Quienes tuvimos la posibilidad de tener a Ricardo Santillán Güemes como profesor sabemos que su trabajo docente se caracterizó por motivar a sus estudiantes a nuevas búsquedas, por invadir la academia con otras formas de transmitir y compartir conocimientos y saberes.

 

Su reconocida trayectoria y experiencia, pero sobretodo su forma de ver el mundo, permiten identificarlo como un gran referente e impulsor del campo cultural. Como docente de la Licenciatura en Gestión del Arte y la Cultura de la UNTREF desde su creación y capacitador, Ricardo fue uno de los impulsores de la profesionalización del gestor cultural, aportando además una perspectiva singular y profundamente popular y política.

 

Nos enseñó, entre otras cosas,  que la gestión aparece cuando se toma en cuenta el problema existencial que subyace a la cultura. Que gestionar es mucho más que organizar, es tirar semillas y guiar su crecimiento, es escuchar para poder decir, es acompañar, provocar, animar, reflexionar, activar procesos. Nos enseñó que la creatividad es necesariamente colectiva, es el intento de dilatar las fronteras del campo, crear nuevas narrativas. Santillán promovió además un pensar situado que desde una perspectiva relacional impulse al gestor cultural a la constante exploración y experimentación; a promover el descubrimiento y a no tener miedo a la innovación; a la ruptura y la actualización de nuestros modelos culturales.

 

Muchos de quienes están hoy aquí presentes[1] seguro puedan expresar con mayor precisión los aportes teóricos y metodológicos que nos legó Ricardo en su transitar por este campo. Pero me quiero detener en algo que creo debería ser un imperativo para cualquier construcción de identidad profesional, y que tiene especial importancia para los y las gestores y gestoras culturales. Me refiero al ejercicio ético de pensar una y otra vez desde que modelo de humanidad estamos operando en nuestra práctica profesional. Esto tiene que ver por un lado con reconocernos como catalizadores, como gestores de sentido en un horizonte simbólico compartido (en el sentido kuscheano). Por el otro lado, se trata de asumir las responsabilidades profesionales que tenemos como operadores de sentido dentro de esa matriz. Es decir, enfrentarnos y posicionarnos como gestores y gestoras capaces de habitar las tensiones y con la potencia para la agencia creativa, para la transformación social.  Como dice en alguno de los textos que escribió con Olmos: “Un gestor cultural sin creatividad es menos que un burócrata porque la poesía está llena de mundo pero la gestión cultural también”. A través de sus ojos y  escuchando sus anécdotas, era imposible eludir esa responsabilidad que conlleva ponerse el traje de gestora.

 

El ejercicio constante de búsqueda y proyección que Santillán motivaba en sus clases creo que debe asumirse como compromiso de todos y todas. Porque se trata, en definitiva, de poner el cuerpo y crear siempre. Creo que más que una consigna de clase, este ejercicio debe ser una constante en la construcción de nuestra identidad profesional, preguntarnos siempre desde donde estamos ejerciendo y que queremos construir: asumir la gestión cultural como una forma de acción política, desde una perspectiva situada, en el entramado social y con el compromiso político de imaginar otros mundos posibles.

 

[1] Este texto fue leído en el homenaje a Ricardo Santillán Güemes realizado el 24 de octubre de 2019 en la UNTREF

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