Presentar a Francisco Tete Romero es un placer. Pero también me enfrenta a un interesante desafío intelectual que comparto con Uds. por el básico principio ético de hacer explícito el lugar desde el que hablo.

En el caso de quien nos acompaña me comprenden las generales de la ley, esto es, me une una relación de amistad que es insoslayable a cuanto pueda decir esta noche.

De todas formas, esta no será una presentación afectiva. Y no lo será porque esta amistad no se construyó desde un origen emotivo, que quizás hoy sí la tenga. Más bien surgió y se consolidó a partir del reconocimiento mutuo de estar inmersos en una misma búsqueda. El afecto por Tete es hacia su persona, obvio, pero es hacia esa persona en tanto con su búsqueda nos ayuda a pensar, a repensar, a resignificar, a reinterpretarnos y a imaginarnos de formas diversas y novedosas.

Tete fluye desde sus palabras y sus reflexiones. Esa procura por el conocimiento es lo que lo hace querible a este sujeto. Y allí el desafío del que hablaba al comienzo: siento una profunda admiración por Tete y su trabajo intelectual. Se trata de uno de los pensadores contemporáneos más importantes del NEA y uno de los exponentes más sólidos del pensamiento nacional, popular y provinciano del que, muy modestamente, también me siento parte.

Entonces, desde la amistad y la admiración es que voy a esbozar algunas reflexiones sobre Culturicidio (p. 29):

Estos tomos encierran dos dimensiones nodales sobre nuestro país. Por un lado, reflejan y describen hasta la angustia los mecanismos invisibles de la pedagogía de la colonización y la dominación. La finalidad de conquistar la subjetividad del pueblo argentino, de empujarlo al culturicidio, fue la de borrarle su memoria colectiva y formatear sus recuerdos socio-culturales bajo un marco de sentidos extraño e incoherente.

Esta operación ideológica, en la que la educación superior ha sido, como nos muestra Tete, una herramienta clave, no tuvo por finalidad homogeneizar a la sociedad en torno a una imagen o una identidad propia de los sectores dominantes, pero ajena al resto de la población y las regiones del país. El objetivo fue más profundo que eso, el culturicidio implicó borrar el ser argentino. La Argentina es el país del NO ser. No somos el granero del mundo, no somos la Europa americana, no somos Australia, no somos nada. No tenemos Ser. Somos un país de mierda.

La otra dimensión que destaco de esta obra es la persistencia, en el imaginario socio-cultural del pueblo argentino, de un horizonte de ideales, realizaciones, proyectos y utopías que regresan de tanto en tanto para dotar de nuevos sentidos a las esperanzas colectivas. El segundo tomo da cuenta de este fenómeno recurrente de nuestra historia. El kirchnerismo como expresividad política se puede analizar según criterios diversos y valorar desde marcos ético-históricos disímiles, pero creo que todos vamos a coincidir en que esta fuerza tuvo (y tiene) una propensión por liberar batallas culturales de onda intensidad. Así lo entiende y analiza Tete en cuatro de los capítulos del tomo 2, específicamente dedicados al repaso de estas batallas.

Batallas que, destaquemos, el propio Tete libró junto a Ricardo Forster desde la primera línea de combate a la que la presidenta Cristina Fernández los lanzó al designarlos para crear, organizar y proyectar la Secretaría del Pensamiento Nacional en el marco del Ministerio de Cultura dirigido por la entrañable Teresa Parodi. Fui testigo del trabajo realizado por Ricardo y Tete para propiciar espacios de debate y discusión en donde las voces regionales, provinciales, locales, históricamente subalterizadas y soslayadas, tuvieran sentido en tanto manifestación, difusión y amplificación. La Secretaría del Pensamiento Nacional, el Instituto Dorrego, los Foros del Pensamiento Nacional, Paka-Paka, Encuentro y tantas otras experiencias culturales desarrolladas durante los gobiernos de Néstor y Cristina fueron espacios desde los cuales se dio la batalla cultural. Una vez más, nos recuerda Tete, ni los errores cometidos ni las falencias burocráticas invalidan el sentido profundo que tuvo, para la sociedad argentina, librar esas batallas.

A modo de síntesis, entiendo que el tomo 1 refleja el derrumbe, que creímos definitivo, del imaginario construido en torno al proyecto liberal-oligárquico de la generación del 80, cuyas bases crujen en el centenario, pero al que la elite hegemónica pudo perpetuar bajo el peso de la fuerza bruta, el fraude y las dictaduras. Ese ser nacional constituido a imagen y semejanza de una minúscula y parasitaria clase dominante se esfumó con la crisis social del 2001: la Argentina ya no era lo que nos habían dicho que era y, más profundo, aparece la certeza popular de que nuestro país, en realidad, nunca fue eso que nos habían dicho que había sido.

En Culturicidio 1 se reconstruye la trama del derrumbe a partir de la Noche de los Bastones Largos. Los rostros ensangrentados de científicos y académicos universitarios durante la dictadura de Onganía son la imagen doliente de “la aniquilación intencional de las creaciones, objetos y valores culturales de un pueblo”.

La disputa por dominar y desvirtuar las subjetividades culturales encontró en la educación superior a un enemigo, al que el paradigma terrorista de la seguridad nacional terminaría por convertir en blanco para el autoritarismo, la violencia y la colonización de los claustros por parte de la pedagogía de la dominación. Tete recorre la historia de la universidad argentina de la segunda mitad del siglo XX a partir del recorte en 8 imágenes cronológicas, a través de las cuales navegamos desde la brutalidad de las dictaduras hasta la inopia cultural impuesta por el neoliberalismo. El fin de la historia. El culturicidicio de la resignación y lo intrascendente. Las subjetividades moldeadas para no ver lo visible, lo visible de la crisis social, lo visible de la pobreza, lo visible de la tilinguería, lo visible de un país carente del ser y al borde del derrumbe.

Tete es enfático en cuanto a que este culturicidio sería imposible sin un factor desestructurante de las mentalidades y los imaginarios sociales: la cultura del miedo. El autor define al miedo como el huevo de la serpiente del que surgió el culturicidio nacional. El miedo será una sensación generalizada en la Argentina de la segunda mitad del siglo XX, pero solo alcanzará una dimensión abrumadora con el golpe de estado del 24 de marzo de 1976.

Sobre esto Tete propone algo que me parece muy interesante. El miedo no solo como temor a la violencia física, sino el miedo a la incertidumbre, el miedo al desempleo, el miedo a no llegar a fin de mes, el miedo a no poder comprar un remedio, el miedo de no poder alimentar a los hijos, el miedo ante la crisis, ante el dólar, ante el riesgo país, ante las cuotas de la tarjeta… el miedo en tanto contagio colectivo que el poder hegemónico inocula en nuestras subjetividades para dominarnos y paralizarnos. Ya en el cierre del tomo 1 se define al miedo como uno de “los sentidos más profundos de la inseguridad social, verdadera madre de todas las inseguridades”.

Hace un tiempo el por entonces ministro de educación Bullrich, expresó que los argentinos tenían que aprender a vivir en la incertidumbre, o sea, en el miedo a lo que vendrá. Hoy es el drama cotidiano de los 3470 argentinos que caen en la pobreza todos los días desde que asumió Macri. Pero es más dramático que eso. Ya no se trata del miedo ante la incertidumbre, ahora es el miedo que han perdido amplios sectores de la sociedad ante la certeza de lo inalcanzable que resulta para ellos y sus vidas el horizonte del ascenso social y la mejora en la calidad de vida. La meritocracia no se aplica en ellos, tampoco el privilegio de la herencia ni la impunidad de los mafiosos.

La batalla contra el miedo será una de las luchas principales del kirchnerismo, fenómeno transversal en los cuatro capítulos en que se analizan estos combates. El primer miedo a batir fue el que impedía poner en cuestionamiento a la propia subjetividad que el culturicidio había construido. Derrotar la resignación social del NO ser, activar individualidades pusilánimes, superar el imaginario en torno a la disfuncionalidad de las instituciones, en especial rebatir la idea de la impunidad judicial como un problema insalvable, y resignificar el concepto de la política y la participación popular como engranajes para la construcción de poder real, serán los primeros desafíos que afrontará el kirchnerismo.

Tete nos propone una recorrida crítica sobre los últimos 15 años de historia nacional. Como fue dicho, se enfoca en las batallas libradas por el gobierno de Néstor y Cristina. Batallas múltiples, diversas, complejas, innesarias algunas, inevitables otras. Ganadas y perdidas. El autor lo hace desde un enfoque que conjuga lo académico con el ensayo. Por un lado, se fundamenta en datos duros que recoge de fuentes estadísticas diversas y complementarias. Por otro lado, se zambulle en la reflexión crítica de los aciertos y los errores del kircherismo. No elude el debate, más bien lo propone. Es más, Tete se enfoca en esos aciertos y errores para describir la forma subrepticia con que los poderes fácticos ejecutaron una estrategia comunicacional que les permitió recuperar el control sobre las subjetividades que, por momentos, el kirchnerismo pareció haber resignificado.

Si el tomo 1 es la expresión de un derrumbe, Culturicidio 2 describe una reconstrucción. Reconstrucción inconclusa, es cierto. Pero reconstrucción al fin. Culturicidio 2 evidencia que la crisis del 2001 pudo haber derrumbado a una idealización elitista de la Argentina, pero que la hecatombe social no acabó con el horizonte cultural de los argentinos. Las batallas que la sociedad libró del 2004 hasta el 2015 no fueron suficientes para reconfigurar definitivamente el imaginario de la ciudadanía. Las elecciones de aquel año, incluso, podrían interpretarse como la derrota más contundente sufrida por el campo nacional y popular en la historia democrática del país, en especial porque ella tuvo múltiples causas, pero sin lugar a dudas manifestó la derrota dialéctica del relato nacional y popular ante el discurso neoliberal.

Tete define al macrismo en el poder, al que le dedica los tres últimos capítulos, de la siguiente forma (p.238):

En el plano de las mentalidades, el aparato comunicacional del gobierno, asentado en una millonaria pauta publicitaria y en la complicidad y la falta de ética profesional de cientos de colegas periodistas, se mostró avasallante en los primeros años de administración neoliberal. Justicia y medios construyeron una nueva realidad para el consumo masivo de amplias franjas de la sociedad, cuya capacidad para distinguir lo real de lo ficticio los excede, mucho más ante la restauración de la cultura del miedo y la incertidumbre. Si el neoliberalismo de los ’90 dirigió la atención de las masas hacia las pantallas del entretenimiento estridente y vacío de contenido, en la actualidad los medios amplificaron su incidencia socio-cultural. Ya no se trata de adormecer a los ciudadanos, ahora se procura formatear las subjetividades de forma tal que estas naturalicen el relato dominante como una verdad incuestionable.

A diferencia de la tenue esperanza con que Tete cierra su tomo 1, en este caso nos encontramos con otra perspectiva. La reconstrucción de la que venimos dejó cimientos sobre los que proyectar el futuro inmediato. Con la expectativa de un inminente cambio de gobierno, el autor se lanza hacia la elaboración de una propuesta integral para el futuro del país. Desde una nueva Constitución hasta una reforma filosófica del sistema educativo en todos sus niveles, Tete entiende que la nueva Argentina deberá surgir de un “horizonte esperanzador de futuro”, el que se debe construir en base a la empatía y al aprendizaje que dejaron las derrotas.

El culturicidio es un proceso de aniquilamiento cultural de vieja data en la Argentina. Pienso en Sarmiento y su civilización y barbarie. Más atrás recuerdo a Mitre anatematizando a José Artigas como un ser anárquico y antinacional, por lo tanto, ajeno a la nación argentina y a los intereses de los historiadores argentinos. En esas dos palabras Mitre condenó a Artigas a ser el héroe de un país que ni siquiera existía en los tiempos de los Pueblos Libres. Del mismo modo condenó al olvido a nuestro Andresito, en definitiva, tan anárquico y antinacional como su padre adoptivo. Y así con tantos otros personajes y colectivos sociales que la historia de los relatos dominantes ha sepultado bajo el peso del monopolio de la comunicación y el aparato educativo.

El culturicidio sustenta la visión decadentista de la Argentina, como si un sino perverso se hubiera apoderado de nuestro destino para condenarnos al fracaso, una y otra vez. Lo que Tete nos demuestra con estos libros es que no existe tal destino de derrota para los argentinos. Que esa imagen decadente no es más que una construcción ficticia que han impregnado en nuestra subjetividad para convencernos de que no vale la pena luchar, rebelarse, movilizarse, organizarse, manifestarse, porque en definitiva el resultado siempre será el mismo: la derrota y el fracaso del ser nacional. Con el miedo nos paralizaron y con la naturalización del sentido de derrota nos condenan a la inacción.

Culturicidio nos ayuda a entender, finalmente, que no es la barbarie, ni los cabecitas negras, ni los pueblos originarios, ni los inmigrantes, ni los vagos, ni los choriplaneros, ni la grasa militante, ni los 70 años de peronismo los causantes del drama nacional. Culturicidio nos remarca que es exactamente lo contrario. Es la negación sistemática de los sujetos colectivos que conforman la realidad socio-histórica argentina, el motivo real de las dificultades del país para sostener una senda de desarrollo con inclusión social que materialice, en el cotidiano de los ciudadanos, ese horizonte de realizaciones al que siempre estamos volviendo. Como vamos a volver el 11 de agosto y como vamos a volver en octubre para dar nuevas batallas culturales.

Tete, amigo, admirado amigo, muchas gracias por estos libros. Muchas gracias por impulsarnos a pensar, por lanzarnos en la búsqueda del conocimiento. El saber nos hace libres y, como dijo Artigas, Seamos libres y seremos felices, porque la única forma que tenemos para derrotar al sistema, es siendo felices. Muchas felicidades para todes.

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