Paralelamente al trabajo de científicos y epidemiólogos para encontrar una vacuna que termine con el coronavirus, el confinamiento mundial agitó los teclados, agendas y proyectos en pos de pensar los horizontes posibles y deseables una vez terminada la pandemia. El futuro nos envuelve con una incertidumbre que no solo nos llena de esperanzas por un cambio mundial mejor en términos sociales y climáticos, sino que también nos asusta con nuevas catástrofes y realidades distópicas o nos inquieta pensando que todo volverá a ser como era antes.

Pero ¿qué pasa puertas adentro, en el cotidiano más íntimo?

Tomando como punto de partida mi lugar de enunciación de mujer blanca en un mundo todavía patriarcal, de clase media, profesora universitaria, investigadora, madre de dos hijas muy pequeñas, se me ocurre pensar que ese nosotros (todavía con o) del que formo parte está inmerso en un cotidiano permanente, en un día a día que se repite y que va acumulando los hábitos uno encima del otro, aunque sin dejar de ser uno diferente del otro. Rodeada de juguetes, de diálogos imaginarios con muñecos, juegos de rol donde a veces soy bebé, otras soy el lobo, montañas de platos, de ropa sucia o limpia por colgar, de compras del supermercado por desinfectar, de pendientes del trabajo por resolver, de cuentas por pagar. Ruidos de agua corriendo, de aspiradora funcionando, de teléfono sonando, de microondas calentando. Gritos, llantos, tele de fondo, silencios, diálogos. Todo puertas adentro. Y, mientras tanto, el calendario avanza.

¿Cabe hablar de futuro en esta forma de vida? Yo diría más bien que estamos viviendo en un presente que no le da lugar al futuro. Y tampoco sé si cabe hablar de presente, sino de una interioridad llena de instantes intangibles a primera vista y que están por detrás del pensamiento en una dimensión, todavía, del intentar entender. Sería, al decir de Clarice Lispector, un instante-ya, tan difícil de definir porque está en algo así como en una cuarta dimensión, se trata de lo desconocido de los instantes siempre iguales. Pero no igualitarios. Porque esta coyuntura de pandemia mundial puso sobre la mesa que no todos tienen derecho a dimensionar sus instantes y que para esos no todos los instantes se vuelven urgencias que gritan racismos, que gritan abandonos y que delatan que las muertes que están sucediendo no solo son tragedias, sino también asesinatos y que el futuro hace rato que es impensable.

Las preguntas que surgen, entonces, son ¿Qué responsabilidad nos cabe a quienes nos dedicamos a la investigación básica en estos momentos? ¿Qué debemos gestionar de estos instantes en función de pensar nuestro cotidiano no solo como repetición sino como momentos de creación y agencia? ¿Qué posición debemos tomar respecto de las urgencias que anulan el derecho a los instantes?

En estos días estuve leyendo una poeta brasileña contemporánea que se llama Marília Garcia y en uno de sus poemas de su libro Parque de las ruinas recordaba un término de Georges Perec: lo infraordinario. Dice Marília:

“lo que pasa todos los días y que se repite todos los días”
lo banal lo cotidiano lo obvio lo común lo ordinario
lo infraordinario
el ruido de fondo el hábito
– ¿cómo captar todas estas cosas?
¿cómo abordar y describir aquello que de hecho
llena nuestra vida?

Me parece que este fragmento define muy bien lo que, creo yo, nos cabe como intelectuales en esta coyuntura de encierro. ¿Qué tanto podemos pensar en el futuro en estas circunstancias que no dejan de ser privilegiadas? ¿Y qué nos queda del presente? Más que pensar en el futuro o en el presente, creo que hoy nos veríamos obligados a pensar, más bien, en el todos los días, pensar estas nuevas coordenadas de representación de nuestros hábitos a través de lo infraordinario entendiendo este tipo de reflexiones como políticas en el sentido rancieriano de elaboración de una sensibilidad de lo anónimo, de lo aún no nombrado. Paradójicamente, en estos tiempos donde la regla es el distanciamiento, la salida estaría más bien en una mirada con lupa sobre la potencia de nuestro cotidiano. Y, como contraparte, en asumir la desigualdad de estas reflexiones, tomando en cuenta que hay otro tipo de anonimato, el de los grupos sociales históricamente marginalizados y abandonados, asfixiados (literalmente) más que nunca en esta coyuntura, que no tiene derecho a esta repetición y que nos obligan a replicar no solo el “ruido de fondo del hábito” sino también las consignas de las protestas que estas violencias reavivan.

Referencias:

Lispector, Clarice, Agua Viva, Buenos Aires, Cuenco del Plata, 2010 [traducción: Florencia Garramuño]

Garcia, Marília, Parque de las ruinas, Buenos Aires, Mandacaru, 2020 [traducción: Diana Klinger y Florencia Garramuño]

1 comentario
  1. Maria do Rosário Alves Pereira Dice:

    Muito bom, minha amiga! Ótima reflexão! Que possamos encontrar alguma conexão nesse cotidiano tumultuado!

    Responder

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