Creo que podemos decir que el arte callejero ha sido unos de los instrumentos más utilizados por las administraciones cuando su objeto era organizar un acto importante y llamativo; celebraciones de aniversarios, centenarios, milenios, grandes eventos o, simplemente, las fiestas patronales de cualquier pueblo modesto; se han servido del teatro callejero para lograr llamar la atención.

De todas formas, es evidente que programar arte callejero es un riesgo para los políticos. Las sociedades no democráticas no lo permiten, pues escapa a su control. ¿Qué hará el artista? ¿cómo responderá el espectador?

El estado excepcional que produce el arte callejero altera el orden establecido, lo traspasa y puede desintegrarlo como consecuencia de la apertura que supone el azar.[i]

En el arte callejero se hallan englobados muchos conceptos: rito, movimiento, danza, circo, tradiciones, con un sinfín de efectos de luz o juegos pirotécnicos que, con una música envolvente, hacen vibrar al público y -si realmente logra su cometido- lo traslada a un lugar casi sobrenatural y mágico.

La improvisación de la compañía, la reacción del público, hacen de este tipo de arte una apuesta de libertad;  la calle, la plaza, el mercado o los muelles de una ciudad son espacios abiertos donde el público –que quizás no asiste a un espectáculo sino que se lo encuentra– participa de él. Como dijo Catherine Tasca cuando era Ministra de Cultura en Francia: “Debemos agradecer al teatro callejero su gran capacidad creativa y su habilidad al haber recuperado los espacios públicos como espacios de convivencia[ii].

En esta afirmación hay un concepto que debería ser el gran factor que proyecta el teatro o el arte callejero en la política: la recuperación de la calle, el poder estar en la calle, el manifestarse en la calle, que la calle sea un lugar de convivencia, un ágora, una escuela de democracia.

En España la recuperación de la calle fue uno de los grandes éxitos de la democracia a partir de la muerte del dictador y la recuperación de los ayuntamientos democráticos (1979). Con ella llegó la voluntad de reencontrarnos con la fiesta, la trasgresión. Los gobiernos locales jugaron un papel muy importante en esta recuperación, ya que son los que están más cerca de los ciudadanos.

Cambió el modelo organizativo jerárquico, basado en un orden impuesto, distante, por un  modelo de relación con el ciudadano, basado en los bienes y servicios.  El ocio y la cultura pasaron a ser un servicio, un bien común, se abrían nuevos mercados, se democratizaba la cultura.

Pasados ya más de 40 años vemos como la euforia inicial ha desaparecido y observamos muchas veces que el teatro callejero, la fiesta y/o la trasgresión molesta. Molesta a políticos por qué ya no es reivindicativa, molesta a vecinos, pues hace ruido e invade su intimidad, molesta a programadores porque han de luchar con los políticos y los vecinos, y por si fuera poco las compañías que hacen arte callejero se les ocurre que quieren hacerlo bien y en condiciones, y esto molesta a los presupuestos.

Es en este contexto, la situación en la que nos encontramos ahora, que no es la de la euforia de los setenta, que me gustaría hacer una reflexión, ver algunos de los conceptos que aportan algunos autores al analizar el arte callejero. Enumerar y ver como conceptos intrínsecos a nuestra manera de ser, de vivir, de nuestra sociedad, muchas veces no encuentra el debido respaldo tanto en la sociedad civil como en las clases dirigentes.

Me haré (y les hago) unas preguntas, preguntas que relacionan la comunicación, la historia, la identidad con el teatro callejero. Unas que relacionan la libertad, de crítica y de poder, de transversalidades. De todas formas las planteo, y creo que no me voy a atrever a dar respuestas.

Primero, empezaré por  Manuel Delgado, -sociólogo, autor y coordinador de muchos trabajos que tienen en la calle su referencia principal- en su libro titulado “Sociedades Movedizas”, hay un par de conceptos interesantes en esta reflexión: el primero “El espacio urbano se concibe como espacio del y para intercambio comunicacional generalizado” y el segundo, es el de los “No-lugares”, espacios antitéticos de lo que son los espacios o de la transformación que de los mismo hace el arte callejero. Él define los “No-lugares” como espacios del anonimato, lugares monótonos y fríos a los que no les corresponde identidad ni memoria y que no tienen nada que ver con contextos espaciales culturalmente identificados e identificadores[iii]  por tanto como ya he dicho, son la antítesis, del espacio que utiliza e interviene el arte cuando se hace en la calle.

Vistas estas cita podemos constatar que Manuel Delgado enumera unos conceptos, por acción u omisión intrínsecos en el arte callejero, me refiero a: intercambio, comunicación, memoria, identidad, identificables o identificadores, ideas que muchas veces nos definen como pueblo y nos ayudan a entender y a vivir la historia.

Mi primera pregunta es: ¿Por qué, pues, si el arte callejero es o puede ser todo lo que acabamos de decir, no se potencia más?

Sigamos, la segunda cita es de Iñaki López de Aguilera –que fue director de cultura del Ayuntamiento de Iruña– al hablar de la fiesta en la calle nos cita conceptos como[iv]: libertad individual y colectiva: vive y deja vivir, acontecimiento colectivo, dimensión de grupo, ruptura de la norma cotidiana, participación, carácter seductor, gratificante, placentero. Acontecimiento colectivo, participación, carácter seductor, vive y deja vivir en una palabra: libertad.

Planteo pues la segunda pregunta: ¿Quién puede negarse a apoyar a un evento que estimule estos conceptos? ¿quién tiene miedo a la libertad?

Una tercera reflexión: los principios que enumera Jose Monleón – ensayista, crítico y director teatral, Premio Nacional de Teatro 2004 – al referirse a la teatralidad mediterránea hecha en la calle. Nos habla de: integración de valores como placer, sacralidad; de la concepción del espacio al aire libre como un valor, de la integración del lenguaje del cuerpo, junto a la música y la canción frente a la superioridad atribuida siempre a la palabra y a la vida psicológica del personaje. De la representación irrepetible y, por último, de una dimensión política del espectáculo, ligada a la tradición teatral popular mediterránea, iniciada ya a partir de los griegos con la sátira, la crítica de los abusos de poder en sus distintos campos o niveles.[v]  Integración de valores, placer, lenguaje del cuerpo, dimensión política del espectáculo, crítica al poder, etc.

¿Alguien, demócrata convencido, puede negarse a estos principios? ¿quién tiene miedo a la crítica?

Cuarta y última, Antoni Puig y Alfons Martinell, en un de las charlas de los encuentros de Interacció’94, cuando hablaban de programar fijaban los siguientes objetivos: la vertebración social de las ciudades, las interacciones entre la cultura, la ecología, la solidaridad, voluntariado cultural, las uniones entre servicios culturales, sociales o educativos[vi]  y por último en el ocio, tiempo libre y turismo[vii].

¿Algún ayuntamiento, gobernante o político no tendrá en su programa objetivos de esta índole? ¿alguien puede decir que estos objetivos no son los del arte callejero? ¿por qué, pues, hay tantas dificultades para satisfacer las necesidades de la creación, de la distribución y de la exhibición en el arte callejero?

Como he dicho, no voy a dar una respuesta a estas preguntas. Estamos en un momento complicado en el arte callejero, conceptos antiguos y legítimos que han surgido con fuerza, como privacidad, seguridad, libertades personales pueden pasar por encima de políticas culturales y coartan muchas veces los conceptos: creatividad, exhibición y muchas veces incluso la libertad.

La célebre frase “no hay presupuesto”, se impone casi siempre y se olvida que como dijo Paul Reynaud[viii]  -político francés que llegó a primer ministro- “un presupuesto no es una suma seguida de una resta. Un presupuesto, es una política.” Por lo que podemos decir que si no hay presupuesto no hay intención política para hacer aquello o aquella propuesta, no nos engañemos si hay voluntad política hay dinero.

Hoy nos encontramos ante unas situaciones donde cómo en la mayoría de las veces en las políticas culturales, si las hay, reina la confusión y el titubeo, en épocas electorales incluso podemos ver como un voto puede pasar por encima de una programación, de un espectáculo o una fiesta en la calle, y esto es más frecuente cuando el pueblo es más pequeño.

Es ante esta situación que, cuando buscamos una política cultural que hable de distribución, exhibición y no hablemos de creación, a todos se nos visualizan conceptos: indeterminación, incertidumbre y vacilación.

Por esto, para acabar, pongo sobre la mesa una frase de Jean Vilar, muy esclarecedora en este sentido y que dejo en el aire, es una frase fuera de toda ambigüedad, contundente, dice: “Una cultura es escoger, lo que se escoge a de ser definido, programado, aceptado y, finalmente, impuesto.” Un gobierno ha de concebir, proponer y, finalmente, imponer una política cultural general, detallada y estudiada, a la colectividad. La colectividad la podrá rechazar si no está de acuerdo. Pero lo peor es la incertidumbre, la buena voluntad, el lirismo, la amabilidad, la nada.[ix]

Si esto lo aplicamos al arte callejero, hoy por hoy en muchos momentos y circunstancias nos encontraremos con la nada.


[i] Grup de Recerca Etnografia dels Espais Públics de l’Institut Català d’Antropologia . Manuel Delgado – coordinador.  – Carrer, festa i revolea . Els usos simbòlics de l’espai públic a Barcelona (1951-2000)  Generalitat de Catalunya, Barcelona 2003 – p.50

[ii] Pasqual Vicent  Aurillac, el valle encantado del teatro – Otro ministerio de cultura –  Fiestacultura – otoño 2001, núm. 8 – p- 9

[iii] Manuel Delgado.  Sociedades Movedizas Anagrama – Colección Argumentos. Barcelona 2007 p 60.

[iv] Iñaki López de Aguilera – Cultura  y ciudad- Manual de política cultural municipal – Trea – Gijón 2000. p.212-213

[v] José Monleón – Sobre la Teatralidad Mediterránea – Les arrels del Teatre Valencia Actual – Edició de Joseph Lluís Sirera Manuel V. Vilanova – Vila-real 1993 – pp.13-18

[vi] Toni Puig  – Interanció ’94 – De la cultura de l’espectacle a la cultura de la presència –  Diputació de Barcelona, Barcelona 1995. p. 68

[vii] Alfons Martinell  – Interanció ’94 – Lleure i polítiques culturals-  Diputació de Barcelona, Barcelona 1995. p. 94-95

[viii] Jean Villar-  El teatre, servei públic, – Institut del teatre – Barcelona 1997 – p- 549

[ix] Jean Villar-  El teatre, servei públic, – Institut del teatre – Barcelona 1997 – p- 550

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