Imagen: “Más grande que la vida” de Ai Weiwei

 

Vivimos un acontecimiento único a nivel global. La redondez de la tierra ha demostrado, para preocupación de los terraplanistas, su capacidad para chorrear a toda velocidad las noticias. Y también la enfermedad. Nunca pasó algo similar y por ello las condiciones actuales son demasiado fluidas para ponernos en el rol de pitonisas, como propone Silvio Waisbord. Alimentamos paranoias, insuflamos fantasías conspirativas y consumimos youtube entre las reuniones virtuales que agendamos. Mientras tanto el paisaje se desdibuja, pero no podemos dejar pasar esta oportunidad para reflexionar sobre el impacto cultural de la pandemia de COVID19.

 

1. La mundialización de Renato Ortiz, o la globalización y su penetración que tanto desveló a Néstor García Canclini acercaron los continentes y Oriente, que no es más lejano, estornuda y algo se rompe. Pequeñas gotas de saliva mundial pulverizan una especie de insecticida para aviones comerciales y medio planeta se queda en casa.

Este horizonte sin precedentes, tantas veces dicho, pero tan pocas veces usado como trípode del catalejo intelectual, fermenta sobre el teclado de los predicadores del apocalipsis. No es un asunto menor. Sus ideas viajan por wasap, en el carril de alta velocidad y por esas autopistas de la información circulan haciéndole cambio de luces a las clases de zumba. Ahí van, como bólidos, fakenius y teorías médicas, llamadas perdidas y personas cantando delante de su celular.

Lo que más rápidamente se ha internacionalizado es un miedo equipado con motor alimentado mediante el combustible de las noticias voladoras. Ese combustible llega en grupos, perfiles y medios alertando que la mal llamada Gripe Española, autora de 50 -y tal vez más- millones de muertes es un ejemplo a seguir. Un antecedente inoportuno que, por cierto, afectó a Edvard Munch y mató a Klimt.

Eso fue hace cien años. Ahora el mundo se mueve más rápido y describe un recorrido para esta crisis sin antecedentes que se apresta a estrellarse contra lo cultural. 

 

2. Aparecen tres variables que, lejos de las presunciones, nos van a atravesar como generación puesto que presenciamos, atónitos, como el camino conduce a la prohibición de las actividades vivas; la desertificación de los bolsillos; y el advenimiento repentino de pensamientos totalitaristas.  

Efectivamente la cultura viva está prohibida. Paulatinamente se nos invita a fracciones de nuestros trabajos cuestión que el aparato productivo no se detenga. Eso sí: del trabajo a casa y de casa al trabajo. El ejercicio de la creatividad, la música, el teatro o el cine son experiencias que deberán ser particulares. Privadas y -como esta palabra lo indica- exentas de compartir con otros humanos analógicos, por contraste con los humanos digitales.

La mediación tecnológica es una imposición que engrosa el tráfico de los servicios de teleconsumo, y en todo caso, se mendigará un like. La vida, al menos momentáneamente, es la responsabilidad de hacer rodar la rueda productiva sin nada de cafés. Los recitales, las salas, y hasta las visitas a exposiciones deberán ser ofrecidas y vividas de forma no vívida.

Guitarras, teclados y las voces de las vocalistas nos llegarán en auriculares con velocidad cancina, similar a una canción de Tom Waits.

Hasta la comunicación será un trámite informático dispuesto por los traficantes de sentidos sintéticos. En nombre de la salud, madre indiscutible de todo lo que hay que hacer -y claro que haremos- la ninfa que inspiró los coros de Cat Stevens vive en un mundo salvaje cuya guitarra se pierde en preocupaciones que desconocemos. ¿Qué pasa allá afuera que no podemos conocer juntos? ¿Es verdad que el aire es más puro? Acá sólo sabemos lo que nos cuentan las pantallas. 

Menos poéticamente, la industria de los espectáculos -con sus grandes bailes de cuartetos y esas pequeñas funciones en encantadoras salas de teatro independiente- apagan la luz que pronto no podrán pagar y oscurecen a miles de personas que no brillan por dentro. Ni tampoco laburan.

Boleteras, actrices, plomos, managers, escenógrafos, acomodadores, productoras, escenógrafas, se diluyen junto a vestuaristas y un millar de profesiones mágicas pero reales que aparcan al costado de la ruta. 

Si pasó desapercibido lo repetimos puesto que lo entendemos pero no lo comprendemos: la cultura viva está prohibida.  

 

3. Habrá un día después. En eso se basan todas nuestras esperanzas. Vamos triunfantes a reclamar lo que es nuestro: la parte de la vida que vale la pena. Vamos a volver a organizar asados, a cantar y a abrazarnos de música. Lo preocupante es un telón de fondo pintado con el pincel de una crisis socioeconómica de características épicas. La grafología del día después tiene letra temblorosa y las multitudes de Negri tendrán dificultades para hacer de la cultura un derecho. Justo ese que es tan frágil.

El arte, la prosperidad perdida y la alienación ganada se dirigen a toda velocidad hacia un atasco que pondrá en jaque a Mc Mullen. Y a muchos de nosotros. 

Sin dudas la creatividad actual describirá una curva sin precedentes con ensayos, películas e inclusive pinturas sobre la gran pandemia de 2020, pero las condiciones de producción y sus posibilidades de acceso son cada vez más sombrías.

 

4. Una buena noticia es el advenimiento de pensamientos totalitaristas. Habrá, como en las grandes encrucijadas de los caminos, mesías reduccionistas con ánimo de aplastar ideas. La cultura, una vez más, saldrá a dar esa batalla contra xenófobos y adventistas del único modelo de pensamiento. Edgar Morin publicó hace poco su preocupación en este estado de emergencia: “(…) la interdependencia entre los países, en lugar de favorecer un real progreso en la conciencia y en la comprensión de los pueblos, ha desatado formas de egoísmo y de ultranacionalismo. El virus ha desenmascarado esta ausencia de una auténtica conciencia planetaria de la humanidad”.

Una muerte en pandemia, a título de ejemplo, cumple un protocolo escrito por Ray Bradbury cuando los seres queridos, son entregados al Estado porque se sienten mal. Este, como un altoparlante imaginario informa de manera telemática la recuperación o eventualmente la desaparición de la persona. La administración industrializada y ascética de la extinción gestiona personas en nombre la ley. Ese misterio esmerilado que deja inconclusa una parte estructural de la vida, casualmente el desenlace, representa sólo un ejemplo de la pérdida del humanismo que hemos de recuperar mañana.

Nos recuerda Cristian Palacios en una nota reciente editada por RGC que en La Peste, de Camus, unas autoridades despóticas lidian contra la epidemia en un escenario de gran desigualdad. El autor de la columna nos invita tomar la enseñanza de algo prohibido, las artes escénicas para enfrentar el fantasma sin ser ingenuos, sobreponerse a la idea de que no hay sentidos predeterminados, más que el que vamos construyendo por el camino.

Mi esposa está haciendo pan para los chicos. En su sencillez es demasiado hermoso para no ser real, para no esconder la promesa de un futuro esquivo pero posible. 

Un futuro que nos pertenezca, nuestro.-

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