El confinamiento aglomerado

El fenómeno de las ciudades como sinónimo de modernidad y progreso y, en particular, de las grandes aglomeraciones como nodos jerárquicos del sistema mundo, aparecen ahora más cuestionados que nunca. La crisis generada por el COVID-19 pone en jaque uno de los hechos más claros del mundo actual, los seres humanos vivimos cada vez más juntos e interconectados. Sin embargo, la pandemia no hizo más que reeditar un debate que empezó hace 40 años.

Según la ONU el 55 % de las personas en el mundo vive en ciudades, previendo que para el 2050 este valor crezca hasta casi el 70%. En América Latina y el Caribe el nivel de urbanización asciende al 81 %, mientras que en otros continentes como Europa u Oceanía la proporción es menor: 74 % y 68 %, respectivamente. Es decir, los latinoamericanos tenemos una tasa de “sobreurbanización” que implicó una expulsión temprana de población de las áreas rurales hacia los suburbios ubicados principalmente en las grandes ciudades. En la Argentina más del 90% de la población vive en ciudades y solo una ciudad, el Aglomerado Gran Buenos Aires, detenta casi el 35% de la población total del país.

El mundo crecientemente urbano en el que vivimos no es un producto del azar, sino que responde a un tipo de capitalismo concentrador que busca, a partir de las economías de escala, minimizar los costos unitarios de producción. Pero también fue legitimado por los teóricos del desarrollo que pensaron a la gran urbe como lugar privilegiado para el crecimiento económico y el ascenso social. Un tipo de “ciudad industrial” basada en las reglas de la aglomeración, la escala y la especialización funcional de sus partes. En este modelo cada zona tiene su destino (industrial, residencial, administrativo, de negocios) y la movilidad se resuelve a través de un complejo sistema de transporte masivo preparado para mover millones de personas diariamente.

Sin embargo, desde los años ochenta la ciudad industrial sufrió los embates de crisis ambiental, por un lado, y el agotamiento del sistema de producción centrado en la industria, por el otro. Los urbanistas y cientistas sociales comenzaron a pensar entonces, otras formas de construir y gestionar las ciudades.

 

La cultura tendrá que esperar

El impacto del COVID-19 y las medidas de confinamiento instrumentadas por distintos gobiernos no están impactando en todos los sectores por igual. La cultura en particular, sobre todo aquellas actividades que implican la asistencia masiva de público, es uno de los sectores más afectados. Es difícil en este momento poder pensar en la vuelta de las funciones de teatro, de cine y la realización de grandes recitales. Si se produce un progresivo regreso a la normalidad y apertura de actividades la cultura tendrá que esperar su turno. No solo por la potencial acumulación de gente en eventos masivos, sino también porque es posible que, en las esferas de decisión pública, sea considerada un sector no esencial o prioritario. Y esto podría ocurrir por dos razones, una porque no sería visibilizado como un sector que abastezca a la sociedad con bienes y servicios indispensables, subestimada como mero “entretenimiento”. Pero también porque podría ser malentendida como un sector poco relevante de la economía, si bien moviliza cuantiosos recursos y empleos. Recordar y visibilizar la importancia simbólica y económica de la cultura es también una de las tareas de los hacedores y gestores culturales en esta época.

En la Argentina, entre las medidas de excepción o permisos otorgados se dispuso que la población se abastezca de bienes indispensables en los comercios de cercanía, permitiendo una acotada movilidad cotidiana en un área de cobertura cercana al hogar. También se han dispuesto restricciones especiales para los barrios y asentamientos populares, el “aislamiento comunitario”. Se trata de permitir la circulación, pero definida por un espacio zonal o barrial allí dónde las condiciones de habitabilidad son deficitarias. En algunas localidades del interior del país sin casos declarados también se está pensando en una suerte de aislamiento local. Son todas medidas que apuntan a controlar la circulación y la movilidad acotadas a un territorio limitado a un ámbito comunitario, barrial, local. Asimismo, en aquellas actividades en las cuales fue posible, se produjo un traslado masivo del trabajo al hogar y también las nuevas aplicaciones y plataformas permitieron hacerse de lo que fuera sin tener que salir de casa. Nuevas formas de restringir la movilidad. ¿Se mantendrán estas tendencias en la hipótesis de una salida progresiva de la cuarentena, o son comportamientos sociales que se afianzarán a pesar de que se recupere la normalidad?

 

La crisis ya había llegado

Antes de la llegada del virus, muchos ya estaban pensando en nuevas formas de habitabilidad y movilidad para las grandes ciudades. Algunas corrientes del urbanismo declararon la defunción de la “ciudad industrial”. Este modelo de ciudad basado en la especialización funcional y segmentación territorial del espacio urbano comenzó a chocar con su propio éxito, los crecientes problemas generados por las deseconcomías de escala y la contaminación ambiental. La polución, la congestión, los problemas de hacinamiento, los usos intensivos de energías sucias, los costos crecientes de mantenimiento de los servicios públicos, aceleraron la mirada negativa sobre las grandes ciudades.

Como alternativa, la renovación urbana provendría del fomento de medios no motorizados para transportarse, la masificación del reciclaje y las energías limpias y la promoción de nuevas actividades como el turismo, la industria del conocimiento y también de la cultura. En esta línea, muchos gobiernos locales promovieron los procesos de descentralización de la administración y la desconcentración de actividades permitiendo usos mixtos del suelo, con el objetivo de romper la segmentación y reforzar centralidades barriales o crear nuevos polos de crecimiento. Un tipo de urbanización policéntrica que fomentara un mejor vivir de la ciudad, una ciudad a escala humana, más limpia y amigable. Estas ideas también significaron una reacción a la masificación y alienación que causan las grandes ciudades, reclamando una vuelta a los valores de una vida comunitaria, una revalorización nostálgica del barrio o de los pequeños pueblos. En definitiva, una propuesta de cambio a una escala más pequeña de interacción social.

Como nota al pie, creo que no existe una relación unívoca entre posicionamiento ideológico, modelo de ciudad y escala ideal para la praxis política. Por ejemplo, a nivel doméstico el PRO ha propiciado una serie de políticas, a veces impulsadas de manera cosmética, como la ciudad verde, la construcción de bici sendas, y el uso y abuso del término “vecino”. Pero también podemos situar en la izquierda una larga tradición de mecanismos de democracia directa cuyo reflejo es la comuna, la asamblea barrial o de trabajadores y más acá, en 2001, de ciudadanos/vecinos. En ciertos círculos intelectuales, se rescatan los espacios culturales barriales como ámbitos dotados de identidad y refugio frente al avance de cultura mercantilizada representada por las cadenas de cine o librerías.

En cualquier caso, las ideas de replanteo de la vida urbana ya estaban presentes en el debate público antes de la pandemia, llevaban más de cuarenta años de elaboración y debate.  La crisis sanitaria actual no hizo más que actualizar y sumar un nuevo desafío a los problemas sociales y ambientales de larga data.

 

La oportunidad de la cultura

El modelo de gestión y producción cultural está íntimamente ligado a la producción y uso del espacio urbano. En este sentido, ¿cuál es el modelo cultural urbano que se afianzará luego de la pandemia?  Si las tendencias ya esbozadas se potencian a causa de la crisis sanitaria, resulta claro que saldrán beneficiados y revalorizados les espacios culturales de cercanía. Como decía al comienzo, aún en la hipótesis de un regreso a la normalidad absoluta, los eventos masivos serán los últimos en volver. ¿Se abre una nueva oportunidad para las pymes, los centros y espacios culturales barriales de ganar algo de terreno sobre el modelo dominante del marketing y el entretenimiento? ¿Será suficiente para lograr una desconcentración espacial que también implique una desconcentración del capital?

Por otro lado, hay quienes arriesgan que la experiencia cultural viva será reemplazada paulatinamente por la tecnología y la digitalización. La evidencia, por ejemplo, de lo que sucedió con la industria musical durante las últimas décadas parece rechazar esa posibilidad. Hemos visto que a medida que avanzaba la digitalización y al mismo tiempo se producía la decadencia del formato físico, aumentó fuertemente la asistencia a recitales de música en vivo. La inmediatez y comodidad que nos ofrece la tecnología es un plus agregado a las formas de comunicarnos y consumir productos culturales, pero de ninguna manera puede reemplazar la experiencia del encuentro. No hace falta más que pensar en el hastío que produce el confinamiento que estamos viviendo en los hogares para comprender que se requiere más que una buena conexión para satisfacer nuestras necesidades culturales y sociales. Es decir, seguirán siendo necesarios lugares para compartir charlas, comentar películas, preguntar por libros y emocionarse con el otro. La cuestión es qué tipo de lugares y dónde.

La crisis producida por el COVID-19 está haciendo estragos en sector cultural, así como en muchos otros sectores económicos y sociales. Y seguramente va a dejar secuelas y marcas en la forma de pensar y vivir la ciudad y la cultura. Pensar colectivamente esas transformaciones resulta necesario para anticipar lo que de otra manera terminará ejecutando, como viene ocurriendo, el mercado.

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