Parte del texto fue publicado originalmente para Crear Escenas.


Federalización forzada

Si entendemos que una política pública es toda acción u omisión que lleva adelante un gobierno, podemos afirmar que toda política que no se asuma federal, es por definición unitaria ya que conserva el status quo. Esto se ve agravado en el campo cultural, ya que al tratarse de herramientas de generación y fortalecimiento de capital simbólico, la concentración de instituciones gubernamentales nacionales en CABA construye hegemonía. Y toda política cultural que construya hegemonía está bastante floja de papeles.

En lo que hace a la concentración de capital simbólico en la CABA podemos encontrar distintas aristas: concentración por parte del Estado, de los mercados y de la sociedad civil. Entender cual es consecuencia de cuál es entrar en el juego del huevo y la gallina. De los tres, el primero es el único con poder de fuego para transformar la realidad, el segundo se rige por la oferta y demanda (si tomamos la concepción clásica de mercado) y el tercero tiene la fortaleza para problematizar la situación pero en el proceso necesita seguir comiendo y se ve obligado a responder a los dos primeros.  

El unitarismo es violencia

No hay mucha más vuelta que darle. La concentración unitaria fue y es violenta, se formó en base a la acción militar, el disciplinamiento económico y político, la exclusión xenofóbica y la opresión simbólica. Es en este punto que nos queremos enfocar: la concentración de usinas estatales de producción simbólica en la CABA es una herramienta de opresión, que otorga más valor a lo capitalino y desmerece a las provincias. Son interesantes las reflexiones de Axel Kicillof, en cómo la historia de la provincia de Buenos Aires fue arrebatada por la CABA, haciéndola carecer de una identidad específica.

Se entendería entonces, que uno de los grandes lineamientos de los gobiernos populares es la recomposición de ese vínculo, la distribución sensible de ese capital simbólico.

Dios atiende en Buenos Aires y el poder ejecutivo, judicial y legislativo también.

El ministerio de Cultura tiene sede en la CABA, con todo su organigrama de secretarías y direcciones, en su totalidad. A esto hay que sumarle las sedes centrales de los organismos autónomos: sus once institutos nacionales (incluidos el de Teatro INT, Música INAMU y Audiovisuales INCAA). También se encuentra el Centro Cultural Kirchner (único con dependencia nacional), el Teatro Nacional Cervantes (único también), la Biblioteca Nacional, la CONABIP, el Fondo Nacional de las Artes y otros tres organismos más. De los museos nacionales (de artes e históricos), casas culturales, entre otros, solo 8 de 27 no están en la CABA. El SINCA, también se sitúa geográficamente en la Capital Federal. A esto se le suma, los dependientes de otras áreas nacionales, como el C3 de Ciencia y Tecnología, todos los espacios culturales del Congreso de la Nación (biblioteca, hemeroteca, etc), la sede central de la ENERC (que depende parcialmente del INCAA), por nombrar algunos ejemplos que dejan en claro que nunca hubo una política clara de federalización cultural en nuestro país.

Las únicas menciones honrosas en torno a la distribución federal son el Sistema Universitario Nacional (gracias en parte a su autonomía), el Sistema de Áreas Protegidas Nacionales (reservas, parques y monumentos naturales) y Tecnópolis. Este último nos demuestra que cuando se busca federalizar lo cultural,  los grupos conservadores salen directamente a su cruce nombrándolo como negrópolis, chimbópolis, entre otras discriminaciones xenófobas y racistas, sólo por estar cruzando la General Paz, aunque sean dos cuadras. Otra política de descentralización honrosa, pero parcial, es la política federal de representaciones provinciales y regionales por parte del INT, los espacios INCAA y los fomentos anclados con carácter geográfico como Puntos de Cultura, entre otros.

Migraciones forzadas

La ubicación hegemónica y unitaria de las instituciones culturales obliga a migraciones forzadas internas para acceder a su formación, trabajo y la circulación de bienes que generan. Esto genera un vacío de parte de las provincias, que es llenado por la CABA: libros, cine, música, teatro, videojuegos, que responden a una lógica normativa de que lo argentino es lo porteño y las provincias son excluidas de pensar la identidad nacional. Las migraciones forzadas generan concentración poblacional, y en este caso, simbólica, por la naturaleza del trabajo artístico.

La circulación de bienes simbólicos en CABA está tan blindada que habría que hacer una encuesta de consumos culturales por parte de los capitalinos para ver cuánto consumen que no haya sido producido en la ciudad. De la misma manera, y como ejemplo, es común que les provincianes consumamos noticieros de lo que sucede en CABA, contra consumir productos con anclaje local. La problemática es absolutamente invisibilizada, pero la redistribución federal hoy en día, es quizás el desarrollo más fuerte que se puede dar en el mercado de bienes simbólicos en torno a la democracia cultural. Esta entendida no sólo como el acceso al consumo cultural (democratización), sino a la producción de los mismos.

Excusas

Es común la respuesta de que estos organismos están en la CABA porque ahí es la sede del poder ejecutivo, pero no se problematiza por que está la CABA ahí en primer lugar, ni por qué no hay una política activa desde el ministerio de Cultura para tensionar esta invisibilización. Victor Vich afirma con una claridad evidente que:

“[…] las políticas culturales deben tener como finalidad comprometerse a desnaturalizar lo naturalizado, esto es, revelar los poderes que nos han constituido como lo que somos: hacer más visible como se han asentado, como los reproducimos y como carecemos de imaginación y de voluntad para neutralizarlos.”(Vich, 2014: 18).

También es común decir que operan en edificios históricos aun cuando esto es falso para la mayoría de los organismos y aun así hay que cuestionar por qué esos edificios históricos fueron emplazados ahí para iniciar. La patrimonialización, siempre por parte del gobierno nacional, en edificios estrictamente capitalinos (y coloniales para variar) construye un discurso que no reconoce otros patrimonios nacionales.

La discusión del federalismo se volvió álgida, y sigue prometiendo subir su tono. Tomó el centro de la escena en base a las revueltas de la policía bonaerense, la retirada de los puntos arbitrariamente cedidos a CABA por parte del macrismo y las constantes enunciaciones por parte del presidente de ‘descentralizar’ el país. Sin embargo, las transferencias de recursos a estos organismos culturales se vuelven ‘inversiones colaterales’ que exceden los presupuestos formales de la city. Estos son salarios, bienes de uso y consumo, inversiones edilicias, entre otros, territorializados en ‘La Ciudad’. Es más, les gestores y artistas de estos espacios muchas veces poseen proyectos por fuera de su trabajo, que se manifiestan en este territorio y contribuyen a lo hegemónico.

A modo de ejemplificación

Si se nos permite ponernos autorreferenciales, ambos nacimos y crecimos en las provincias de La Pampa y Mendoza y nos vimos obligados a migrar a CABA para formarnos en la Universidad Nacional de las Artes y continuar nuestra carrera como artistas. Hoy en día estamos mudandonos nuevamente a Mendoza y en el camino quedan nuestros proyectos dispersados por la CABA. En mi caso – Catalina – , formo parte de la Compañía de Teatro de la Biblioteca del Congreso de La Nación. El traslado hacia otra provincia implica necesariamente abandonar ese espacio y esa actividad o disponer de los recursos para viajar las veces que sea necesario. Y siguiendo con el tema que nos compete, ¿Por qué una compañía de teatro enmarcada en un establecimiento público como la BCN tiene su sede en CABA? y peor aún ¿Por qué todes sus integrantes residen en allí? ¿Es posible federalizar estos ámbitos? Definitivamente. Depende de una decisión o mejor dicho de muchas decisiones movilizadas por políticas públicas de descentralización.

El camino de vuelta

Quien merece ser incluido en esta nota, es el Consejo Federal de la Cultura (CFC) -nótese el singular en Cultura-, que reúne a les máximes representantes provinciales en materia cultural. La ausencia de este organismo en el marco de la pandemia ha sido notable, desarrollando programas poco claros en su principal fortaleza: la federalidad. Lo cultural es una competencia delegada a las provincias desde la constitución del 94’ y por lo tanto también es válido reflexionar sobre qué han hecho las provincias al momento de construir una identidad intercultural y diversa Argentina. ¿Puede ser el único comportamiento de las provincias el pedirle plata a mamá Estado para hacer frente a sus necesidades culturales? Entendemos que no, y el CFC es el espacio que debe ser revalorizado y repensado para permitir una federalización de afuera hacia adentro. En otras palabras, cómo y desde qué acciones lo cultural provincial, puede poner en crisis la construcción nacional hegemónica y apalancar un nuevo ser nacional diverso y múltiple.

La clave parece estar en una profunda autorreflexión de cada identidad provincial y municipal al momento de diversificar lo cultural (y a fin de cuentas federalizar hacia adentro de las provincias que también hace falta). Mendoza posee la Fiesta Nacional de la Vendimia (el segundo espectáculo sobre cosecha más grande del mundo), la industria de la nocturnidad a base de cuarteto, fiesta y bares en Córdoba es notable, inclusive, muchas provincias se encuentran fuertemente apostando a la industria del conocimiento, con desarrollos de software, videojuego y audiovisuales que exceden a la CABA. Deberíamos tener un Consejo, menos testimonial y más protagónico que se convierta en un actor central al momento de articular políticas que generen circuitos de producción, mercados y formalizaciones institucionales que trascienden la centralización capitalina.

La respuesta debe ser contundente

Replicamos la frase, si una política pública cultural no es federal, es decir, no tensiona o revierte la historicidad de acumulacion de capital economico, social y simbólico, se vuelve unitaria. La descentralización debe ser precisa y anclarse en necesidades territoriales y estratégicas en diálogo con patrimonios e industrias culturales, sus funcionaries, administratives, artistas, gestores y otres agentes; distribuides por el territorio nacional. Y su institucionalidad debe ser diversificada a través de acciones concretas que exhiban esta inequidad hacia la población.

Nótese que sólo hablamos de instituciones, y no del patrimonio (material o inmaterial) que producen, o cómo lo producen, o el contenido artístico que generan, o las articulaciones interinstitucionales que desarrollan. Cada una de estas aristas merece notas aparte. Sin embargo, pese a la complejidad de la cuestión federal en nuestro país, lo cultural no puede continuar siendo pospuesto. Ya es tarde.

Por Catalina Romero y Juan Francisco Barón


Bibliografía

Vich, V. (2014) Desculturizar la cultura. Siglo XXI ediciones: Buenos Aires, Argentina. Reforzamos una vez más la localización geográfica de la imprenta.

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