Transitamos la vida, muchas veces, sin darnos cuenta del peso específico de las palabras, de su poder y valor. Es así, que actualmente la frase que se ha repetido tal vez con mayor frecuencia en los medios, en las redes, en las charlas online es “distanciamiento social”, cuando tal vez deberíamos decir “distanciamiento físico”. Como podremos observar no es este, obviamente, el único caso en que las palabras se utilizan livianamente sin pensar en lo que pueden repercutir a largo plazo en la vida diaria de una comunidad. Y es aquí, en estas ocasiones, donde tenemos la responsabilidad de prestar atención a la emisión que realizamos porque como bien expresa Bajtín es posible considerar “el lenguaje como una red de protagonistas donde los personajes se disputan la legitimidad de las palabras que se reivindican como razón o identidad” (Voloshinov, 1992: 14)[1]. Dejar a la deriva una expresión tan potente podría contribuir al juego, por ejemplo, de un capitalismo feroz, siempre pidiendo individuos aislados, egoístas, dispuestos a salvarse en soledad en lugar de contribuir al bien común.

En estos tiempos de virus mortales que nos mantienen apartados de los espacios comunitarios, lo único que no debemos hacer es aislarnos socialmente, lo que no contradice el necesario distanciamiento físico. Mantener los lazos sociales existentes, construir nuevos, fortalecer identidades y comunicarnos son las únicas armas que tenemos como seres humanos, neófitos en una lucha tan desigual, frente a un enemigo que por invisible posiblemente resulte más peligroso. Y cuando me refiero a esta intangibilidad no sólo lo hago en relación a su aspecto biomédico, sino que considero que además se infiltra de alguna manera en nuestras cabezas, en la forma en que pensamos la vida, generando un miedo que se puede transformar en efectivamente aislamiento social.

Ocupar y preocupar nuestra mente tratando de descubrir cuál es la solución a tan complicado asunto nos desvía de lo que realmente está al alcance de nuestras manos, por eso dejemos a los científicos especializados la búsqueda de tan necesaria cura o mejor aún el hallazgo de la vacuna que evite nuevos enfermos.

Nuestro espacio de acción, como habitantes de las ciencias sociales, está precisamente en el mientras tanto, en donde nosotros: gestores culturales, sociólogos, antropólogos, semiólogos, etc., debemos centrarnos para provocar y producir la reflexión. Las relaciones interpersonales son nuestro métier y no los descubrimientos médicos. Ese vacío, ese impasse en la vida que nos tiene acongojados y maltrechos, es el espacio “virtual” que nos debe ocupar y preocupar.

Muchas veces, lo que no queremos hacer con una acción explícita está presente en las palabras que usamos como si no dependiera de nosotros lo que finalmente transmitimos. He aquí lo importante: ¿dónde acentuamos las palabras?, y no estoy hablando de un acento ortográfico desde ya. Hablo del sentido que le damos a lo que decimos. Y nuevamente Bajtín nos ofrece pistas al respecto “Este carácter multiacentuado del signo ideológico es su aspecto más importante. En realidad, es tan sólo gracias a este cruce de acentos que el signo permanece vivo, móvil y capaz de evolucionar” (Voloshinov 1992: 49)[2]. Dejar que el signo se maneje “independiente” sin darle un carácter preciso, tal vez nos haga caer en una trampa como sociedad de la que será difícil salir.

Podría buscar varios ejemplos de cómo las palabras, en cierta forma cambian nuestra percepción del mundo. Algunas como “todos y todas”, o hace algunos años, “presidenta”. ¿Gramaticalmente necesarias? No. Pero socialmente no cabe duda que tuvieron alguna incidencia. Lo cierto es que de algún modo esas y otras palabras fueron modificando la forma de comprender lo que nos rodea e incluso la autopercepción de algunas mujeres. ¿Quiere decir que esto hizo que se dieran posteriormente, por ejemplo, las marchas? No, no es lo que estoy diciendo porque los movimientos feministas existen desde mucho tiempo antes. Lo que quiero resaltar es que las disputas por los significados muchas veces también se dan a nivel del lenguaje y es el lenguaje el que puede cambiar estructuras mentales de las comunidades. Es ahí donde se produce una disputa con lo hegemónico, con lo establecido. Siguiendo esta misma línea de razonamiento podemos hablar del lenguaje inclusivo. Sin ser un lenguaje que hablen todos, todas y todes, es una nueva forma de disputa que vino para quedarse, aun existiendo un sector social que lo rechace.

Como estos podemos encontrar muchísimos ejemplos en donde queda claro el poder del lenguaje, y en donde nos “alegra” que este sirva para romper ciertas barreras, que contribuya a visibilizar situaciones y se dé una lucha en contra de estructuras dominantes, pero no necesariamente en todos los casos tiene un efecto tan revolucionario y positivo para los oprimidos.

Lo cierto es que también puede utilizarse con un sentido totalmente contrario, sirviendo de soporte al poder hegemónico. Para aclarar este aspecto podemos destacar lo fácil que se incorporó socialmente un término como consumidor, vocablo netamente capitalista. Se desparramó de forma incontenible por múltiples ámbitos. Tal es que hablamos, por ejemplo, de consumidores en relación a la cultura. Acaso ¿la cultura se consume?, ¿es algo finito que se acaba? ¿un libro es sólo un objeto, o debemos pensar en su contenido, eso que lo trasciende y que permanece en el lector? Una obra de teatro ¿se termina cuando el telón cae o ahí empieza otro aspecto de ella que incluye la reflexión? Tal vez, deberíamos afirmar que la cultura se disfruta si es arte, se vive si es comunitaria, se piensa, se comparte, se crea, entre tantas otras cuestiones que podemos enumerar.

Sin embargo, “el consumidor” se infiltra por infinitos resquicios, nos acosa y nos obliga a serlo. Ciudadanos y consumidores ya planteaba García Canclini por el año 1995[3], pero lo que resulta abrumador es que el término aparezca en la Constitución Nacional Argentina desde el 1994[4], quizá pasando inadvertido para muchos. Está ahí presente, “democráticamente”, sin posibilidad de discusión, instalándose de manera para nada inocente, obligándonos a formar parte de las filas capitalistas, lo queramos o no.

¿Acaso no somos más ciudadanos? ¿Los derechos de los consumidores opacaran tal vez nuestros derechos como tales? Da miedo sólo pensarlo…

Es por esto que, en estos tiempos de cuarentena obligada, de cuidarnos comunitariamente, lo importante es no distanciarnos socialmente, sino sólo y únicamente de manera física. Dejemos los besos, abrazos y mates para tiempos mejores, pero estrechemos los lazos solidarios, consolidémonos socialmente, construyamos redes que más adelante, cuando sea posible, podamos asentar en los distintos territorios. Pensemos seriamente que distanciándonos socialmente no lograremos sobrevivir a la pandemia como comunidad. Si se desarticulan los lazos sociales el ganador será el individualismo, en un mundo donde el lema es “sálvese quien pueda”, en donde el consumidor tiene su lugar, pero no el ciudadano. Usemos las palabras más que nunca y carguémoslas de significado. Pugnemos para que tengan el peso que realmente queremos que tengan. Los medios llenan todos los días la pantalla de palabras “vacías”, “repetidas”, que enferman y aíslan. Qué es lo que realmente nos brindan, ¿información?, si tal vez, pero con una descripción pormenorizada que se repite hasta el cansancio, de día y de noche, llena de fríos números de enfermos y muertos, de un mundo sin salida aparente. Estadísticas necesarias como marco pero que deben ser sólo eso, el parámetro que nos ubica en la realidad, no el contenido que nos define. Es por esto que está en todos nosotros el rescatar el lenguaje como un camino esperanzador y cargarlo de significado útil para los que sufren, para los que se sienten solos y desamparados. Es decir, una salida en conjunto, en donde el individualismo no haga pie, en donde se encuentre fuera de lugar. Consolidemos un discurso que sea el resultado de una construcción colectiva que se haga poderosa en la solidaridad. Dejemos de lado aquello que no está a nuestro alcance modificar, pero unámonos en eso que es patrimonio de todos, todas y todes: las palabras. Construyamos el relato y no nos dejemos simplemente narrar. Los cambios se logran en una lucha permanente y mano a mano con el poder, pero nunca en soledad.


[1] El texto se publicó en la Rusia soviética en 1929 bajo la autoría de Valentin Nikólaevich Voloshinov pero hoy se lo reconoce como de Mijail Bajtin o como una transmisión por parte de Voloshinov, su discípulo, de las ideas de este pensador. Voloshinov, V. (1992) El marxismo y la filosofía del lenguaje (Los principales problemas del método sociológico en la ciencia del lenguaje) Madrid, Argentina: Alianza Editorial S.A.

[2] Voloshinov, V. (1992) El marxismo y la filosofía del lenguaje (Los principales problemas del método sociológico en la ciencia del lenguaje) Madrid, Argentina: Alianza Editorial S.A.

[3] García Canclini, N. (1995) Consumidores y ciudadanos. Conflictos multiculturales de la globalización. México, México: Editorial Grijalbo.

[4]Se incorporó durante la Asamblea Constituyente de año 1994 en el artículo 42 que aparece en la sección de Nuevos derecho y garantías. Lewcowicz, I. (2006) Del ciudadano al consumidor. La migración del soberano. En Pensar sin Estado. La subjetividad en la era de la fluidez (Pp. 19-39). Buenos Aires, Argentina: Paidós.

 

Foto: Roxana Valeria García. Captura realizada en agosto de 2018, en Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

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