Luego de siete meses, los museos de todo el país van retomando gradualmente las actividades presenciales. Desde Junio, algunos museos ya buscaban visibilizar “el rol esencial de los museos en la comunidad” y “el valor esencial como instituciones culturales”, reclamando que, si los shoppings podían abrir, deberían poder hacerlo también los museos, en tanto “espacios históricamente reglamentados”, fácilmente adaptables a las pautas de distanciamiento. ¿Cómo estamos pensando los museos y su reapertura tras el impacto cultural de la pandemia? 

 La pandemia afectó nuestra percepción temporal, nuestras rutinas, el trabajo, las relaciones, la educación, formas de producción y circulación del arte, la economía, la alimentación, lo individual, lo colectivo, lo público, lo privado, el futuro: impactó -de una manera que aun nos cuesta dimensionar- sobre toda la cultura. En este contexto, creo que, a diferencia de los shoppings, los museos no pueden reabrir las puertas para ser las mismas instituciones que cerraron en marzo. Si tenemos que generar un debate en torno a la reapertura de los museos, creo que éste debería pasar por cómo deben ser los museos y qué cambios deben hacer para estar a la altura del momento histórico.

Cabe preguntarnos en qué medida las comunidades estarán de acuerdo con las afirmaciones que hacemos en su nombre sobre el rol de los museos, en especial en estos tiempos. Preguntarnos también acerca de las acepciones del término cultura desde las que enunciamos. Si partimos de un sentido amplio y plural de cultura -y no solo un sentido estético- los museos pueden cumplir una función esencial en esta coyuntura, en tanto instituciones capaces de contribuir, desde el arte y la historia, a la (re)creación de la cultura y la reconstrucción del tejido social. Para eso, los museos deberían involucrarse con temas tales como la convivencia pacífica y la tolerancia, la cultura de la solidaridad, el cuidado mutuo y el cuidado del medio ambiente, la igualdad de género, la gestión crítica de la información, la reducción de la brecha digital y virtual, la defensa y el ejercicio de los derechos humanos. Los museos deberían pasar de ser espacios para visitar a espacios para habitar, que contengan a las comunidades. Trascender sus muros, salir a los espacios abiertos, a las periferias, no para «llevar» cultura, sino para meterse en la cultura, para trabajar en red con otras instituciones y organizaciones de base comunitaria. ¿Incorporamos estos temas en la agenda de los museos? ¿O acaso todo esto no está dentro de nuestra definición de cultura?

Si queremos que la comunidad considere los museos como instituciones esenciales en este momento, tal vez debemos comenzar por salir al encuentro de algunos de aquellos grupos que han sufrido en mayor medida el impacto de la pandemia: niños y niñas, adultos mayores, trabajadores informales, personas que luchan contra el virus o que perdieron familiares, víctimas de la creciente violencia de género durante el confinamiento, excluidos del sistema educativo por no tener recursos tecnológicos o conectividad. ¿Están algunos de estos grupos entre los destinatarios principales de nuestras propuestas o vamos a abrir solo para que vuelvan los seguidores de siempre? ¿Vamos a trabajar en una redistribución equitativa del capital cultural o vamos a seguir profundizando la brecha?

Por otra parte, me pregunto qué tan federal puede ser la urgencia por abrir las puertas cuando la gran mayoría de los museos del interior no cuenta con los recursos para adaptar sus instalaciones, adquirir insumos de higiene y dispositivos de bioseguridad para garantizar la salud de sus trabajadores y sus públicos. A esto se suma que una parte del personal de los museos está considerado población de riesgo. Desde Jujuy, donde la mayoría de los museos provinciales, municipales e independientes sobreviven con serias dificultades infraestructurales y financieras, cuesta ver federalismo en un reclamo convocado y representado por museos de la Ciudad de Buenos Aires que tienen una realidad particular y una cantidad de recursos técnicos, infraestructurales y económicos extraordinariamente mayor que todos los museos del interior. Más aún considerando que, como consecuencia de las mismas desigualdades estructurales, en los últimos meses vivimos, en algunas provincias, situaciones angustiantes ante un sistema sanitario al borde del colapso.

Sin duda es fundamental la creación de redes federales de museos y espacios culturales, en la medida en que verdaderamente exista la voluntad de que sean federales, horizontales y solidarias. Esto es mucho más que una campaña comunicacional: implica armar mesas de trabajo sostenidas para hablar de redistribución justa de los recursos públicos y los provenientes del mecenazgo privado, poner en cuestión la asimetría de poder que existe entre las distintas instituciones según condiciones geográficas, de clase, institucionales y patrimoniales, entre otras. Una red federal de museos que, en tanto instituciones especializadas en el patrimonio cultural, puedan cuestionar su propia identidad, sus prácticas coloniales, su condición de “espacios históricamente reglamentados” y la distancia que imponen entre comunidad y patrimonio, su propia participación en la producción y reproducción de discursos sobre el arte y el patrimonio que perpetúan desigualdades sociales.

Si vamos a encender los muros que nos separan de las comunidades para contar que queremos dejar atrás una noción excluyente de cultura y pensarnos como agentes capaces de intervenir en las necesidades culturales esenciales, para contar que los museos son espacios públicos para habitar como se habitan las calles y las plazas, para presentar una red de museos dispuestos a realizar una autocrítica y una profunda transformación federal; entonces sí, iluminemos todos los museos del país.

0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

diecisiete − 14 =