El cuadro del viejo Bruegel sobre el mito de Dédalo e Ícaro, cuyas alas se derritieron por acercarse demasiado al sol, podría tranquilamente inscribirse en la tradición de desconfianza a una ciencia natural que se aleja demasiado de la vida del hombre medio cuyas implicancias analiza Blumemberg en La Risa de la Muchacha Tracia. Nadie ve al joven que cae desde los cielos por la ambición desmedida que lo llevó a querer ir demasiado alto. No lo ve el labrador que dirige su mirada a la tierra, ni el pescador que arroja su tanza, ni el pastor que mira distraídamente hacia arriba. Tampoco los marineros que se entregan a las tareas del barco. La ciencia de Dédalo no tiene mayor impacto en el mundo cotidiano de la producción, el comercio y el trabajo. Ni siquiera nosotrxs, a decir verdad, lo veríamos, de no ser por el título que da nombre al cuadro. La tragedia del inventor por antonomasia de la mitología clásica resulta insignificante en el marco del paisaje que le da forma (unsignificantly / off the coast / there was / a splash quite unnoticed / this was / Icarus drowning; escribe Williams Carlos Williams). La vida sigue su curso. Bruegel parece haber tomado aquí una estrategia radicalmente contraria a la que le llevó a dar forma al mito equivalente de la torre de Babel. Allí la torre lo llena todo y la vida de los hombres y las mujeres que la abandonan a su suerte están en un completo segundo plano. Aquí los hombres transcurren placidamente su día sin advertir la caída de aquél que quiso alcanzar a los dioses. Y sin embargo, a nadie se le escapa que ese detalle apenas perceptible resulta ser a fin de cuentas aquello que motiva el cuadro. Nosotrxs, espectadorxs, no hubieramos visto todo lo que se ve si aquello que apenas se ve no hubiera estado allí en primer término.

La situación global suscitada por la pandemia del COVID-19 debe mucho de su diseminación a la insignificancia. Ante todo, porque según afirman lxs expertxs, es su escasa letalidad lo que le ha permitido expandirse a una velocidad de vértigo. Pero además, resultan ciertamente insignificantes las medidas que se toman para evitar su propagación. Lávese las manos, tosa en el codo, quédese en su casa, cúbrase la boca con lo que sea para no toserle en la cara a su vecino. De virología sé lo mismo que todo el mundo (que todo el mundo salvo lxs expertxs, que sobre este virus específico se han visto obligados a aprenderlo todo) pero mi experiencia en el terreno del análisis del discurso me lleva a intuir una serie de rasgos comunes dentro de la exacerbada discursividad que se ha desplegado en torno al coronavirus. Se dice, mucho, que la humanidad no ha vivido nunca, hasta ahora, una situación como la presente. No lo sé. Estoy absolutamente seguro de que nunca hemos hablado tanto, al mismo tiempo, con tantas palabras sobre lo mismo, sin decir casi nada a cambio. El texto presente, lamento decirlo, no escapa a esa fatalidad. Será tal vez que vivo en una casa con dos niñxs pequeñxs, pero mi sensación respecto de este extraño avatar del apocalipsis que nos ha tocado en suerte, no es la del silencio sino muy por el contrario la de un constante y ensordecedor ruido. Demasiado para una enfermedad tan poco original (nada de zombies, nada de pústulas en la piel, nada de mutaciones estralafarias). Casi todos los discursos auguran, para peor o para mejor, que ya nada será igual. La pregunta que cabe hacerse es, ante todo, igual a qué. Esa pregunta nadie se la hace. O casi.

Lo cierto es que ni las celebridades filosóficas de al menos tres continentes, ni los escritores, ni los artistas, han dicho hasta ahora nada demasiado excepcional ni enriquecedor respecto del momento actual. Ni intelectual ni poéticamente. No tendrían por qué, dado que la pandemia está pasando precisamente ahora. Lo curioso es que no dejan de intentarlo. Es sumamente llamativo el modo casi epiléptico en que florecen los concursos de dramaturgia, ilustración y escritura que toman la cuarentena como temática. Parece que resultara imposible quedarse callado (tiene razón Bifo Berardi, quien por otra parte, tampoco lo ha conseguido; es la paradoja de toda escritura que tome como demanda el silencio). En cuanto a la política, es cierto que se han resuscitado viejas aspiraciones, como por ejemplo la del salario universal. Pero todavía nadie ha explicado como lograrán imponer una agenda que afecte los intereses de los más poderosos, cuando todo indica que son los más poderosos los que saldrán favorecidos en este asunto. Por su parte las teorías del complot han aflorado en formas impensables, precisamente en un momento histórico en que venían ganando terreno. El coronavirus, enfermedad de la multitud, parece haber surgido para apagar los reclamos de las multitudes en Ecuador, Colombia, Chile, Hong Kong, Beirut, París, Barcelona. Las teorías conspirativas suelen dar respuestas más creativas que las de los expertos. Además tranquilizan. Dicen “yo sé” allí donde la sensación generalizada es “no se sabe”. Ponen un poco de orden en el caos generalizado. De allí la virulencia (nunca mejor dicho) con que la defienden los que las propagan. Por mi parte, descreo de las conspiraciones, aunque me parecen un marco narrativo estupendo. Creo en cambio en la evidencia del síntoma: pandemia de protestas, pandemia de virus, pandemia de desinformación. Lo que se ha espiralizado es la circulación social del sentido a una velocidad que nos resulta imposible de procesar. Tratar de mantener la calma, en este marco, resulta casi utópico. Las llamadas Ciencias Sociales parecen estar condenadas a analizar hechos y procesos que sucedieron hace mucho tiempo (es decir, tres o cuatro meses atrás).

A los grandes pensadores no les va mucho mejor. Ellos también dicen “yo sé” (se sienten obligados a hacerlo) en un momento en que nadie sabe. Algunxs han ido un poco demasiado lejos. Es proverbial la colosal metida de pata de Giorgio Agamben que en pos de su lectura apresurada de la cuarentena a partir de la noción de Estado de Excepción se puso del lado de psicópatas como Trump, Boris Johnson o Bolsonaro. Slavoj Zizek, por su lado, haciendo uso de su habitual tendencia a metaforizarlo todo con ejemplos de Hollywood y la cultura popular sigue afirmando que el coronavirus le ha asestado un golpe a lo Kill Bill al capitalismo y tiene ya listo su libro, con juego de palabras y todo: Pan(dem)ic! Covid-19 Shakes the World. Algo de lo que descree Byung Chul-Han quien afirma que lxs europexs (categoría en la que al parecer se incluye) han vivido demasiado tiempo sin enemigxs (¿¿??). Afirma acertadamente que ningún virus hará la revolución, pero parece tener sobrados motivos para creer que este virus en particular hará la inrevolución. Decide que el virus nos aísla e individualiza haciendo que cada cual se ocupe de su propia supervivencia, cosa que no se encuentra en absoluto demostrada (tiendo a creer que al revés, una de las peores consecuencias de la pandemia será una penosa exacerbación de las virtudes del beso y el abrazo). Pero afirma con razón que una sociedad que aguardaba con ansiedad el ataque hacker del milenio ha sido puesta en cuestión por un virus real. Otra vez lo insignificante. Quizás el más paradigmático sea el texto de Paul Preciado (que además contrajo la enfermedad) en el sentido de que va a las fuentes: comienza por evocar a Foucault, precursor de las noción de biopolítica, para leer luego el encierro  en clave de ciberautoritarismo, telerepública o farmacopornografía. Al parecer, la tendencia a acumular conceptos de nombres rimbombantes también ha crecido exponencialmente. Debería aquí aplicarse el principio de la navaja de Ockham (non sunt multiplicanda entia sine necessitate) para ver si queda algo al final. No es que estén equivocados. Es que no dicen nada que no supiéramos de antemano. Preciado nos recuerda además que Foucault fue el primer filósofo de la historia en morir de SIDA, una de las primeras pandemias de la sociedad global y se pregunta qué haría hoy, si siguiera vivo, a sus noventa y tres años. No cuenta toda la historia, que puede leerse en clave novelada en el libro de Hervé Guibert Al amigo que no me salvó la vida. Foucault se reía de todo el asunto. No podía creer que existiera una suerte de cáncer que afectara solo a los homosexuales. Minimizó las noticias, que ya eran inquietantes y se contagió y contagió a otrxs. Ello no quita un ápice de rigor a su extraordinaria obra intelectual, pero lo pinta todo con una pátina de realismo. Está muy bien denunciar los mecanismos de inmunidad de los estados modernos. Pero es mucho mejor si no nos morimos por el camino.

Por eso quizás resultan tan refrescantes, por su humildad, las notas de Jean-Luc Nancy y Alain Badiou. De lo que no se puede hablar (porque realmente poco sabemos) mejor callar. Y quedarse en casa. Nancy es categórico. Si hubiera seguido el consejo de Giorgio Agamben que lo exhortaba a desoir a los médicos, estaría muerto. Lo más curioso es que las celebridades filosóficas utilicen las mismas categorías y argumentos que los llevaron a la fama sobre un acontecimiento del que paradojicamente opinan que lo cambia todo. Todos sabemos que los jadeos del asmático indican la falta de aire. El hiperruido comunicacional apunta en la misma dirección. Angustia tanto porque es insignificante. Y sin embargo, entre la ingente cantidad de discursos que ha suscitado la pandemia, hay una serie de textos que sí están aportando algo atinado al respecto. Aquellos que llevan el signo del humor. Solo el humor está preparado para lidiar con lo insignificante.

Sobre el humor vengo trabajando hace ya muchos años (y entonces resultará que al final yo también vengo a decir lo mismo que lo que siempre he dicho, pero me excuso, porque disto mucho de ser una celebridad intelectual). Acaso el momento decisivo en mi construcción teórica sobre los fenómenos que conciernen a la risa, fue descubrir y entender la distinción freudiana entre el humor y lo cómico en tanto fenómenos opuestos y complementarios dentro del marco más general de lo risible. Ya en el libro sobre el chiste de 1905 y luego en un breve pero extraordinario artículo de 1927 Freud hace del humor una especie particular de lo cómico, que se caracteriza por descargar sobre el propio sujeto de la enunciación los dispositivos que el chiste emplea contra un tercero del que se burla. Si el placer del chiste devenía del ahorro del gasto psíquico de la represión, el placer del humor, en cambio, deviene del ahorro de un gasto de afectividad. Allí donde el sujeto debería temblar de dolor por la muerte, por ejemplo, de un ser querido; hace entonces una humorada demostrando que no reniega del mundo, ni de su poder de destruir aquello que ama; sino que lisa y llanamente se ríe de ello. Y en el camino, acaba por poner en cuestión la existencia misma del mundo (es decir, una unidad de lo múltiple). De allí la profunda intuición de Freud de que el humor, a diferencia de lo cómico, es profundamente subversivo. No vacila en ponerlo en la lista de aquellos procedimientos que los seres humanos hemos inventado para soportar el principio de realidad (un sistema inmunológico aparte) en los que incluye las psicosis, las neurosis, la embriaguez y el éxtasis. Con una salvedad: el humor lo hace sin comprometer nuestra salud física ni psíquica. El humor es una droga dura que no tiene contraindicaciones.

En mi propio sistema de clasificación pongo al humor como opuesto de lo cómico dentro del marco general de lo que en un momento llamé lo irrisorio. Al aplicar el artículo neutro al adjetivo de “todo lo que causa risa” pero también “lo insignificante por pequeño” me parecía encontrar una noción útil para describir aquellos discursos que establecen alguna clase de desvío, deliberado y consciente, respecto de lo que se considera serio en un determinado momento social. Otro investigadores utilizan las categorías de lo risible, lo reidero o simplemente la risa, para dar cuenta de lo mismo. Pero a mí me gustaba la palabra irrisorio porque no disimulaba, justamente, su carácter peyorativo. En varias oportunidades, sin embargo, fui criticado por eso y decidí que en este caso la discusión terminológica no valía la pena. Hace dos años, sin embargo, Ana B. Flores, fundadora del mítico Grupo de Estudios sobre el Humor de la Universidad de Córdoba me dijo que acaso reconsiderar el conjunto de los discursos cómicos y humorísticos dentro del campo común de lo irrisorio sería una buena forma de explicar el rechazo que impide a muchos investigadores del campo de los Estudios Literarios leer como humorísticos los procedimientos de ciertos escritores de renombre. El humor sigue teniendo una connotación negativa aún en los cenáculos intelectuales más progresistas. La semana pasada leí con estupor y no sin cierta gracia que el uso de la imagen de un murciélago en la tapa del libro que compila buena parte de los textos que he discutido más arriba había desatado una polémica. Incluso el título, Sopa de Wuhan, había sido tildado de inadecuado y racista. A nadie se le ocurrió pensar que era un. Y vuelvo entonces sobre lo irrisorio. Hay algo de insignificante en el humor. Esa clase de insignificancia que puede poner al mundo patas para arriba.

Cuenta la leyenda que la muerte de Homero, el poeta griego, acaeció en la isla de Ios una mañana cuando al preguntarle a dos pescadores si habían recogido algo le respondieron: “lo que pescamos, lo dejamos; lo que no pescamos, nos lo llevamos”. Los pescadores se referían a sus piojos. Pero Homero no pudo resolver el enigma, y murió entonces de tristeza. El mayor poeta de la antigüedad, aquél cuya obra se tenía por la cumbre indiscutible de la excelencia humana, fue vencido por unos piojos. Del mismo modo, políticos, filósofos, artistas, economistas, escritores, periodistas, sucumben ante el más insignificante de los flagelos. Las estructuras del pensamiento más profundo no estaban preparadas para dar cuenta de algo tan trivial. Solo el humor supo hacerlo. Solo el humor puede gritarnos la verdad a la cara y dejarnos en el suelo, temblando de risa. No por nada Wittgenstein llegó a opinar que se podía escribir un libro filosófico enteramente compuesto de chistes. Sobre lo que no se puede hablar, siempre está bien callar. Pero puede uno también reírse al respecto.

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