Toda persona tiene derecho a tomar parte libremente en la vida cultural de la comunidad, a gozar de las artes y a participar en el progreso científico y en los beneficios que de él resulten”

 Extracto del Art. 27 de la Declaración Universal de Derechos Humanos. Naciones Unidas 1948

Ya pasó más de medio siglo de este primer acuerdo internacional sobre la cultura como derecho humano, como algo que debería estar al alcance de todas las personas por su sola condición de humanidad. Sin embargo, la manera de lograrlo todavía es algo en construcción. El ejercicio de derechos implica maneras diferentes de intervención estatal. En el caso de los derechos civiles y políticos, el Estado no debe obstaculizar el ejercicio; en cuanto a los derechos económicos, sociales y culturales, el Estado tiene que desarrollar legislación y darle seguimiento para el cumplimiento de esos derechos.

Este artículo se propone contar el proceso de reapertura de un cine teatro de barrio, expropiado por el gobierno municipal con una propuesta -en construcción- de cogestión entre Estado y sociedad civil, inédito en la ciudad de Córdoba.

La fuerte movilización de una red de organizaciones e instituciones de la zona logró no solo poner en la agenda de los tres niveles gubernamentales la necesidad de preservar un espacio identitario de Barrio Alberdi[i], sino que también puso en discusión cómo debía ser el gobierno de este nuevo espacio que debía incluirlos en la toma de decisiones.

La lucha por la reapertura de “La Piojera” se convirtió en una lucha por los derechos culturales, logrando flexibilizar las estructuras rígidas del Estado para parir una nueva forma de gestión y producción cultural.

La historia del Teatro que hoy hace historia

Hace noventa años se abrió un cine en un barrio donde se podían ver tres películas al precio de una. Donde se entraba de día y se salía de noche. Donde el público podía ser más ruidoso que la propia película y los finales felices podían verse en vivo y en directo en el pasillo de la sala, anunciados a viva voz por sus protagonistas. Este cine se llamó “Cine Moderno” y después se transformó en teatro y lo nombraron “Teatro Colón” y fue parte de la historia viva de Barrio Alberdi. Una historia construida en el encuentro de obreros y estudiantes en el Cordobazo, en el reconocimiento de los antiguos habitantes de la Comunidad Camichingona del Pueblo de La Toma y en el recibimiento a las poblaciones migrantes, en los abrazos de gol que rodean al “Gigante de Alberdi”[ii] y en los Carnavales Murgueros donde toda la ciudad se siente vecina de ahí y hacedora de esa historia.

En 1997 se sanciona la primer ordenanza de protección sobre el edificio en donde se lo declaraba «Patrimonio Arquitectónico y Urbanístico» de la ciudad, dejando en claro que el edificio no puede ser alterado o modificado.

Apenas empezado el siglo, en medio de la profunda crisis económica que atravesó nuestro país, el teatro cerró. El edificio quedó resistiendo al paso del tiempo y al avance de las constructoras que, para “construir”, destruyen lo que queda de historia, de identidad, de barrio.

En el año 2005 la familia Metzadour -propietaria del inmueble desde su apertura-, decidió poner en venta la propiedad y a partir de 2007 se sucedieron trámites de los gobiernos municipales para su expropiación. Debido a las lentas gestiones que se venían dando, los y las vecinas de Alberdi empezaron a alertase y a tomar precaución con los demás edificios emblemáticos del barrio. Con la consigna “Paren de demoler”, un grupo de organizaciones de la zona decidió poner en discusión el modelo de desarrollo urbano y defender espacios de valor patrimonial. Allí, el Ex Teatro Colón vuelve a salir a escena.

En el 2011 por la sucesión de trámites estatales frustrados, la propiedad fue adquirida por la Asociación evangélica Misionera de Poder.

Además de la protección patrimonial que ya tenía el Ex Teatro Colón, desde 1959 rige en Argentina la ley 14800 que en su art. 2º dice: “En los casos de demolición de salas teatrales, el propietario de la finca tendrá la obligación de construir en el nuevo edificio un ambiente teatral de características semejantes a la sala demolida”. Los nuevos dueños tenían que mantener la estructura tal como indicaban las leyes, pero no tenían obligación de mantener su contenido.

En junio de 2013 el municipio pudo dar inicio al proceso expropiatorio. Días antes, el Instituto Nacional de Teatro (INT)[iii] había hecho llegar su apoyo a esta medida, lo que podía implicar financiamiento a futuro.

En esa misma época, se tramitó una petición formulada por los vecinos de Alberdi al gobierno provincial para declarar de Interés Cultural al Ex Cine Teatro.

Entre vueltas y juicios con la Asociación evangélica, la Municipalidad de Córdoba finalmente expropia la propiedad. El gobierno municipal toma además la decisión de avanzar en el proceso de apropiación social del espacio y convoca a la ciudadanía a elegir el nombre. La votación tiene lugar en el Club Belgrano.

“La Piojera” fue el nombre elegido, tal vez a manera de revancha, porque así la nombraban de forma despectiva quienes consideraban que ese espacio estaba lleno de “piojosos”. Otros recuerdan una historia más simpática sobre nombrar “piojitos” a los niños y niñas que asistían frecuentemente.

En 2014 se declara “Bien de Interés Histórico” por la Comisión Nacional de Monumentos, de Lugares y de Bienes Históricos, por lo que el arreglo del edificio implicaría un proceso de restauración que le devolvería al “Cine Moderno” su forma original.

El Proceso

A inicios del 2017, el Secretario de Cultura de la Municipalidad de Córdoba propone a la Dirección de Cultura Comunitaria[iv] conducir el proceso de construcción participativa del modelo de gestión del futuro espacio municipal. En febrero de ese año se realiza la primer reunión que fue muy concurrida, había mucho entusiasmo. Se expuso la situación edilicia del teatro y los pasos a seguir para poder hacer un proyecto de refacciones que debía aprobar la Comisión Nacional de Monumentos Históricos. Desde ese área -de la que formo parte-, expusimos la voluntad de hacer un plan de trabajo para definir el modelo de cogestión.

Las siguientes reuniones estuvieron signadas por la desconfianza hacia el Estado en general y al gobierno en particular, que se expresaba en la discusión sobre el cuidado patrimonial del edificio, profundizando el debate en torno a lo arquitectónico aunque muchos de los presentes no sabíamos sobre el tema, ni las reuniones tenían ese objetivo.

Otro punto fuerte de cuestionamiento era sobre las condiciones de licitación del pliego para la futura restauración, como si la decisión de participar activamente incluyera un “control” a todas las áreas del Estado, incluso sin conocimiento de las normas y los procedimientos inherentes a la administración pública. Propusimos entonces hacer un plan diferenciado, donde pudiéramos avanzar sobre la construcción del modelo de cogestión con reuniones con cierta periodicidad y cuando hubiera avances específicos sobre el edificio, las organizaciones participantes serían avisadas y se convocaría además a referentes de las áreas de Arquitectura y Patrimonio municipales.

En las siguientes reuniones insistimos en armar un plan de actividades culturales conjuntas para construir confianza, sensibilizar a los y las vecinas, sumar más actores sociales. Buscamos rotar los lugares donde nos reuníamos, con la voluntad de acompañar y fortalecer a las distintas organizaciones.

Estábamos convencidos de que hacer el ejercicio de planificar juntos una agenda cultural como práctica previa de lo que podía ser la cogestión, podía favorecer el proceso. Sin embargo, no pudimos hacerla efectiva en todo ese año.

Una de las actividades que sí pudimos concretar en esa primera etapa, fue una apertura cuidada del lugar -cerrado durante 15 años y sin ningún mantenimiento- para que quienes quisieran, pudieran ver el estado edilicio, recordar anécdotas o imaginarlo con las luces encendidas a punto de iniciar una nueva función.

A esa primera apertura fueron unas 200 personas y lo que se vivió esa tarde seguramente fue un indicio de lo que vendría dos años después: la esencia de La Piojera estaba intacta.

Finalizando el año se presentó el proyecto de arreglo del teatro.

Mirándolo a distancia, diría que en ese primer año de diálogo tenso sí logramos un primer acuerdo: La Piojera tenía que ser un Centro Cultural que promoviera la diversidad cultural, la participación ciudadana y la cultura comunitaria.

Nosotros -como trabajadores estatales- creemos que es responsabilidad del Estado asegurar que esto suceda, la mayoría de los y las participantes en esa etapa del proceso pensaban lo contrario, consideraban que el gobierno municipal obstaculizaría la gestión popular.

Durante mucho tiempo las políticas culturales emanadas desde los Estados tendían a reforzar ciertas prácticas culturales y estéticas que correspondían a una visión estrecha del arte y sus posibilidades y responsabilidades. Si bien esas prácticas gubernamentales fueron cambiando, en una parte de la sociedad civil sigue la idea de un Estado elitista en cuanto a la programación de la agenda cultural.

Finalmente las obras se iniciaron pasada la mitad del siguiente año. En septiembre de 2018, se convoca a una Asamblea de vecinos, vecinas y organizaciones sociales y culturales de toda la Ciudad, interesados en la conformación de una mesa de gestión del Centro Cultural La Piojera.

La mayor amplitud podía sumar otras voces y experiencias de trabajo con áreas del Estado, particularmente con la Dirección de Cultura Comunitaria en este caso, para aminorar la tensión y poder avanzar.

La propuesta presentada por la Dirección -de una mesa compuesta sólo por referentes de organizaciones y con representación sectorial- es fuertemente discutida por quienes planteaban un funcionamiento de asamblea permanente como único método de asegurar la gestión popular. Se vota.

La Mesa quedaría conformada por referentes de organizaciones sin tope de cantidad, con el interés en participar como único requisito planteado.

Una vez iniciado el proceso de discusión, ya no se podrían sumar nuevos actores, cada organización debía llenar una planilla que acreditara su existencia y describiera su área de intervención.

En este punto, es válida la aclaración de que todos partimos de una concepción de Cultura mucho más amplia que sólo el hecho artístico, por lo que no era necesario contar con este perfil para ser aceptada. Las organizaciones tenían que designar un/a titular y un/a suplente. Se registraron más de 30 organizaciones, de variadas características y perfiles.

Fuimos conscientes que hubo organizaciones que nacieron en el mismo momento de anotarse, pero decidimos dar espacio a todos y todas y ver qué sucedía.

La próxima cita fue para acordar un plan de trabajo de cuatro encuentros entre octubre y noviembre  de 2018 para diseñar de manera colectiva una estructura de funcionamiento del órgano que gestionaría el Centro Cultural.

Buscamos un equipo externo con experiencia en procesos participativos para correr el eje de conflicto con las personas que “representábamos al gobierno” y tomamos la decisión de sostener el espacio, de no responder a las agresiones y de hacer efectiva y permanente la presencia y escucha del Estado. Ahora el reclamo se resumía en la demanda de “Gestión Popular” no como un debate de ideas o construcción de nuevos conceptos, sino que se agitaba como bandera de disputa política.

Una demanda popular tan sentida es fácilmente comunicable, define un enemigo común: el Estado/Gobierno en este caso, y consolida protagonismos de referentes y/o agrupaciones, por ende, cualquier respuesta gubernamental es cuestionada hasta el infinito porque se toma como amenaza al capital político acumulado.

Cuando esta disputa también se profundizó hacia el resto de las organizaciones, la situación era evidente: algunos o algunas sólo buscan romper espacios de estas características porque no están preparados o preparadas y/o no tienen la voluntad política de construir con otros y otras y consideran que el Estado debe proveer todos los recursos -materiales- sin acompañamiento ni opinión.

En el desarrollo de una Dirección de Cultura Comunitaria se fue construyendo una política pública de articulación entre Estado y Sociedad Civil a partir de una ampliación de los alcances institucionales de las políticas culturales. Este desarrollo coloca al Estado en un lugar de estímulo y fomento a los procesos culturales comunitarios a través de transferencia de recursos, pero fundamentalmente a través del reconocimiento y fortalecimiento del trabajo de las organizaciones en el desarrollo de sus territorios e incentivando el trabajo en red.

Para ratificar la responsabilidad del Estado en el fortalecimiento de los espacios de participación democrática, se tomó la decisión de concluir el proceso antes descrito para reabrir uno nuevo.

Volver a empezar

A comienzos del 2019, el nuevo espacio contaba con veintidós organizaciones[v] junto a la municipalidad. Con el avance de las obras y la propuesta de organización conjunta de un gran festival callejero en homenaje a todas las intervenciones artísticas que se realizaron demandando la reapertura, las reuniones tomaron otro color y el proceso de construcción colectiva cobró nuevo impulso. Por primera vez iban a confluir las estructuras estatales y las comunitarias en un evento común y la historia empezaría a ser otra.

El ejercicio de la democracia participativa es una práctica que no está incorporada en las áreas del Estado, ni en general en las organizaciones sociales, menos aún en la conformación de un espacio conjunto de construcción de políticas públicas. No se trata de falta de voluntad, no es que los contextos histórico-políticos no lo enunciaran en sus reivindicaciones, sino que en nuestra ciudad no han sido procesos capaces de durar lo suficiente en el tiempo como para desarrollar metodologías o herramientas sistematizadas que faciliten el desarrollo de dichos procesos.

En los encuentros previos a la Reapertura -donde el temario giraba entre la organización del Festival en particular y algunas propuestas de programación para el espacio en general- el avance en el debate tuvo más que ver con conocernos y encontrar lenguajes en común, que con un avance sostenido en la definición del funcionamiento del espacio mismo.

Sí supimos comprender que, aunque el calendario avanzara más rápido que esta elaboración colectiva, debíamos tomar algunas definiciones: ante distintas propuestas y luego de una votación, se acordó que este espacio de veintidós organizaciones junto a la municipalidad se llamaría “Espacio de Cogestión y Participación Comunitaria”, que afrontaría la tarea de dirigir el Centro Cultural y la de elaborar el texto de la ordenanza que reglamente su funcionamiento, integración, funciones, y dé vida a las asambleas que funcionarían como el máximo espacio de intercambio con la comunidad.

Este espacio fue formalmente creado a través de la Resolución Nº 39 de la Secretaría de Cultura municipal, el 22 de marzo de 2019: el mismo día en que celebramos la Reapertura.

Los pueblos felices hacen historia y ese día la felicidad fue compartida!

El Festival no sólo fue un abanico de intervenciones, música y danza, ceremonias originarias y visitas guiadas, sino que para la mayoría de las organizaciones involucradas, fue la primera vez que contaron con el respaldo del Estado para producir, conducir y hasta capitalizar un evento de tal magnitud. Un Estado que puso a disposición de la Sociedad Civil la mejor estructura para que los y las protagonistas fueran vecinos y vecinas, artistas, militantes y que a la historia la contaran ellos y ellas mismas.

Las imágenes registradas dan cuenta del color y la variedad de propuestas artísticas que pasaron por el escenario, de la cantidad de personas que asistieron y disfrutaron del Festival. La felicidad que circuló desde la tarde y hasta avanzada la noche, que inundó la calle de esquina a esquina, fue inconmensurable. Fue la primera vez en todo ese largo proceso que las miradas de los y las integrantes de las organizaciones participantes, reflejaba confianza y podíamos empezar a hablar de un “nosotros” gestionando “La Piojera”.

Las siguientes reuniones incluyeron la confección del balance organizativo y artístico del “Festival de Apertura” y el diseño del plan de construcción de una herramienta legal que le dé la primera forma organizativa a la Cogestión. Primera, porque somos conscientes de que debe ser evaluada permanentemente para lograr su mejor versión.

La voluntad manifestada y ejercida a diario en el Centro Cultural, es la de construir colectivamente, aceptar las diferencias como motor de crecimiento y ampliar la participación en la toma de decisiones a más organizaciones y a más integrantes de nuestras propias organizaciones, incluido el Estado. Además, claro está, que el aprendizaje es a ensayo y error.

En las dos primeras semanas desde la Reapertura, la programación fue acotada a muy pocas actividades organizadas íntegramente desde el plenario como continuidad del Festival de Apertura.

El paso siguiente fue pensar ciclos que fueran construyendo el público habitante del espacio, por ejemplo “El Cine de Siempre” que convoca todos los domingos a ver películas clásicas, algunas que seguramente ya se proyectaron en otras épocas, pero que también son de culto para las nuevas generaciones y producen un encuentro de edades y emociones que sólo La Piojera puede albergar.

Ya para el segundo mes, la programación fue diaria, incluso con dos eventos por día. No sólo el Espacio de Cogestión proponía, sino que se abría la posibilidad a propuestas artísticas autogestivas, conmemoración de hechos históricos y hasta encuentros para el debate ocupan hoy el escenario y las casi trescientas butacas naranjas que caracterizan a la sala.

La Piojera Hoy

Los y las vecinas son las más asiduas a las propuestas artísticas más convencionales como los ciclos de cine o las propuestas infantiles. Cuando salen a escena la historia, la política, el sindicalismo o los movimientos sociales, el público puede venir de más lejos e incluso no ser del “palo artístico”.

La compleja convivencia entre el edificio patrimonial declarado monumento histórico nacional y el uso ciudadano, popular, juvenil y más desestructurado, viene siendo un tema de análisis sobre cómo cuidar el edificio sin restringir su uso y disfrute. Como primera respuesta, decidimos dejar libres los días lunes para darle un descanso a las paredes, a los equipos tecnológicos y humanos.

En estos días nos hallamos construyendo un acta compromiso para poner en palabras y acciones: que si el uso de la sala es comunitario y abierto, la responsabilidad por su cuidado y funcionamiento también debe ser colectiva.

La programación es diversa, plural, a sala llena o no tanto, con propuestas artísticas del barrio o de otros barrios, incluso de otros mundos. La emoción es la protagonista permanente y la vida y el arte circulan con una fuerza inusitada por los pasillos y escaleras. El escenario brinda nuevas perspectivas desde su espectacular altura, dando la posibilidad de que no sólo el hecho artístico desde lo estético tenga lugar ahí, sino el permanente debate social presentado desde estéticas diversas.

El Centro Cultural está abierto y las propuestas y los pedidos llegan a una velocidad mucho mayor que el avance del proceso de debate, de la organización interna, o de la construcción de sentidos.

Queremos que entren todos y todas, que se luzcan, que nos conviden belleza, que nos hagan pensar, pero también tenemos la responsabilidad histórica de generar la estructura lo suficientemente fuerte para transitar los cambios de gobierno con la fortaleza necesaria para mantener todo lo construido y seguir creciendo.

Las puertas están abiertas y la historia se está escribiendo con nuevos protagonismos y nuevas formas de construir políticas culturales de base profundamente comunitaria.


[i] Hasta 1910 este sector era denominado como «Pueblo la Toma» pero al conmemorarse el centenario de Juan Bautista Alberdi, el Concejo Deliberante de la ciudad decidió, el 6 de septiembre de ese año, cambiar el nombre por el de «Pueblo Alberdi» quien es conocido como el padre de la constitución, pero que paradójicamente despreciaba a los pueblos originarios y era partidario de la inmigración europea. La Comunidad Aborigen Camichingona del Pueblo de La Toma busca mantener vivos los orígenes de sus ancestros y gracias al apoyo del Centro de Investigaciones del Instituto de Culturas Aborígenes (ICA), los descendientes de esas familias presuntamente originarias se reagruparon a finales de 2007. Es un barrio multicultural debido a que recibió parte de la inmigración europea y en las últimas décadas se han establecido muchos inmigrantes bolivianos y peruanos, constituyendo un gran aporte económico y cultural para toda la ciudad.

[ii] Estadio del Club Atlético Belgrano.

[iii] El INT se creó cuando se sancionó la Ley Nacional de Teatro. Es autárquico, con un presupuesto de 65 millones de pesos en 2012 que aporta el Estado nacional. Tiene como objetivo el fomento y la protección de los teatros independientes del país. En ese marco, el apoyo es explícito a las salas de hasta 300 butacas, con subsidios no reembolsables para mejorar el funcionamiento, preservación, infraestructura y equipamiento de las salas que quedan en el país.

[iv] La Dirección de Cultura Comunitaria fue creada formalmente en Diciembre del 2015. Su antecesora fue la Subdirección de Culturas y Descentralización. Es un área dentro de la estructura de la Secretaría de Cultura – rango que ostenta la cultura municipal desde finales del 2011- y que tiene la responsabilidad de desarrollar la Cultura como Derecho Humano. Para tal fin, se delinearon tres grandes caminos: 1) Descentralizar actividades culturales del municipio en el territorio de la ciudad, especialmente en aquellos con mayores dificultades de acceso a bienes culturales. 2) Cogestionar actividades culturales. 3) Financiar proyectos culturales surgidos de organizaciones y seleccionados por convocatorias abiertas y públicas que garanticen una pluralidad de acciones, actores y territorios.

[v] Las organizaciones participantes son: la Murga Lxs Descontroladxs de Alberdi, el Instituto Superior de Culturas Aborígenes, los Centros Vecinales de Bº Alberdi, Bº Alto Alberdi y Bº Villa Paez, los Colegios Manuel Belgrano y Alejandro Carbó, la Secretaría de Extensión Universitaria y la Facultad de Artes de la Universidad Nacional de Córdoba, la Asociación Argentina de Actores, el Colectivo de Murgas estilo uruguayo, la Comunidad Camichingona del Pueblo de la Toma, el Club Atlético Belgrano, la Fundación El Juntadero, la Asociación Cultural Peruana Sunkku Pacha, la Asociación Amigos de la Piojera, el Colectivo “Los de Alberdi”, el Concejo Municipal de Cultura Comunitaria, la Casa de los Trabajadores, la Asociación de Cineastas de Córdoba, el Centro Cultural Lunita de Alberdi, la Asociación Civil La Minga.

*Este artículo forma parte del libro «Cultura independiente Córdoba, un archivo que comienza«.

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