¿Qué es una estética? ¿Se puede adscribir una estética a alguna clase de movimiento político? ¿Se puede decir, por ejemplo, que existe una estética macrista o kirchnerista o peronista? ¿Qué nos deja, en términos estéticos, el período que no concluye del todo enteramente el próximo martes 10 de diciembre ni comenzó formalmente el 10 de diciembre de 2015? ¿Qué podemos aprender, en términos culturales, de estos cuatro años de macrismo explícito en el estado nacional? ¿O de estos 12 años de gobierno del PRO en la ciudad de Buenos Aires?

Creo que es necesario hacer un planteo global del problema pero me interesa particularmente centrarme en un caso específico, doblemente significativo porque implica a las Artes Escénicas, que pese a su reconocida importancia en el plano cultural argentino no tiene en el marco de las industrias culturales ni el alcance ni el prestigio ni la relevancia económica de otros campos como la televisión, la literatura o el cine y porque por otro lado atañe a la gestión de una reconocida personalidad de la cultura que no proviene del macrismo, ni se reconoce a si mismo como tal. Me refiero a la gestión de Alejandro Tantanian a cargo del Teatro Nacional Cervantes, en boca de todxs estos últimos días, debido a la doble tensión generada por un lado por una carta de adhesión de variadas personalidades del arte y la cultura (muchxs de lxs cuales, hay que decirlo, se encuentran vinculadxs laboralmente al funcionario en cuestión y han participado en alguna medida de la exigua programación del Teatro Nacional Cervantes en estos últimos tres años), por otro lado por una carta de denuncia por parte del lxs trabajadorxs de dicho teatro denunciando el maltrato sostenido por el director del teatro para con dichxs trabajadorxs, aunque salvando, o evitando pronunciarse respecto de lo que ellxs llaman sus méritos artísticos. En este caso me interesa mucho más reflexionar sobre dichos méritos artísticos. No sobre los del propio Alejandro Tantanian sino sobre los de su gestión a cargo del teatro.

Mi lectura del asunto es que el conflicto gremial, cuya resolución me parece prioritaria, sin ningún lugar a dudas, puede opacar la discusión respecto de lo que aquí llamaremos el discurso de la programación teatral. Discutir ese discurso me parece fundamental por varios motivos. Ante todo porque creo efectivamente que existe una estética propia del macrismo, cuyos inicios no coinciden con el arribo de Mauricio Macri a la política ni creo que terminen el próximo martes con su asunción como líder de una oposición que se perfila brutal. Me parece (aunque me encantaría estar equivocado) que la gestión de Alejandro Tantanian encarnó de modo paradigmático dicha estética. Es interesante comprobar que la dirección de Jorge Telerman al frente del Complejo Teatral Buenos Aires fue en ese sentido, muchísimo más discreta, al punto que parecen haberse invertido los roles tradicionalmente reservados a esos espacios. Una escena más federal, clásica y conservadora para el San Martín y una escena más porteña, mediática y con el foco absolutamente orientado hacia la escena europea, específicamente hacia la escena alemana, para el Teatro Nacional Cervantes.

Se trata, por otra parte, de repensar, ante la posibilidad de cambio, continuidad o continuidad con cambio de una determinada gestión, cuál es el rol que ocupan esos espacios en el mapa cultural argentino ¿Qué significa, por ejemplo, lo “nacional” en el nombre del teatro? ¿Debe asumirse, como se hizo en estos tres años, que ese adjetivo expresa tan solo una dependencia política y administrativa? ¿O puede en cambio pensarse una representatividad cultural de la escena que exceda a la ciudad de Buenos Aires y a un solo tipo de teatro de la inmensa variedad del que se hace en esa ciudad? El problema va más allá del caso, porque no ha habido hasta ahora, por lo menos desde el retorno de la democracia, ningún gobierno de ningún partido político que se proponga con seriedad contrarrestar el ascenso cultural de la ciudad de Buenos Aires por sobre otras posibilidades menos hegemónicas. Pero el problema de las artes escénicas me parece el más significativo porque implican la presencia viva de los cuerpos sobre la escena, un encontrarse cara a cara entre lxs actores y su público que no tiene parangón en otros lenguajes artísticos. El teatro implica, siempre y por sobre todas las cosas, poner el cuerpo. De allí el interés de ese epígono de la batalla cultural que constituye el multimedios Clarín en conservar para el macrismo, uno de los bastiones de su identidad artística.

Creo que gran parte de la apuesta cultural del macrismo consiste en desdibujar el sentido político de ese poner el cuerpo. Todo arte que se precie ejerce, esta es mi principal hipótesis, una clase de trabajo sobre el sentido, es decir, una transformación sobre la materia prima del arte, que no se encuentra en ninguna materialidad predeterminada, sino en el proceso mismo de la significación. Existe una estética macrista, que es el color local de una estética global del período histórico que atravesamos, que es el del ascenso del poder financiero y la cristalización de lo que se ha dado en llamar un totalitarismo invertido (Sheldon Wolin). En el mundo del arte, las derivas de dicho proceso han sido famosamente denominadas realismo capitalista, como un modo de llamar la atención sobre el hecho de que en la actualidad cualquier desvío del modo de producción capitalista es considerado ingenuo o fantasioso. Mi punto de vista respecto de las artes escénicas es que dicha estética toma su forma más acabada en el ascenso de la performance, como un arte de ideas más o menos ingeniosas donde el valor está exclusivamente puesto en un espacio siempre externo a la obra y al artista. Es decir, el valor, sobre todo económico, pero también cultural y artístico de la obra, no reside en absoluto en la obra sino en las relaciones sociales que legitiman tal o cual obra, o tal o cual artista en absoluta independencia no sólo de la cadena de valores que la producción comporta sino incluso de su virtud técnica o intelectual.

Así por ejemplo en el caso que nos ocupa la declaración mediática de que Pavlovsky nunca fue estrenado en el Cervantes produce como ejercicio de programación no el estreno efectivo de una obra de Pavlovsky en el Cervantes, sino un divertimento performático donde se leyeron todas las obras de Pavlovsky. El evento, cuyo título fue Integral Pavlovsky, hace pensar en ese pan no refinado que se come cuando se está a dieta. Un Pavlovsky descafeinado. Un exorcismo pavlovskiano para que la obra de Pavlovsky, cuya radicalidad política es bien conocida, nunca entre del todo en el Cervantes. Y efectivamente, Pavlovsky sigue sin ser estrenado. La Feria del Libro Teatral, que anteriormente se llamaba, qué duda cabe, Feria del Libro Teatral pasa a llamarse Volúmen. Escena Editada. Y apelando una vez más a las comparaciones gastronómicas uno podría aludir a esos restaurantes carísimos que tan bien retrata Capusotto en sus sketches donde el excesivo plusvalor de la mercadería parece justificado por el nombre rimbombante de los platos.

Es importante, por eso mismo, no confundir el discurso de la programación teatral de un espacio, con cada una de las obras y los directores que lo transitan, aunque, por supuesto éstas estén contenidas en este último, ni tampoco, con la identidad artística del dramaturgo y director que es Alejandro Tantanian, aunque las coincidencias con sus propuestas sean evidentes (ha sido elx primer directorx, que yo recuerde, de un teatro de tal envergadura, en programarse sin escrúpulo a si mismo, que es una de las tantas marcas políticas del macrismo). Discurso en este contexto alude no al discurso verbal, sino a la actualización del sentido en el aquí y ahora del tiempo y el espacio, echando mano para ello de cualquier materialidad significante. En este caso, el discurso se constituye, ante todo, con la grilla de programación de ese espacio, con las obras, conferencias y actividades que se programan, pero también con el momento en que se las programa, con el modo en que se presentan ante el público, con la imagen con la que se difunden, con los tránsitos que se sugieren a los espectadores, con el precio de las entradas, con la forma de adquirirlas.

Se dirá que todas estas decisiones no dependen casi nunca de una sola persona pero eso importa poco porque no nos interesan aquí las intenciones sino los productos o en todo caso dichas intenciones, cuando se manifiestan, único modo de tener acceso a ellas, pasan a formar parte del producto que es en este caso el discurso de la programación como un todo. La programación de un teatro hace sentido, esa es la lección a aprender.

Y cuando se trata de un teatro como el Cervantes ese sentido es fundamentalmente político ¿No sería hoy lo verdaderamente osado, por ejemplo, volver a llamar a las cosas por su nombre y denominar Feria del Libro Teatral a la Feria del Libro Teatral? Quizás de este modo recuperemos la posibilidad de pensar alternativas a los modos de dominación actual para que, entre otras cosas, no nos vuelva a pasar lo que al cliente de Capusotto.

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