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En el clásico texto de Benjamin sobre la reproducción técnica de la obra de arte se hace alusión al impacto que implica en la cultura moderna la representación teatral frente a la cámara. Si en la sociedad tradicional el vínculo de los sujetos con el arte se produce a partir de un aura, una dimensión trascendente que surge por la contemplación, la presencia del cuerpo, del otro y de la mirada, una instancia cuasi religiosa, en la sociedad moderna la producción cultural vía la cámara, primero con la fotografía y luego con el cine, supone una transformación radical del encuentro con la representación. 

Sabemos que el cine es emergente de la industria cultural, no existe cine sin industria. Seguramente las formas de producción cinematográfica vayan a cambiar a medida que cambien las tecnologías. De todos modos, el cine se constituye como el séptimo arte porque existe la reproducción técnica. A diferencia del resto de las artes, es inherente a la reproducción. Más recientemente, la aparición de las computadoras, internet y el celular implicó un cambio radical en la manera en que se generan relatos a través de la producción, articulación y circulación de imágenes. El resto de las artes pueden existir en varias expresiones y no necesariamente se las produce y piensa bajo la lógica industrial, más allá de que esta haya cambiado en el pasaje del fordismo al posfordismo, situación que también incidió en la producción cinematográfica.

Si la mayoría de las artes pasan por el cedazo de la industria cultural, hay algunas como el teatro, el circo, la ópera y la danza que parecían estar afuera de esa lógica, al menos en la creación. Está demás decir que si bien la música se ve afectada por la reproducción técnica y sus complejidades, se mantiene un espacio aurático en las presentaciones en vivo, conciertos, recitales, etc. Aunque es importante señalar que desde hace tiempo en los recitales de rock suele haber una pantalla en el escenario que reproduce lo que allí está aconteciendo, originalmente la performance de las artes escénicas no tendría ninguna vinculación con la reproducción técnica ni con la realidad virtual.

Con la pandemia y la cuarentena se produjo un antes y un después en la producción cultural que tendió a homogeneizar el mundo de las artes performáticas. Ante la imposibilidad de actuar, cantar y/o generar música en vivo, bailar, hacer circo o producir óperas, los artistas debieron adoptar formas no frecuentes en su práctica cotidiana. De esta manera la tecnología, las redes sociales y las plataformas comenzaron a formar parte de su universo. Forzadamente, tuvieron que presentarse frente a una cámara, difundir sus creaciones mediante videos y aprender a apropiarse de las redes sociales y de sus posibilidades. Si estas habilidades, prácticas y saberes son inherentes a la producción audiovisual, en la cultura de plataformas todo se convierte en producción audiovisual, incluso las artes performáticas, que ven así alteradas sus formas habituales de negocio.

Instagram, por ejemplo, ha sido una de las redes con más éxito en el contexto de la pandemia. Así es como vimos y seguimos viendo representaciones teatrales, stand ups y lives de músicos, y también participamos en fiestas y bailamos al ritmo de los DJ. En los lives los usuarios hacen comentarios e interactúan entre sí y con el artista a través del chat. A pesar de cierto rechazo inicial a esta vinculación obligada con la tecnología, la cámara y la edición, que implicó la actualización del software de muchos equipos, en varios casos los artistas pudieron constatar que estar en las redes ofrece una proyección potente y una posibilidad de traspasar el universo local y nacional.

Según indagamos en el marco de una investigación sobre el impacto de la pandemia en las artes escénicas, los artistas dan cuenta de un antes y un después en la proyección de su disciplina artística, con mayor o menor entusiasmo frente a las nuevas tecnologías, herramientas y dispositivos. Así es como podemos afirmar que la pandemia abrió un nuevo momento en el campo de las artes escénicas. Cabe señalar que estamos hablando de disciplinas corporales  cuya existencia depende de la presencia de público. En el otro extremo, los escritores también aluden a sus lectores, pero en el momento de la escritura su presencia no es necesaria, a diferencia del actor/actriz, cantante de ópera, instrumentista o DJ, que despliegan su arte frente al público presencial.

La mediatización, como suele decirse en relación a diversos procesos sociales, se extendió a las artes escénicas. Este nuevo fenómeno, surgido ante una emergencia, una imposibilidad y una catástrofe, produce al principio mucha desazón. Los artistas entran en un cuestionamiento existencial de lo que hacen, en una pérdida de sentido. Pero luego observan que esta fuerte presencia de las tecnologías supone una veta más de su labor artística, aportando nuevas reflexiones y ofreciendo un horizonte de posibilidades e interrogantes.

La pandemia y la cuarentena provocaron, particularmente en los artistas escénicos independientes, depresiones, mudanzas, reconversiones laborales y hasta crisis económicas severas. La precariedad del trabajo artístico, en especial del independiente, quedó más en evidencia que nunca. El cierre del trabajo en escena y de los talleres empujó a muchos a sobrevivir de diversas maneras, si bien antes de la pandemia era ínfima la cantidad de artistas que vivían solo de su arte. Varios aprovecharon para realizar estudios postergados, investigar y descubrir nuevas vocaciones.

Hoy los artistas encuentran en las nuevas tecnologías un canal de reconsideración de su disciplina, incluso más allá del contexto de la pandemia. El pensar la actividad artística como trabajo nos permite pensar que sus distintas manifestaciones no están exentas de las consecuencias sobre el trabajo que tiene esta nueva etapa del capitalismo de plataformas, como se puede ver en la excelente película de Ken Loach, Sorry We Missed You, que gira en torno a un trabajador de entregas de una plataforma tipo Mercado Libre en el Reino Unido.

Esta nueva dimensión de la dinámica económica capitalista agrega nuevas aristas al rol multifacético del artista en la sociedad. Si Adorno y Horkheimer hablaban del cedazo de la industria cultural como indicio de la transformación de la cultura en la sociedad industrial, en el mundo contemporáneo casi ninguna actividad está fuera del cedazo de las plataformas y de las aplicaciones. Como menciona Van Dijck (2016), habría una appliancization de la cultura. Accedemos a todo por aplicaciones y no muy lejanamente accederemos a contenidos artísticos en aplicaciones creadas para tal fin. Esta presencia del trabajo artístico en plataformas virtuales desafía a nuevas formas de presentación frente al público, además de la necesidad de nuevos saberes tecnológicos y de repensar los ingresos de los artistas. Cómo actuar, dónde mirar, cómo iluminar, cómo hacer las escenografías. En los inicios del cine los actores tuvieron que resignificarse. Ahora el mundo de las artes escénicas debe reciclarse en función de una nueva lógica social y cultural con importantes consecuencias económicas.

Quizás los músicos hayan estado más cerca de las tecnologías, con diferencias según el género musical. Lejos estaban los artistas del circo, la ópera, la danza y el teatro. En este punto se plantea una demanda de formación vía políticas culturales nacionales y públicas de producción audiovisual para artistas de las artes escénicas. Hacer un video, dar clases por plataformas o cantar en las redes sociales requiere de saberes así como de dispositivos actualizados, lo que muchas veces desnuda desigualdades.

Por otra parte, la docencia se constituyó en algunos como experiencia novedosa y se fortaleció en otros como una instancia para seguir formando generaciones de artistas. La docencia online, ignorante de cualquier frontera, permitió descubrir a muchos artistas una entrada de ingresos que no había sido imaginada previamente. 

El hecho de pensar la actividad artística como trabajo actualizó el tema del valor, volviendo una vez más sobre la pregunta recurrente del artista. Si una sociedad no puede vivir sin contenidos culturales, ¿qué valor tiene lo que yo hago? ¿Cuánto debo ganar? ¿Qué posibilidades económicas me ofrece dar clases a estudiantes del exterior? ¿Cómo evitar ser afectado por las restricciones al dólar? 

Tanto la docencia online como la presencia del trabajo artístico en las plataformas de streaming, han permitido repensar la cuestión de la desigualdad, los derechos de autor, los ingresos. En ese sentido aparecen nuevos desafíos en diversos campos, como por ejemplo de qué manera intervenir desde la gestión cultural pública. Durante la pandemia, la producción de los teatros públicos nacionales se reprodujo por las plataformas en forma reiterada. Esto evidenció un alcance y un interés inesperado. ¿En qué lugar quedan parados los artistas? ¿Qué pasa con los derechos de intérprete?

Reflexión final

La pandemia y la cuarentena redefinieron nuestras vidas y en el campo artístico escénico se produjo una transformación de su ser y estar en el mundo. La expansión de las nuevas tecnologías a este espacio tan distante con la técnica produjo nuevas perspectivas, miradas, cruces interdisciplinarios y economías. Ante la imposibilidad de actuar, cantar y bailar en vivo, las artes escénicas se vieron empujadas a buscar alternativas, que fueron encontradas en la dinámica de la industria cultural así como en el surgimiento de interrogantes acerca del sentido de las disciplinas. ¿Esto es teatro? ¿Esto es circo? ¿Esto es danza? ¿Qué implican las audiencias mediatizadas? Pasado el momento más difícil, nos encontramos con disciplinas, públicos y prácticas cambiadas. Otro es ahora el mundo de las artes escénicas.

Bibliografía

Srniceck, N. (2018). Capitalismo de plataforma. Caja Negra Editora.

Van Dijck, J. (2016). La cultura de la conectividad. Siglo XXI.

Yansen, G. (2021). Camino a la informacionalización y la plataformización del trabajo en un retrato inglés: reseña de Sorry We Missed You (Ken Loach, 2019). Revista Hipertextos, 9(16), 143-154. DOI: https://doi.org/10.24215/23143924e045

Nota de la autora

Dedico este artículo a mis amigues de la Cuerpa Inestable, excompañeros de danza contemporánea con los que realizamos durante un año —los sábados vía plataforma virtual— fiestas temáticas con playlists armadas por nosotros mismos que ayudaron a sobrellevar una cuarentena larguísima en la Argentina. También a Pablo Castronovo, bailarín y performer, con quien tomé clases de danza contemporánea virtual durante 2020.


Este artículo es parte del último especial de nuestra revista titulado «Industrias culturales, territorios y convergencia digital», podes descargarlo completo acá.

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