libre y gratuita. Ya entrada la madrugada, cuando el desfile oficial se va apagando, Terror do Corso viene llegando con miles y miles disfrazados de cualquier cosa, que cantan y danzan al son de un ritmo contagiante, ya con el sol como testigo.

Los memoriosos cuentan que hasta la década del ´80, Gualeguay, en el centro de la provincia, era una de las ciudades que con más masividad se expresaba esta fiesta. Las angostas calles contenían a miles de vecinos que disfrutaban no solo de ritmos y danzas, sino además, de fantásticas carrozas, construidas en amplios espacios participativos, donde a través de mecanismos articulados era posible animar y dar vida a inmensos dragones lanzallamas o hacer más vivo un paisaje.

A partir de allí Gualeguaychú empezó a ser la protagonista saliente de estas fiestas que hoy forma parte del patrimonio cultural y turístico de la provincia. Ser El carnaval del país es una decisión política importante. El estado y la comunidad han definido un objetivo y tras él marchan. Hay una política de estado que más allá de la alternancia o la continuidad de partidos en los gobiernos, el carnaval que viene debe ser mejor que el anterior. La comunidad no solo no es invitada de piedra, sino beneficiara y garante de que el entusiasmo se convierta en pasión. Un puñado de jornadas de desfile y exhibición, concentra el trabajo anual de cientos de personas, que en enormes galpones confeccionan vestuarios y manipulan coloridos y costosos plumajes.

Responsables de producción y gestión de esta fiesta, han fortalecido sus capacidades, generando ámbitos de reflexión tendientes a optimizar procedimientos y prácticas, intercambiar saberes y experiencias, y promover instancias de trabajo colaborativo en red.

Febrero es el mes elegido para hacer turismo en Entre Ríos, por los carnavales, que existen en toda la geografía de la provincia, pero Gualeguaychú es la ciudad más elegida, ya que es la ciudad que para este evento mueve más dinero, genera más puestos de trabajo y recibe a más de 100.000 visitantes durante los festejos.

Gualeguaychu es un lugar donde se han construido las herramientas necesarias para que la fiesta de carnaval cumpla con el objetivo de no ser solo un producto, sino fundamentalmente coronar un proyecto cultural. Es una ciudad donde proliferan gimnasios, academias de baile y danza, donde de muy pequeñas, cientos de, fundamentalmente, niñas desarrollan técnicas y destrezas físicas, que modelan cuerpos y van construyendo las figuras que vemos desfilar cuando ya son adolescentes o jóvenes. Esta ciudad del sur entrerriano, es la de más capacidad hotelera de la provincia. Es también una ciudad que, al igual que todas tiene salas de cine y teatro, hermosas plazas y estadios deportivos pero a la vez es la que modificó su urbanidad y su tránsito a partir de la existencia del Corsódromo, que es la pista de desfile para la festividad y que llega a albergar a 20.000 personas por noche. Que no se desarma cuándo se apagan las luces de colores ya que es una capacidad instalada, parte de la estructura edilicia de una ciudad modificada para este objetivo.

Es importante destacar, que si bien el carnaval no es un hecho económicamente inaccesible, tampoco podemos afirmar que sea barato. En general la ida al corso, forma parte del principal objetivo turístico de las vacaciones de una familia, a lo que hay que sumarle otros atractivos como las termas, que funcionan en la mayoría de los departamentos de la provincia, extensas playas y atractivas zonas de camping. Otro hecho a favor de El carnaval del país, es su cercanía con Buenos Aires, y de otros centros turísticos de la Costa del Uruguay, lo que también influye a la hora de elegir este lugar como destino turístico.

Hoy existe un arte carnavalero, es decir, elegida una temática a presentar se conforma una búsqueda de sentidos de la misma, que cambia en cada edición y que se debe lograr expresar con perfección y a la vez con el más alto nivel de belleza posible.

Eso es lo que vemos desfilar, alegría que desborda y contagia, y que proviene de las instituciones de base de la sociedad, los clubes, que son desde donde nacen estas escuelas de desfile y arte. Por ejemplo la comparsa Ará Yeví, pertenece al Club Tiro Federal, Kamarr al Centro Social y Cultural Sirio Libanés y Marí Marí al Club Social Entrerriano.

Ciudades como Concordia, Gualeguay, Hasemkamp o Santa Elena, entre muchas otras, vienen creciendo en importancia en relación a estas celebraciones, donde el calor popular se vuelca por completo a las mismas y en cada edición se asiste a una puesta en valor superior de estas festividades verificándose una mayor preparación y puesta a punto.

La capital de la provincia acompaña este proceso, no en el nivel y la altura de las ciudades antes destacadas. En Paraná los corsos de carnaval tienen una rica historia barrial. San Agustín supo ser en los años ´60 un bastión importante de alegría y color, que sobresalía de iniciativas parecidas que se armaban en otros espacios de la ciudad. Con su club, en el corazón mismo del oeste de la ciudad, que albergaba después de los fabulosos corsos al vecindario y socios en sus masivos bailes, fue cuna de las más recordadas murgas y comparsas como Los hijos del sol, Honor y Patria, entre otras. Eran fiestas donde el público jugaba un rol activo y donde las serpentinas y el papel picado eran inofensivos elementos de diversión y juego, y donde un gran Rey Momo encabezaba el desfile mientras recepcionaba el aplauso y la aceptación de la concurrencia.

El Estado municipal y los comparseros supieron, en alianza, organizar en el centro mismo de la ciudad, grandes ediciones de esta fiesta. En otras ocasiones, uno u otro jugaron ese rol no exento de rencillas y disputas en relación a diferentes intereses de estas celebraciones. Actualmente, organizado por la Secretaría de Cultura Municipal, los corsos se realizan en el Puerto Nuevo de la ciudad capital, donde a las comparsas y batucadas participantes se les abona un cachet de acuerdo al nivel y cantidad de participantes de cada grupo.

Pero el sonar de los cueros no está solamente ligado al carnaval en Paraná. Desde hace 17 años, se desarrolla el Contrafestejo, con la idea justamente de no celebrar la llegada española al continente. Este acontecimiento se realiza el feriado anterior al 12 de octubre. Al principio era todos los 11 de octubre, y era asociado al último grito de libertad, no solo de originarios, sino de los negros, hoy más popularmente conocidos como afrodescendientes. Este desfile lo realizan cuerdas de tambores de estilo uruguayo, cuyo crecimiento es notable en la ciudad y se realiza en lo que antiguamente fue el Barrio del tambor, que era el lugar donde esta población habitaba y de donde desapareció sin dejar rastros en lo que se estima fue un exterminio de esta población, hacia fines del s. XIX.

Del Contrafestejo han surgido varias cuerdas, a tal punto de que hay un colectivo Murguistas del Paraná que va a realizar durante marzo y abril el Carnaval Rodante, y que se va a desarrollar en cuatro barriadas de la ciudad, con la idea de que el estilo uruguayo no quede circunscripto al centro, sino que pueda ser conocido, existir y desplegarse a lo ancho y largo de la geografía de la ciudad.

Con brillos de perlas y lentejuelas, de glamorosos contorneos, ritmos alegres y excitantes, el carnaval entrerriano también expresa los debates del momento y señala el camino a seguir para otras fiestas. El dejar de lado la concepción monárquica de elección de reinas y princesas, de participación de acuerdo a medidas corporales que privilegien estereotipos o estándares de bellezas impuestos, se va modificando. Ahora la elección es por la flor del pago, o la representante cultural del lugar, dejando de lado, atributos solo físicos y teniendo en cuenta otros más democráticos, inclusivos y justos.

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