Siempre me han gustado las sorpresas: la posibilidad de lo nuevo, lo diferente, la rutina dislocada, lo de siempre. Las sorpresas, si está uno abierto a ellas, se esconden a la vuelta de la esquina o bajo una roca o detrás de un árbol, o en alguna ciudad distante y desconocida. Algunas veces, la sorpresa tiene el sabor de lo inesperado o de algo que ocurre de manera abrupta, y que, antes de que se presente, ni siquiera has pensado en ello. Y aquí estamos, inmersos en lo inesperado y sumergidos en las posibilidades futuras desconocidas, en la incertidumbre y la perplejidad.

Desde que inició la pandemia, con su consecuente encierro, he tenido dificultad para ubicarme en el futuro como posibilidad, como recuperación de proyectos perdidos, como cicatrización de las heridas. Esta gran pausa vital nos afecta de diferente forma. En mi caso, escribo como un antídoto contra proyectos cancelados, el miedo, la depresión, la frustración, la falta de corporalidad, la socialización limitada. Escribir es un proceso solitario, y así lo vivo desde antes de la pandemia, por lo que me da un sentido de tranquilidad y flujo habitual de la vida, sabiendo, al mismo tiempo, que las cosas no volverán a ser las mismas, y que todos, en algún sentido, habremos cambiado.

He dedicado gran parte de mi vida a escribir para la escena, al teatro, a la creación escénica, uno de los sectores que ha sido más afectado por la pandemia: teatros cerrados, proyectos y montajes cancelados, colegas y amigos enfermos, presupuestos y programas cancelados por las instituciones, y la distancia física en un arte que florece con la presencia y contacto de los cuerpos, tanto de las actrices, actores, directores, diseñadores, técnicos, productores y todo aquel que hace funcionar un proyecto escénico así como del público.

Desde hace cinco meses, he sido testigo y espectadora, a modo de una dramaturga forastera, de los intentos y desafíos de dramaturgos, directores, actores y grupos por trabajar desde la poética del aislamiento, enfrentando las posibilidades de la virtualidad (la ilusión de alcanzar a un público distinto, quizá mayor; entrar en el tiempo personal; sentirse activos; generar ingresos, entre otras), así como las limitaciones (inmovilidad corporal, simulación de simultaneidad o contacto, distanciamiento físico al igual que el distanciamiento social).

En estos tiempos complejos y fluidos, la hibridación de procesos está presente. Y creo que las propuestas digitales convivirán con las obras de teatro representadas en vivo en escenarios diversos, cuando eso sea posible. No es teatro lo que vemos en las pantallas. Incluso en teatro que fue representado en vivo y grabado previamente, en el universo de propuestas, debilita ese valor originario. Pero es una forma de poetizar, de asir, de experimentar la experiencia cotidiana de la pandemia. Es un mundo de representación autorreferencial en que el tiempo parece circular y recomenzar siempre, podemos regresar una y otra vez, en contraposición con lo efímero de la experiencia de la escena en persona presente.

Desde la dramaturgia, pienso en la necesidad no sólo de hibridación en que se vierten los conocimientos y experiencias en la escena teatral en presencia en una experiencia virtual digital, sino en lo imperativo de la adaptación si es que se quiere explorar al máximo estas tecnologías. Es preciso tomar en cuenta que en las plataformas, al presentar propuestas dramáticas, impera la inmovilidad de los cuerpos, o semi inmovilidad, además de que por lo general las tomas son plano medio o acercamientos al rostro y las acciones físicas son limitadas, y se olvida, por ejemplo, de utilizar la profundidad de campo, entre otros valores de la imagen.

A pesar de ello, y de lo triste que es vivir sin teatro, la comunidad teatral de México y de muchos otros países de Latinoamérica como Argentina, Colombia y Venezuela han buscado la forma de vincularse con el público a través de distintas plataformas, con el desafío de aprovechar la tecnología y las posibilidades reflexivas, narrativas y dramáticas que pueden alcanzarse. La pandemia cuestiona la esencia del teatro, y reafirma este arte como uno que sabe adaptarse y seguir vivo a lo largo de más de dos mil años, para respirar en la escena, en el contacto de los cuerpos y las esencias humanas, en el convite, para compartir y habitar un mismo espacio-tiempo.

Todavía quedan sorpresas pues la pandemia no cede. Escribo y reflexiono acerca del tipo de historias que contaremos en el teatro, hacia dónde iré con mi dramaturgia, con la esperanza de vincularme con el mundo, con mi país, con mi ciudad, mi comunidad y mi responsabilidad como escritora, conservando la posibilidad de sorprenderme a mí misma dentro de lo incierto y doloroso para adaptarme a los tiempos por venir. Seguiré y sigo escribiendo para la escena teatral en vivo, en persona, para espectadores que se tomarán el tiempo de acudir al espacio escénico, y vivirán la experiencia en este tiempo-espacio en convivio vital con los actores y demás oficiantes del rito teatral.

Como experimento y una forma de vincularme con mi entorno, comparto una propuesta para ser presentada en plataforma Zoom y videollamada.

 

FRAGMENTACIÓN

Pieza original de Silvia Peláez para puesta en pantalla en tiempos de COVID 19.

Junio 2020

El texto presenta dos columnas que se corresponden con las pantallas en Zoom entre dos personas (vista de galería). Sin embargo, se trata del mismo espacio en distinto tiempo. ALLEGRA 1 y ALLEGRA 2 son el mismo personaje, representadas por dos actrices semejantes entre sí. El espacio es el departamento de Allegra, que se extiende hacia atrás de donde ella tiene la pantalla para crear la sensación de profundidad: un televisor, alguna silla tapizada, una mesa con flores. Ambas estancias son idénticas, pero en la pantalla 1 las flores están frescas y en la pantalla 2 están secas.

1 2
ALLEGRA 1

Frente a la pantalla de su computadora, con su celular. Sube el volumen de la música. Viste una blusa igual a la de ALLEGRA 2, con pantalones y zapatos formales.

Todo listo. Darío no tarda en llegar.

Se acerca a la pantalla y pinta sus labios en un close-up. De este lado, la cámara hace las veces de espejo. Está feliz. Se sienta frente al “espejo” y se perfuma. Sonríe. Arregla su cabello. Recorre la estancia y baila. Enciende un cigarrillo y fuma. Bebe su copa de vino y espera que suene el celular. Sonido de mensaje Lee. Molesta.

¡Qué! ¿Tarde? Ashhh. Pero si hoy era el día. Bueno. Respira, Allegra, respira. (Graba. Amable.) Darío, querido. Sí, llueve a cántaros, pero aquí te doy una copa de vino o un tequila. Te espero. Charlamos y cenamos, y luego… En fin. Aquí te espero.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Suena el celular. Allegra baja el volumen a la música. Videollamada. Se alcanza a ver la pantalla de su celular. Pone el altavoz.

¡Darío! ¿Ya estás abajo? ¿Te abro?

Se escucha la voz lejana de Darío. No se entiende lo que dice.

¿Cómo? Pero ¿por qué? Ya no llueve. Y yo te espero. Sí, ya, ya. No, no sé nada. ¿En las noticias? Un virus. Qué buen pretexto para dejarme con la cena y el vino y ¿cómo dices? ¿Mortal?

Se levanta, camina por la estancia.

No te creo. No puede ser. Ya bastante teníamos con que estuvieras casado, pero inventarte lo de un virus mortal, Darío…

Voz de Darío. Allegra 1 se sienta frente a la pantalla del Zoom y habla por el celular.

No, no. He esperado mucho poder estar contigo a solas, lejos de las miradas del trabajo. Tener verdadera intimidad más allá de los besos en el pasillo. Y me sales con esto. ¿Cómo dices? ¿Que no podremos tocarnos ni besarnos? Así que ya no vendrás. Vaya. Qué forma de iniciar la primavera. Y de perder el tiempo. ¿Sabes qué? No te creo. Ok, ok, prendo la tele y veo las noticias. ¡Adiós!

Cuelga. Va al fondo de la estancia y enciende el televisor. Se escucha la noticia sobre COVID-19.

¡Vaya! Qué sorpresita. Un virus mortal en pleno siglo XXI. Y todo en pausa. Y Darío, adiós. Pasará encerrado con su mujer toda la cuarentena, y no podrá evitar el sexo con ella, y todo eso.

Mete su mano a la blusa y se acaricia suavemente.

Ni modo, Allegra, a la autosatisfacción hasta nuevo aviso.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Allegra 1 bebe. Se quita aretes, se despinta los labios y se saca los zapatos.

Quisiera creer que no es el destino, que no hay nada en contra mía. No puedo. Justo cuando Darío y yo, por fin, íbamos a… Si ya no creía en el amor, ahora menos. Y dicen que quién sabe cuánto tiempo estaremos encerrados.

Darío me deja suspendida en el deseo, confundida. Estoy lista para sus caricias y mirarme en sus ojos profundos y suaves, que me sonríen. Me quemo por dentro porque no podré tenerlo. Ahora, contenidos, aislados. Él volverá con su mujer. Y yo estaré acompañada de soledad.

Suena el celular: un timbre distinto al anterior.

¿Diga?

Se escucha la voz del otro lado, no se entiende lo que dice.

Ah, licenciado. ¿Cómo está? No, ocupada, no. Sí, claro. Ya lo escuché. Lo del virus ese. ¿Cómo? Clases por internet. Pero no será lo mismo. Está bien. Nunca lo he hecho. Pero hay que ir con los tiempos. De acuerdo. Lo mejor es que internet está plagado de imágenes. Claro, licenciado, hasta nuevo aviso, entonces.

Cuelga. Se acerca a la pantalla. Se pinta los labios. Se sienta y practica frente a la cámara sin sonido.

Ahora todo queda suspendido, pausado, parado, quieto, tranquilo, aburrido, perdido. Y Darío. También, adiós Darío. Todo. Todo. Es como si el tiempo se detuviera.

Bebe directo de la botella de vino.

Suena su teléfono. Videollamada. Duda en responder.

Darío. No. Será mejor despedirnos. No quiero ilusiones. Todo este tiempo he sentido una fe ciega por ti, por nuestro amor, pero veo que no será. Así que no me busques más, ni cuando acabe todo esto porque ya no seremos los mismos.

Cuelga. Mira la pantalla.

Nunca somos los mismos, de un día a otro, de un minuto a otro. Los cambios son tan imperceptibles que crees que eres eterna y permanente, inmutable, inmarcesible. Somos un suspiro. Y después de este encierro sonreiremos con esperanza.

 

 

 

 

Entra ALLEGRA 2.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Entra desde el fondo de la estancia. Bajo su blusa formal, lleva pantalones de pijama, y pantuflas. Está nerviosa. Ajusta la aplicación Zoom. Tiene vaso de agua

ALLEGRA 1: No dormí bien y con esta clase por pantalla. Voy a grabarla. Todavía me quedan cinco minutos. Allegra: tienes tiempo para recomponerte, y que no se te note que hoy no es tu día. Porque no lo es. Por poco arruinas el maquillaje. Cosa que no haces casi nunca. Digo maquillarte. Pero para estas clases, algo de polvo y labial viene bien. Todo se nota. Cada pequeño surco, cada poro, cada gesto. ¿Y cómo puedo estar más preocupada por la apariencia que por el contenido? Luego alguien pone modo del hablante y toda tu cara llena la pantalla. O si enclavijan el video, y aunque hable otro, lo que se ve es tu cara aumentada, y también tu habitación. Está todo en orden. Pueden ver tus muebles y tus libros, y… tus cosas. Y ¿a dónde se fue la privacidad? Y luego hay interferencias: la que no apaga el micro y aparece en pantalla atragantándose con unas papas, o el exhibicionista del otro día…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Se queda callada. Impávida, perdida, mira la pantalla.

Se les hizo tarde. Bueno, sólo espero que no se aparezca un exhibicionista como el otro día. Nos sorprendió a todos. Hoy me siento harta. No puedo más. De verdad. Trato, lo intento, medito, lo hablo, me hago coco wash, canto mantras y nada. No me hago a la idea de todo haya quedado en pausa. Sólo puedo recordar, y en estas circunstancias, recordar no es vivir. Para nada.

Mete su mano en la blusa. Se excita cada vez más. Sonido en la computadora: alguien entra al Zoom.

Todo iba bien. Hasta … esto. Ah, ¡Darío! Cómo te he deseado estos días de confinamiento. Te sueño, te imagino, te recuerdo.

Se escucha una voz en la computadora.

Ah, hola. ¿Ya llegó alguien? ¿Qué tal? Bueno, aquí, estaba esperándolos. Es que… Bueno. Ya es la hora.

Se recompone.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Bebe agua. Comencemos. Vaya, veo que hay (dice el número real de personas que están en la sala de Zoom).

Hoy hablaré de la catedral de Nuestra Señora de Reims conocida o en francés la Cathédrale Notre-Dame de Reims. Cierren los ojos, y piensen en qué es la fe para ustedes. Ciérrenlos, ciérrenlos. Así. Muy bien. Ahora, escriban en el chat o en un papel, una palabra que signifique para ustedes la fe.

Cierra el micrófono. Tose, tose, tose.

Abran los ojos. Espero que su fe sea tan fuerte y alta como esta hermosa construcción gótica.

Compartiré pantalla.

Presenta imágenes del exterior y del interior de la Catedral.

Esta es la catedral. Pertenece al alto gótico y se caracteriza por su gran altura, armonía, abundante tracería, y esculturas suntuosas, y ventanales. ¿Lo ven? Así le hablamos a la divinidad, mostramos nuestra fe. Nuestra fe… con la belleza, el arte, la poesía, la palabra que se convierte en vitral, en esculturas, en pintura…

Se quiebra, solloza.

Disculpen. He estado a punto de perderla, mi fe, pero… volvamos a nuestra catedral. Y terminemos.

Pone tres imágenes de la catedral, hasta llegar a la pantalla en negro.

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