Desde mediados del siglo XX, el planteo moderno de La Cultura -en mayúscula y en singular, universal, racional, civilizatorio, fuertemente vinculado a las bellas artes y a lo culto- se fue ampliando y potenciando: se comenzó a hablar de diversidad, de derechos culturales, de industrias culturales, de economía de la cultura. De ese modo, la(s) cultura(s) (en minúscula y, cada vez más, en plural) dejaba(n) de ser un fin en sí mismo, y se convertía(n) en un recurso para conseguir otras cosas. A nivel colectivo, actores públicos y/o privados promovieron la expansión de la(s) cultura(s) ya que la(s) creían un catalizador para el desarrollo económico y social. A nivel subjetivo-personal, se consideró a la(s) cultura(s) como un mecanismo para enriquecerse y obtener reconocimiento público y masivo.

La gestión cultural, en tanto profesión, surgió en esa época. Era necesario formar a un grupo de personas para que se hicieran cargo de administrar y ordenar esa explosión cultural que se estaba produciendo en todo el mundo. El contexto geopolítico era sumamente complejo: el mundo occidental-capitalista atravesaba una fuerte crisis económica desencadenada por la suba del precio del petróleo (nada menos que el combustible que hacía funcionar a la máquina) y además se libraba una disputa cultural (la guerra fría) entre dos modelos antagónicos que luchaban por la hegemonía global (en términos económicos, políticos, pero también en referencia a los hábitos, las costumbres, y los vínculos entre los sujetos). Los gestores culturales tenían diversas tareas: seleccionar y analizar las actividades/expresiones artísticas y culturales (curaduría); poner en escena y hacer público ese hecho artístico/cultural (producción); conseguir los recursos necesarios para que los proyectos sean sustentables (financiamiento); etcétera. Podríamos decir, entonces, que la gestión cultural fue concebida, desde sus orígenes, como una profesión liberal cuyo objetivo principal era proteger el núcleo simbólico del status quo occidental, capitalista, individualista y competitivo.

El siglo XXI es testigo de nuevas transformaciones en el plano de lo cultural: fundamentalmente porque se incorporó la dimensión de la creatividad, que plantea que las ideas, convertidas en marcas y patentes, adquieren valor económico. Desde esta lógica, todos los sujetos somos potencialmente creativos, pero no todos tendremos las mismas oportunidades de explotarlo económicamente. El plano de lo individual prima por sobre lo colectivo. De hecho, este paradigma (recogido en planteos como el de la economía naranja, o el de la clase creativa) considera que el desarrollo de los individuos favorecerá –por goteo– al conjunto de la población. Por ejemplo, los gobiernos locales consideran que el desarrollo urbano se logra a través de la concentración de industrias y agentes creativos en determinadas zonas de las ciudades. Suponen que la sinergia entre ellos; y entre ellos y los vecinos del barrio, favorecerán al desarrollo colectivo. Está comprobado, sin embargo, que lo único que provocan ese tipo de políticas son procesos de gentrificación, que solo benefician a los inversionistas y desarrolladores inmobiliarios.

Ante esta situación, ¿cuál es el rol de los gestores culturales actualmente, en términos políticos, económicos y sociales? Desde una perspectiva liberal, deberíamos ser facilitadores de los vínculos y de las gestiones entre emprendedores, entre emprendedores con el Estado, y entre emprendedores y empresas. Es decir, debiéramos fomentar la sinergia creativa. Sin embargo, esa ya no es la única posibilidad. Gracias al desarrollo de la profesión en zonas alejadas de Europa y Estados Unidos, han surgido nuevas percepciones sobre nuestro rol social. En América Latina, por ejemplo, surgió el planteo de la interculturalidad (Víctor Vich), que considera que los gestores culturales debemos visibilizar las injusticias sociales que los intereses hegemónicos y dominantes (a través de su sistema de medios) pretenden naturalizar y ocultar. El mundo de lo simbólico, desde esta perspectiva, es un espacio de conflicto y de lucha política; y los gestores culturales debiéramos estar del lado de los dominados. El objetivo final de nuestras acciones es lograr la transformación del status quo actual, por uno nuevo, basado en los valores de la justicia social, de la solidaridad, y del buen vivir.

Los gestores culturales, en definitiva, tenemos que elegir qué sentido le vamos a dar a nuestras acciones. Los que entendemos a lo cultural y simbólico de acuerdo a los planteos de la interculturalidad, debemos encontrarnos y organizarnos, debemos conformarnos como un actor político y comenzar a incidir en la vida pública de nuestras sociedades. Debemos conocer los territorios en los que trabajamos (el laburo, el barrio, la escuela, la universidad, entre otros) y las problemáticas que los afectan. Debemos ponernos del lado de los invisibles, y trabajar junto a ellos para que sus conflictos se vuelvan públicos y sustanciales. Para todo ello, resulta fundamental tensar las explicaciones naturalistas del sistema hegemónico y dominante, y pensar alternativas.

6 comentarios
  1. Federico Escribal Dice:

    Felicitaciones por la versión web de la RGC. Seguimos avanzando en tanto campo profesional, felizmente encontrando perspectivas y prácticas como la de Pablo en un sentido que compartimos.

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