¿Cuál es el único recurso que en momentos de cuarentena no se redujo e incluso, en muchos casos, se amplió? El tiempo. No solamente del que disponemos en nuestra cotidianidad sino la percepción de todo el tiempo que tenemos hacia adelante. Es decir, el tiempo del que disponemos para la concreción de distintos proyectos, en sus dos dimensiones: el que ocupa nuestras vidas y el que medimos en días y meses para proyectar hacia futuro.

Con justa razón se escribió en innumerables artículos y se habló en distintos medios sobre la precarización de quienes trabajamos en el sector cultural, sobre la imposibilidad del convivio, sobre el “nuevo convivio tecnológico teatral”, sobre protocolos y distanciamientos físicos (aunque no sociales) y sobre las formas posibles para la vuelta de la actividad teatral. Seguiremos leyendo sobre esos y otros temas surgidos de la emergencia pero al mismo tiempo necesitamos gestionar el mañana en proyectos concretos.

A diferencia de otras miradas no veo, a partir de lo que sucede, un nuevo momento fundacional de las artes escénicas ni un abandono de la necesidad del convivio. Por el contrario creo que, cuando todo esto pase, será imprescindible encontrarse. La carencia y abstinencia del acercamiento y de la presencia física traerán como consecuencia, una vez atravesados los lógicos miedos y resistencias, un impulso de concurrencia a los espacios y muchas ganas de trabajo corporal conjunto. Es por eso que afirmo que nuestra única certeza es que tenemos que estar preparados para llevar a escena todo lo que ya teníamos pensado. Es verdad que la incertidumbre de no tener una fecha cierta de regreso a la actividad, conspira contra la etapa de ejecución de cada proyecto. Sin embargo cualquier planificación contiene fases de diseño y producción fundamentales y a las que, muchas veces, no les dedicamos la debida atención. Es una oportunidad única para hacerlo. Nunca, como hoy, tuvimos tanto tiempo para ello.

No se trata este escrito, solamente, de acciones individuales o grupales en relación a la gestión de nuestros planes, sino, y sobre todo, del impulso que el Estado y los Organismos de Fomento pueden proveer en relación al tema. Habitualmente los aportes a salas, grupos y eventos llegan para recupero de algunos gastos con posterioridad a cualquier producción o planificación. Su función de fomento se pierde en la maraña de trámites, períodos, lapsos y burocracias, cumpliendo un papel más reparador que impulsor de proyectos.

El Instituto Nacional del Teatro (Argentina) reaccionó rápidamente ante la emergencia con la puesta en marcha del Plan Podestá. Lo hizo no solamente desde lo discursivo, sino que realizó todo lo necesario para que, al menos la primera etapa, fuese ágil y eficiente. Lo contrario sucedió en la Ciudad de Buenos Aires en donde Proteatro (Instituto para la Protección y Fomento de la Actividad Teatral No Oficial de la Ciudad) entendió, también rápidamente, la importancia de brindar asistencias especiales ante la falta de actividad, aunque la ciudad más rica del país no pudo con sus problemas burocráticos y lo que tenía que resolverse como una emergencia sigue, al cierre de esta nota, demorando igual que en 2019, como si nada hubiese pasado. Recordemos, de paso, que el presupuesto del Ministerio de Cultura de la capital argentina es de alrededor de ocho mil millones de pesos (aproximadamente 115 millones de dólares) mientras que el monto asignado a la cultura independiente a través de sus diversos Programas (Prodanza, Proteatro, Proescritores, Fondo Metropolitano para la Cultura, etc.) no suele llegar al 1% de ese total.

Más allá de las respuestas ante la coyuntura que dieron ambos Institutos, es mi intención llamar la atención sobre la oportunidad que se abre para repensar modelos de planificación en el llamado a concursos, fundamentalmente para subsidios de producción de obra. Existe la paradoja en esos llamados (al menos sucede en Argentina, y tal vez sirva como disparador para debatir otros modelos de distintos países) que mientras se les solicita a los grupos artísticos una determinada fecha de estreno (generalmente dentro del semestre en el que se solicitó el subsidio) el dinero les llega mucho después de dicho estreno por lo que finalmente el aporte no colaboró realmente en su producción y no pudo ser incorporado a la mesa de trabajo de gestión del proyecto sino que termina siendo, como señalamos antes, un recupero de algunos gastos.

La oportunidad que se abre con la incertidumbre relacionada a la fecha de regreso de la actividad teatral tiene que ser aprovechada para otorgarle más énfasis a la producción y a la planificación, extendiendo los plazos para que el estreno pueda concretarse dentro del año o dentro de los dos años posteriores a habérsele acreditado los fondos a los beneficiarios. Si las instituciones de fomento, ante la cuarentena, debaten qué hacer durante el 2020 con las líneas de subsidios para producción de obra – teniendo en cuenta la dificultad de sus estrenos dentro de este año – afirmo que es el momento para modificar las prácticas heredadas en el tiempo y lograr que los aportes a la producción sean realmente eso y no un recupero no planificado. Nótese que no se está planteando ningún giro copernicano sino simplemente un cambio lógico en la exigencia de los compromisos. Ya no se exigiría una fecha de estreno determinada en un calendario anual, sino dentro de un lapso que comenzaría a correr a partir de que lxs beneficiarixs puedan hacerse de los fondos del subsidio. Y si bien la modificación no es de gran dificultad burocrática, traería aparejado una profunda transformación en el modo de planificar y producir.

Contar con fondos del Estado para la producción otorga libertad creativa y contención artística. No es lo mismo disponer de esos fondos al inicio de un proceso, que esperar un probable recupero en algún tiempo después de estrenada la obra. La función estatal de fomentar la producción se ve actualmente desvirtuada, quedando con más posibilidades quienes, aún desde el ámbito independiente, tienen acceso al adelanto de fondos particulares.

Uno de los temas más debatidos desde que comenzó la pandemia, es el de la precarización de quienes trabajamos en el teatro y en la cultura en general. Esa precarización tiene muchas causas. Una de ellas es la eventualidad misma de nuestras actividades. El Estado no podrá evitar que exista esa eventualidad pero, desde su función de fomento, puede impulsar que se trabaje con mayor continuidad y de forma menos esporádica. Si el Estado llegara a tiempo a los procesos de producción y planificación estaría contribuyendo a la profesionalización de los grupos, a la visibilización de rubros habitualmente invisibilizados y a la práctica de una mejor reflexión acerca de la gestión de cada proyecto.

Hay, por otra parte, una tentación de apoyar únicamente proyectos que se realicen en entornos virtuales mientras siga restringido el acceso de público a las salas. Sin desmerecer esas iniciativas tenemos que recalcar que el estreno y las funciones son la última etapa de la ejecución de cada propuesta de espectáculo. Es un momento formidable para darle valor al período de planificación y producción, fases que pueden realizarse sin grandes dificultades en el contexto actual. Variando las condiciones de exigencia en relación a la fecha de los estrenos, tal como reseñamos anteriormente, estaríamos aportando a innovar en los procesos de producción del teatro independiente, impulsando a todos los sectores que lo componen a planear en conjunto a mediano plazo.

La cuarentena motivada por la pandemia nos está permitiendo espacios para la reflexión y sobre todo para pensar sobre todo aquello que pueda modificarse y logre prevalecer más allá de la coyuntura. Tenemos la oportunidad que nos da el recurso con el que abríamos este artículo: tiempo, que, por esta vez, nos puede jugar a favor. Es una etapa para que determinadas prácticas, que se han hecho costumbre, sean puestas en cuestión y terminen siendo reformadas, en algunos casos sin gran complejidad.

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