Cuando la abuela Marta supo que había dejado de estudiar la instalada, mentada y sólida Licenciatura en Ciencias Políticas de la UBA para comenzar una innovadora, subversiva y endeble Licenciatura en Producción de Espectáculos en UADE no supo si reír o llorar. En la cocina de su casa, en Rufino, se conjugaban alternadas las dos caras del teatro bregando, cada una, por ganar su seño. Hoy, una década después, sigo explicándole qué hace un productor de espectáculos porque para ella, mujer de pueblo chico e infierno grande, lo que hacemos los que producimos teatro no es algo comprensible. Si uno es actor o músico es claro a qué se dedica, pero si uno produce teatro (y encima no produce grandes figuras sino elencos independientes y autogestionados) la sociedad en general no termina de comprender si uno limpia camarines o lleva gente a ver la obra. De hecho, muchos artistas parecen, al día de hoy, no comprenderlo cabalmente.

Si uno dice que es productor teatral en la cabeza de cualquier persona lo primero que aparece es la figura del arquero al que va dirigida esta pelota. Con un poco de suerte quizá aparezca un Rottemberg o un Blutrach si estamos entre recurrentes espectadores de teatro. Pero lo cierto es que la gente tiende a creer que un productor de teatro es un empresario que pone plata en un proyecto, paga a los artistas (cuando no los deja colgados en mitad de una gira nacional o adeuda honorarios después de una magra temporada en Avenida Corrientes) y se amarroca la ganancia. No obstante, producir es algo más complejo (y ético, por supuesto) que abordar un proyecto escénico desde y para la obtención de rentabilidad económica exclusivamente.

Roland Barthes en un libro ya clásico llamado “lo obvio y lo obtuso” reconoce que en la Grecia antigua para que haya coregia (es decir liturgia, luego devenida en teatro) además de tepsis (figura mítica de la actuación) debió existir un córega que era el encargado de producir la celebración. Ese córega fue el primer productor teatral de la historia. ¡Sí, estimado lector! Nuestra actividad es tan antigua como la misma génesis del teatro occidental, pero a diferencia del actor, el músico o el bailarín, nosotros aún hoy tenemos que explicar de qué se trata nuestra actividad. Darwinianos como somos, a ese córega le sucedió un Lanista (productor de los juegos romanos); los monjes del medioevo (que producían sus autosacramentales); los juglares (artistas autogestionados por excelencia); los productores empíricos (característicos del SXX y gestores del arquetipo con el que todos casamos la idea de productor) y nosotros, los productores profesionales e independientes que somos los que estamos ganando la cancha en los últimos años.

¡Cuidado con el término, estimado lector! Ser profesional no es tener un título académico ni mucho menos. Ser profesional es trabajar con ética, eficiencia y, por sobre todas las cosas, a conciencia. Muchos productores profesionales no tienen título académico y no por eso son menos profesionales, por el contrario, cierran muchos acuerdos apoyados en la palabra de caballeros y lo cumplen. A ustedes, colegas, les estoy marcando la cancha con este libro que próximamente verán salir por la manga de jugadores que se llama RGC Ediciones. Este equipo que conformamos juntos tiene la noble tarea de jugar el partido de la profesionalización, la visibilización y el trabajo sostenido que redundará en el fortalecimiento de nuestro quehacer.

En principio comencemos por llamar a las cosas por su nombre ya que hace años hemos dejado el potrero y la pelota de trapo para jugar en las grandes ligas. Desde que Bawmol y Bowen sacaran su estudio sobre la enfermedad de costos en 1966 y se abriera con ellos la disciplina de la economía cultural, nuestra actividad comenzó un proceso de profesionalización que llega hasta nuestros días. La gestión cultural, disciplina de enfoque de la producción teatral abreva de la economía cultural antes mencionada y la sociología de la cultura, deudora de Bourdieu y Williams, entre otros pensadores. En el medio de ambas se inserta nuestra profesión.

Sin nosotros no habría espectáculo y sin espectáculo, en este mundo capitalista, combativo y despiadado nuestros artistas no podrían contar con el arte como un medio de vida. A este equipo le corresponde atajar la avanzada del contrincante porque nos toca a nosotros garantizar la viabilidad de los proyectos escénicos. ¿Y cómo podemos garantizarla? En principio siendo eficaces y eficientes en nuestra labor. Reconociendo la existencia de un mercado teatral y de una cadena de valor que intervienen activamente en los diseños de producción que llevamos adelante. Nuestro sector genera un valor agregado indiscutible para la economía nacional que es de interés para toda la sociedad. Nuestra actividad impacta positivamente en economías conexas como puede ser la gastronomía, el turismo o el transporte. Por eso quise llamar la atención sobre ciertos conceptos que nos pueden ayudar a trabajar mejor.

El teatro no tiene postproducción, no se distribuye, no se exhibe. No existe el circuito comercial ni puede haber un productor general en una asociación accidental de trabajo (íntimamente conocida como cooperativa de actores). Acá no interviene la mano de Dios. Estos y otros monstruos estilo Hermanos Grimm o los alemanes que nos ganaron el mundial de Italia 90 son combativos con un 4-3-3 que sin ser de antología, da batalla. Porque no se trata de sacar una rentabilidad económica. Si ese fuera nuestro objetivo el arte no sería el sector donde nos conviene desarrollarnos. Al producir enorgullecemos a los Carlos A. Petit, los Julio C. Amadori y los Alejandro Romay que han sabido anteponer en el honor y santificar las deudas en favor de la calidad artística de sus producciones.

Abordar el mercado teatral de nuestra ciudad (Buenos Aires) es analizar las instituciones que lo integran. Así, en la investigación se produce un recorrido histórico y estructural sobre Argentores, Aadet, Actores, Artei y Escena, entre otros, desde la mirada de la producción independiente. Así mismo, se piensa el ciclo de vida útil de una producción desde su origen hasta el encuentro con el público pasando por los modos de producción, los ámbitos de circulación y la gestión de las audiencias. Por su parte, abordar la cadena de valor implica tener una mirada dinámica sobre los procesos para comprender cómo cada actividad, es decir cada eslabón de la cadena, aporta valor a los procesos. Desde este punto de vista, he querido dar cuenta de las implicancias de cada uno sobre el proceso general. Toda esta dinámica está condimentada por un conjunto de entrevistas que los referentes del sector, siempre titulares, jamás en el banco de suplentes, han tenido la cortesía de regalarnos. Se las dejo como anexo para que pueda pispear como fue la previa en los vestuarios.

Espero, estimado lector, que mi gambeteo intelectual no le saque tarjeta amarilla a su lectura y que me alcance en el segundo tiempo. Ahí lo espero para que empecemos a patear los penales y le ganemos el partido a la ignorancia de quienes piensan que por producir teatro no trabajamos ni aportamos valor a nuestra sociedad. Si pasamos a cuartos de finales, entonces estaremos más cerca de la copa.

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