Hace ya casi dos décadas Jorge Zuzulich me decía “lo que hace falta en la gestión cultural es una revista”, por entonces para mi pensar en cómo hacer una revista no era muy diferente de pensar en cómo hacer una nave espacial; así las cosas, sus palabras se perdieron entre tantas conversaciones que giraban en torno al campo profesional y que por entonces manteníamos casi a diario.

Siempre sostuve, y sostengo, que una idea no es un proyecto, que entre uno y otro media una distancia conceptual y metodológica; y en nuestro caso temporal, porque deben de haber pasado unos dos años entre aquel momento y una tarde en que caminando como león enjaulado de una habitación a la otra idee las secciones que tendría, su periodicidad, el formato, quienes podrían acompañarnos, sus destinatarios y cómo sería la distribución y, lo que todos sabemos crítico, cómo materializarla. Tomaba forma el proyecto.

Así las cosas en octubre de 2003 tuvimos nuestro primer número de Revista Gestión Cultural. Le siguieron otros tres, un impase de unos años y una reaparición renovada, esta vez impulsada por Emiliano Fuentes Firmani, con dos números más. Como evaluación de aquella etapa vale lo que le respondí, con brutal sinceridad tal vez, a Martín Kaufman, Vice Rector de la Universidad Nacional de Tres de Febrero y principal apoyo del proyecto, cuando me preguntara cómo había andado la Revista, “nos llegan mails con comentarios buenísimos, claro que los que la tiran a la basura sin abrirla no mandan mails…”, le dije. Por suerte y muy saludablemente nos quedamos con aquellos comentarios favorables.

El proyecto revista se fue desvaneciendo, pero su espíritu reencarno en el proyecto de Emiliano Fuentes Firmani y Nico Sticotti de lanzar RGC Libros, de muy festejable evolución hasta la fecha. Pero esa es una historia que no me corresponde a mí contar.

Sí creo es necesaria una periódica revisión del diagnóstico que motorizó en su momento RGC. Para caracterizar la situación que nosotros veíamos por entonces siempre recurro a la misma anécdota, recorríamos los pasillos de las instituciones culturales de Buenos Aires haciendo nuestro auto lobby, hablando con sus directivos y contando que éramos estudiantes de gestión cultural, cuando recibíamos por respuesta “gestión cultural, ¿qué es eso?”, nos dimos cuenta que estábamos jodidos. Puesto en términos más académicos, nos estábamos formando profesionalmente en un campo que no tenía plena autoconciencia de su existencia.

El cuerpo de conceptos, técnicas y metodologías de lo que hoy entendemos por gestión cultural habían desembarcado en nuestro país en los años ’80, en buena medida montado en las valijas de los exiliados que por entonces se repatriaban con la promesa de una democracia duradera. Pero como ya lo decía Gardel “15 años no es nada”, al menos no en la consolidación de un campo profesional, lo cual no implica que no se hiciera gestión cultural, que de hecho se hacía y muy bien.

Así surgía Revista Gestión Cultural, con la vocación de constituirse en un agente de consolidación de ese campo profesional en formación. Con numerosos profesionales ya formados, órganos de difusión, carreras de formación académica, foros de discusión y, por supuesto, RGC Libros, el campo pareciera estar ya construido ¿qué queda entonces para una iniciativa como esta? Probablemente su destrucción… o no.

Lo que considero si dudas pertinentes es una revisión crítica de lo andado, como me decía una vez más Jorge Zuzulich, pero esta vez hace muy poco tiempo, “revisar sus mitos fundacionales”, hacer un paso al costado de la auto reproducción para cuestionarse por la pertinencia, por qué no, de nuestra propia existencia.

Obviamente que entre al auto reproducción acrítica y el dinamitar nuestro campo profesional hay un gran trecho, y es precisamente allí donde creo se hace hoy necesario un proyecto que, como RGC, tenga por objeto poner en circulación ideas y promover espacios de debate, para ratificar o rectificar rumbos, según sea el caso, e incluso para avizorar nuevos horizontes de posibilidades.

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