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La crisis climática existe

La crisis climática es un dato central de la realidad contemporánea y, como tal, se articula y entreteje con todos los procesos de la vida social y con todas las demandas colectivas para hacer posible el ejercicio de derechos, entre los cuales están, sin dudas, los derechos culturales.

Comencemos por afirmar que existe una sólida evidencia científica acerca del cambio climático y del papel que juegan las actividades humanas en ese cambio (IPCC, 2023). Más allá de la variabilidad climática observable en la historia del planeta, hay señales alarmantes de una aceleración de procesos de cambio en rasgos tales como el aumento de las temperaturas promedio, el creciente número de eventos extremos tales como sequías e inundaciones, en la repetición más frecuente de eventos de origen natural que se vuelven catástrofes sociales, en la disminución de la biodiversidad, en el aumento de enfermedades y amenazas para la salud, en el incremento de los desplazamientos masivos de refugiados climáticos. Tal como expresa un informe especial de Naciones Unidas, “la emergencia climática sigue constituyendo una amenaza existencial para la vida, los derechos humanos y la cultura” (Bennoune, 2020:3).

El origen antrópico de la aceleración de estos cambios nos remite a una crisis civilizatoria que, como tal, interpela a la Humanidad. De allí el nombre de Antropoceno que se le ha dado al actual período de la historia (social y natural) de la Tierra, frente a la evidencia de la acción humana como una fuerza transformadora a escala geológica y planetaria (Carabajal y otros, 2023). A los cambios climáticos ya señalados, se les añaden la urbanización extendida e incontrolada, el consumo desmedido y desigual de bienes y servicios de la naturaleza, las demandas sin límites de energía y de agua, el avance de la deforestación, entre otros procesos. Como todos estos rasgos están enmarcados por y responden a la lógica del capitalismo es que también se ha utilizado la expresión Capitaloceno para identificar esta era y para vincularla directamente con las formas de organización de la producción, de apropiación del trabajo social y de consumo típicas del capitalismo.

Ninguna de estas denominaciones debería ocultar que, si bien la interpelación es a toda la humanidad, las responsabilidades pueden diferenciarse claramente entre las clases sociales y las sociedades nacionales. Un informe reciente (Oxfam, 2023) aporta algunos datos para dimensionar la responsabilidad diferenciada, al sostener que el 1% más rico de la población mundial generó el 16% de las emisiones de carbono a nivel global, tanto como el 66% más pobre. Esta gigantesca diferencia se debe a sus hábitos de consumo, pero también podría evaluarse por la participación de los más ricos en las empresas que generan una parte central de las emisiones de gases de efecto invernadero. Por otro lado, las tres cuartas partes de las emisiones mundiales proceden de 20 Estados. Estos grupos privilegiados “han puesto en riesgo la vida y la cultura de todas las personas, y quienes apenas han contribuido a crear el problema a menudo se encuentran más expuestos a él” (Bennoune, 2020:5). 

La crisis climática desafía los derechos culturales

Las transformaciones en curso amenazan de diferentes maneras el ejercicio de los derechos culturales. En primer lugar, hay un peligro que se cierne sobre el patrimonio natural-cultural, tanto en lo que respecta a sitios materiales, lugares y monumentos, como si consideramos también el patrimonio intangible, las prácticas culturales y los saberes tradicionales de distintas comunidades. “La emergencia climática influirá en los distintos valores que se atribuyen al patrimonio, incluido su valor intrínseco, turístico y económico, como marca de identidad y vínculo con un lugar, y como ‘reflejo de los conocimientos acumulados’” (Bennoune, 2020:10).

En segundo lugar, la afectación de los medios de vida por el cambio climático tiene implicancias sobre las prácticas culturales y sobre el conjunto de derechos humanos, entre los que se encuentran los derechos culturales. La pérdida de un ambiente habitable pone en riesgo el ejercicio de estos derechos, y si bien parece más evidente en comunidades con una estrecha conexión cultural con la tierra, el mar, los recursos naturales y los ecosistemas, esa afectación incide también sobre quienes tienen a las ciudades como el escenario de su vida cotidiana.

En tercer lugar, la crisis climática y el conjunto de procesos que se concatenan para generar esa crisis, están llevando adelante una profunda transformación de los paisajes culturales. Siempre los paisajes han sido imágenes vivas de la historia y de los rasgos del presente, pero en la actualidad estamos contemplando la virtual desaparición de paisajes culturales ante los cambios en los medios de vida y ante la homogeneización que suponen, por ejemplo, la transformación en gran escala de la producción agropecuaria, la imposición de un único modelo de explotación de minerales e hidrocarburos y la subordinación de la gestión del agua a favor de esos modelos dominantes. De alguna manera, hay una profunda simplificación del mundo que representa una pérdida de diversidad cultural.

La cultura para pensar el futuro de la crisis climática

Invirtiendo la perspectiva, el ejercicio activo de los derechos culturales es una condición básica para repensar la crisis climática. La comprensión de este proceso y la respuesta de la sociedad ante el cambio climático mundial están mediadas por la cultura. De allí que la crisis climática, lejos de ser un problema técnico, sea un problema eminentemente cultural. 

Una primera cuestión, directamente vinculada con esto, es la revisión de las formas de concebir las relaciones entre cultura y naturaleza o sociedad y naturaleza. El paradigma de la modernidad, que las entendía como entidades separadas y asumía derechos de dominio y control está desafiado por la puesta en circulación de filosofías más comprensivas de la complejidad de relaciones que van más allá de lo humano.

Otro aspecto en el que se puede expresar de manera activa este postulado remite, por ejemplo, a una participación pluricultural en los procesos de ordenamiento ambiental del territorio, incorporando miradas diversas sobre los objetivos, las estrategias y los futuros deseados que permitan generar consensos amplios sobre las modalidades del uso y del habitar los territorios (Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible-COFEMA, 2023). La participación de los jóvenes y la inserción transversal de una perspectiva de género representarían cambios culturales significativos para abordar estos procesos.

De particular relevancia es la valorización de distintos tipos de conocimientos y de saberes. Hay toda una batería de herramientas y formas de hacer que están en el acervo de saberes de las comunidades y que son fuente de aprendizajes para todos. Los conocimientos de los ecosistemas están en primer lugar, pero también podrían ser de utilidad los sistemas tradicionales de gestión y vigilancia del territorio y las técnicas tradicionales de construcción y planificación (Bennoune, 2020).

La cultura puede interpelarnos a través del arte, con la potencia que la creación y la imaginación tienen para conmover, reflexionar, tender puentes entre la ciencia y la sociedad e impulsar a la acción. La diversidad de formas de narrar la crisis ambiental también abre la puerta para la narración de alternativas (Ministerio de Ambiente- Ministerio de Cultura, 2023). 

Por último, la crisis climática y los derechos culturales interpelan directamente a las políticas públicas, no entendidas como dispositivos burocráticos de acción, sino como acuerdos generalizados para llevar adelante transformaciones sociales significativas, que aborden los problemas urgentes pensando en transformar el presente e imaginando futuros más justos.

REFERENCIAS

Bennoune, K. (2020). Informe de la Relatora Especial sobre los derechos culturales. Naciones Unidas.

Carabajal, M.I., Scanio, P., Pastorino, N.; Malovrh, N. (2023). Las dimensiones sociales y políticas del Cambio Climático. Aportes para ampliar la imaginación. Revista Espacios de Crítica y Producción, 59, 11-17.

IPCC (2023). Summary for Policymakers. En: Climate Change 2023: Synthesis Report. IPCC, Geneva, Switzerland.

Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible – COFEMA (2023). Estrategia Federal de Ordenamiento Ambiental Territorial de la Argentina. Buenos Aires.

Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible – Ministerio de Cultura (2023). Cultura y cambio climático. Aproximación conceptual y abordaje en el contexto argentino. Buenos Aires.

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