Se suele concebir a la participación como un valor, un aspecto positivo y necesario en los proyectos y acciones socioculturales. Sin embargo, podemos afirmar que no en todos los proyectos nombrados como participativos se generan procesos de transformación que incidan significativamente en las condiciones de desigualdad, exclusión y violencia. Si bien hay muchas formas de concebir la participación, podemos decir en términos generales que hace referencia a procesos que promueven una mejora en distintos aspectos de las condiciones de vida de las personas en forma activa, lo que significa que éstas sean, tengan y/o tomen “parte”, siendo protagonistas y/o artífices de las modificaciones producidas y no sólo receptoras o beneficiarias. Dado que las prácticas participativas son muy diversas y que por supuesto se presentan condicionamientos, desafíos y límites, han surgido categorizaciones dando cuenta de diferentes grados y tipos de participación. 

Las argentinas Graciela Cardarelli y Mónica Rosenfeld proponen que es preciso exceder los modelos tradicionales que evalúan la participación sólo en función de la cantidad de participantes, grados, situaciones grupales limitadas y fuera de contextos histórico-politicos. En el libro “Las Participaciones de la pobreza. Programas y proyectos sociales”, Cardarelli y Rosenfeld analizan los alcances y limitaciones de la noción de participación, considerando que las orientaciones conceptuales al respecto son opciones teóricas o ideológicas que encuadran el sentido de las intervenciones. Es por eso que proponen que, con el fin de acompañar y fortalecer proyectos participativos, debe contemplarse, entre otros, las relaciones creativas y democráticas, el despliegue de la creatividad y la libertad, y la permanente consideración de las lógicas de acción de los diferentes grupos de población en función de su marco cultural y social.  Para tal fin, las mencionadas autoras presentan las siguientes dimensiones para evaluar los alcances de la participación en los procesos:

  1. Modalidad expresiva de la población-objetivo; 
  2. Grado de institucionalización de la participación. 
  3. Amplitud y escala del impacto participativo; 
  4. Inclusividad de actores relevantes al proyecto; 
  5. Variedad de disciplinas presentes; 
  6. Definición de la población-objetivo

Podemos decir que cada una de estas dimensiones representa un nudo, un analizador de la participación y de las prácticas colectivas en general. Entonces, como proponen las autoras mencionadas, es importante considerar las distintas modalidades expresivas que se promueven, el grado de formalización y presencia social que adquieren las formas asociativas, la cobertura del proceso e incidencia en ámbitos ampliados, el grado en el cual diversos actores pertinentes al proyecto son convocados a participar directa o indirectamente, los aportes de distintos saberes disciplinarios (y podemos agregar también: los conocimientos no estructurados como disciplinas) y finalmente, la forma en la que se define a la población para la cual se conforma el proyecto.  En definitiva, esta propuesta permite dar cuenta del lugar de la otredad en los proyectos desde una mirada crítica e innovadora. 

En otro artículo (Wajnerman, 2012) hemos tomado estas dimensiones para reflexionar sobre la importancia de las prácticas artísticas en procesos participativos. Aquí nos interesa retomar esta visión como propuesta multidimensional para todas las etapas de un proyecto (diagnóstico, planificación, ejecución y evaluación), intentando abarcar éstos en su complejidad y densidad. Para tal fin, compartimos una guía de preguntas, que acompaña el trabajo en diferentes espacios de acción, reflexión y formación: 

1) ¿Qué nombre recibe mi cargo o rol? ¿Cuál es mi función en el proyecto? 

2) a) ¿Quiénes son parte del equipo de trabajo y cómo llamaría a la relación con ellos/as? b) ¿qué formación/experiencias/conocimientos tienen quienes integran dicho equipo o grupo (incluyendo las mías)? c) ¿Cómo es la vinculación que establezco con ellos? (Al menos 3 características). 

3) a) ¿Con quienes me relaciono a partir del proyecto, además de los del punto 2? b) ¿Con qué otros grupos y actores sociales se vincula el proyecto y de qué manera? 

4) a) ¿Cómo llamo a las personas destinatarias de las acciones? b) ¿Qué nombre reciben dichas personas en la organización a la que pertenezco? c) ¿Cómo me llaman / cómo se dirigen a mí dichas personas? 

5) a) ¿Qué tipo de acciones realizan los destinatarios del proyecto? b) ¿Qué acciones se prevé/se espera que realicen a corto/mediano/largo plazo? 

6) ¿En qué niveles incide el proyecto (individual – grupal – familiar – organizacional – comunitario – redes locales – provincial – nacional – regional)? 

Esta guía sin dudas puede ampliarse y modificarse para ser aplicada en diferentes contextos. Se orienta a operacionalizar aspectos de las dimensiones de la participación que vimos anteriormente considerando tres cuestiones que operan como vías de entrada a esta reflexión como prisma de una micropolítica: 1) la configuración de roles implicados, 2) los usos del lenguaje, y 3) el entramado de articulaciones y redes en los proyectos. Esto implica y supone, por un lado, una visión de los proyectos de acción colectiva en tanto personas que encarnan determinados roles que se conjugan entre sí, estableciéndose relaciones interpersonales en una trama vincular. En estas conformaciones, el poder es constitutivo y una cuestión central, siendo parte de la pulseada entre lo real, lo ideal y lo posible en cada proyecto. En cuanto a los roles, cabe marcar la importancia de observar las formas de llevar a cabo las tareas, pues todo rol existe en pos de una acción que se desarrolla en un escenario. En este sentido, preguntarse sobre y desde los roles, es una vía para abordar la acción colectiva no solamente en tanto lo conductual, sino también cuestionar sobre aspectos corporales, actitudinales y emocionales. Por otra parte, con esta guía buscamos reflexionar sobre los usos del lenguaje, asumiendo que las palabras y los modos de nominación dan cuenta de la configuración participativa de los proyectos, lo cual se encuentra expresado en la propuesta de Cardarelli y Rosenfeld. Por ejemplo, en la pregunta 4.a), no es lo mismo hablar de participantes, clientes, consumidores, público o usuaries, pues cada una de estas palabras supone un modo de concebir la subjetividad implicada en las acciones. Finalmente, a través de la guía se convoca a tener un panorama de las relaciones con otros actores sociales, a través de distintas articulaciones y la generación de redes. En todo caso, se trata de concebir la participación en función de una trama que pueda involucrar a actores sociales diversos, diferentes tipos de vinculación y una mayor complejidad en términos estructurales.   

Referencias bibliográficas: 

Cardarelli, G. y Rosenfeld, M. (2005). Las Participaciones de la pobreza. Programas y proyectos sociales. Buenos Aires: Paidos.

Wajnerman, C. (28 de octubre 2012). ¿Buen vivir o estrategia? Arte y participación en foco. Revista CartoNPiedra N° 054. Periódico El Telégrafo. Quito, Ecuador. Disponible en: https://issuu.com/psicologialatinoamericana/docs/wajnerman__c._-_buen_vivir_o_estrategia._arte_y_pa Pág. 13-16.

 

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