Este artículo inaugura el ciclo «REPO – Relatos Polifónicos de la música en pandemia». Hasta fin de año, distintas voces latinoamericanas registran el impacto de la crisis en la industria de la música en tiempo real. REPO es un proyecto coordinado por Cecilia Salguero y Carlos Sidoni.

 

Entre la gran cantidad de hábitos que la pandemia y las medidas sanitarias vinculadas cortaron en seco, la actividad artística escénica probablemente sea una de las mayores afectadas. Pero el cese de conciertos, festivales y cualquier otro tipo de manifestación musical con público presencial abrió la puerta para volver a analizar un desequilibrio histórico que atraviesa identitariamente a Argentina.

Con una primera etapa de la pandemia concentrada en el Área Metropolitana de Buenos Aires (o AMBA, donde reside al menos el 40% de la población del país), las preguntas en torno al carácter federal de la producción cultural volvieron a surgir. Como parte de un momento histórico que nos obliga a repensar nuestros conceptos más enraizados, una vez más se hicieron evidentes las distancias entre realidades tan distintas como las de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y el conurbano bonaerense y las que pueden encontrarse en provincias siempre “postergadas” y alejadas de los centros de producción y desarrollo.

El ya clásico binomio centro-periferias vuelve a demostrar su pertinencia a partir de una “grieta” que se advierte sistémica y que atraviesa más de 200 años de historia oficial. La dualidad Ciudad de Buenos Aires (antes denominada Capital Federal) – las provincias (con “el interior” como categoría capaz de borrar particularidades y realidades específicas) se observa más vigente que nunca, y tiene su correlato en una consecuencia abrumadora: la cobertura mediática de la pandemia ha profundizado aún más esa distancia psicológica y cultural entre la capital del país y sus alrededores y el vasto territorio nacional.

En este contexto, ¿qué reflexiones, aportes y/o discusiones pueden ayudar a pensar un escenario más federal y equitativo para la producción cultural en general y el sector musical en particular? ¿Es tiempo, acaso, de revisar qué visión de país transmiten las políticas públicas y privadas relacionadas a las industrias creativas? Como en casi cualquier otro ámbito, la pandemia ha habilitado nuevas preguntas. Algunas, incluso, pueden ser el punto de partida para abandonar –si es posible- un modelo de organización social, política, económica y cultural que privilegia la concentración y la centralización.  

Dios atiende en…

En un país cuya área central concentra el mayor volumen de ingresos e inversiones en materia económica, Buenos Aires representa aquella metrópolis inalcanzable en materia de infraestructura y, también, de posibilidades.

Basta ver la última lista semanal de agosto de “Novedades Viernes Argentina” en la plataforma Spotify para comprobar –sin mayores sorpresas- que el 100% los nombres de los artistas argentinos que se incluyen (Cazzu, Benjamín Amadeo, Miranda!, Los Cafres o Diego Torres, entre otros) concentran su actividad creativa (no solo musical) en el AMBA.

Incluso con la existencia de casos “foráneos” de éxito como el de la nombrada Cazzu –jujeña radicada en el conurbano con previo paso por Tucumán- que están lejos de ser aislados, queda en claro que para quienes buscan ingresar en el mercado de la producción cultural se hace casi inevitable la pregunta “¿Me voy a vivir a Buenos Aires?”.

Durante los primeros seis meses de aislamiento, esa centralidad demostró ser no sólo simbólica –discursiva- sino también física. La edición virtual de Cosquín Rock –festival históricamente realizado desde Córdoba y con fuerte impronta federal al menos desde el marketing- también lo confirmó: su programación en vivo se desarrolló enteramente desde la capital argentina, con escenarios distribuidos en el Luna Park, La Trastienda y el Teatro Vorterix.

Frente a esa evidencia, se hizo difícil no pensar en el tema, sobre todo al ver cómo los medios de comunicación “nacionales” llevaron a millones de hogares distribuidos en distintas partes del territorio el minuto a minuto de una realidad específica desarrollada en la capital y sus alrededores.

Según reporta el índice de concentración regional desarrollado por el Sistema de Información Cultural de la Argentina (SINCA) del Ministerio de Cultura de la Nación: “Existe una fuerte concentración regional de las empresas culturales: 11 de 15 sectores aparecen concentrados en la Ciudad de Buenos Aires. La concentración más fuerte se da en música (0,60), publicidad (0,53) y libros y publicaciones (0,51). Los 4 sectores restantes se concentran en la provincia de Buenos Aires”.

Ahora bien, ¿es posible revertir esa tendencia? Cuanto menos resulta complejo pensar en alcanzar un equilibrio más balanceado en el marco de un modelo de país centralizado que se expresa en la actual organización política y económica. Como ya se ha explicitado, la centralización de la cultura argentina no se da sólo en términos de recursos y de capital, sino también en el área discursiva.

Sin embargo, la post-pandemia plantea la posibilidad de pensar alternativas de valor frente a una cuestión de fondo todavía irresuelta: las grandes producciones y espectáculos que en otro momento podían llegar a tener la capacidad de realizar una gira por distintos puntos del país seguramente deban esperar su turno en el lento regreso a algo parecido a la normalidad. En ese escenario, una descentralización forzada aparece como alternativa para pensar.

Plantea el docente Julio Villariño: “El modelo de gestión y producción cultural está íntimamente ligado a la producción y uso del espacio urbano. En este sentido, ¿cuál es el modelo cultural urbano que se afianzará luego de la pandemia? Si las tendencias ya esbozadas se potencian a causa de la crisis sanitaria, resulta claro que saldrán beneficiados y revalorizados les espacios culturales de cercanía”.

Y agrega: “Aún en la hipótesis de un regreso a la normalidad absoluta, los eventos masivos serán los últimos en volver. ¿Se abre una nueva oportunidad para las pymes, los centros y espacios culturales barriales de ganar algo de terreno sobre el modelo dominante del marketing y el entretenimiento? ¿Será suficiente para lograr una desconcentración espacial que también implique una desconcentración del capital?”.

Profundizando los interrogantes de Villariño, ¿será posible aplicar el modelo de actividad “de cercanía” al ámbito cultural? Más allá de ciertas “ventajas” que puedan aprovechar algunos proyectos puntuales, resulta difícil pensar que una restricción a la libre movilidad pueda subsanar un desequilibrio histórico de fondo. Sobre todo cuando, en seis meses de aislamiento, la discusión sobre la hegemonía cultural metropolitana no parece haber impactado demasiado en la agenda pública del sector cultural en sentido amplio ni en la de aquellos agentes vinculados a la música.

Evidentemente, romper esa estructura centralista que forma parte de las condiciones de producción de artistas y gestores no es una tarea sencilla ni una prioridad a nivel de políticas públicas. Basta ver lo que sucede con la amplia mayoría de los proyectos musicales que eligen trabajar desde sus propios terruños provinciales (en rigor, fuera del AMBA). A excepción de casos de desarrollo como el del grupo mendocino Usted Señalemelo, o de lo que puede suceder en el universo de la música folklórica (donde Córdoba, Santiago del Estero, Salta o Jujuy son plazas fundamentales), la variable que indica que para logar mayor trascendencia o mejores oportunidades laborales hay que trasladarse a la Capital Federal sigue estando más vigente que nunca.

¿Acaso la descentralización sólo es factible a partir de agentes aislados capaces de aprovechar la tecnología como puente? Ejemplos de youtubers como Damián Kuc, de Chaco, o el santafesino Lichi, indican que es factible desarrollar (y potenciar) un proyecto de creación de contenidos sin depender del factor presencial. No obstante, ese detalle (el “estar donde hay que estar”), que funciona como baldazo de agua fría para la máxima epocal que pregona que “internet achica las distancias”, no deja de ser un factor de presión y de reflexión casi permanente. ¿Cuánto tiempo podrán sostener su actividad sin depender de las oportunidades, los contactos y el capital que se concentra en la ciudad de Buenos Aires y alrededores?

Evidentemente el escenario planteado deja más interrogantes que respuestas posibles. A pesar de los esfuerzos de instituciones todavía nuevas como el INAMU o el Ministerio de Cultura, el carácter federal que se promociona con bombos y platillos en diferentes niveles del Estado o en acciones privadas o del tercer sector que se circunscriben el ámbito cultural es, al menos hasta ahora, más pantomima que otra cosa.

Está claro que a nivel discursivo el federalismo y la necesidad de descentralización son nociones que se comparten a lo largo y a lo ancho del país, pero eso no significa que en los hechos haya algún tipo de indicio de un cambio de paradigma que destierre de una vez por todas el unitarismo con el que Argentina convive desde su fundación. El ejemplo de los tantísimos encuentros nacionales que se desarrollan en Buenos Aires puede ser un disparador para repensar estas variables. ¿Acaso todo empieza y termina en el mismo lugar? No, por supuesto que no. Pero si no desarrollamos una mirada crítica que esté acompañada de acciones concretas estamos condenados a la perpetuidad (y a la naturalización) de un escenario que, créase o no, podría ser otro.

¿Cómo se empieza a trabajar en pos de una nueva idea de federalización? En principio, discutiendo y proponiendo alternativas para modificar nuestra propia percepción de la realidad, esa que parece dada pero que en definitiva tiene que ver con nuestras propias prácticas. Por lo pronto, la pandemia ha logrado hacer aún más visibles ciertas problemáticas que la producción cultural argentina arrastra desde tiempos inmemoriales. Quizás sea el momento indicado para salir del piloto automático y del pragmatismo. O al menos para buscar otros horizontes identitarios posibles.

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