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Me gusta el término provocar. Su etimología es clara. Sacar la voz. Llamar a la palabra. Hacer hablar. Pero también, en su acepción moderna, desestabilizar. Hacer perder los estribos al adversario. Desarzonar. Me pregunto hasta qué punto nos ha desarzonado la pandemia. Hasta qué punto nos hizo caer del caballo. La sensación, a 20 meses del comienzo del único acontecimiento verdaderamente global del que tengamos cuenta, es más bien la de cierta desazón, como si algo no hubiera terminado realmente de ocurrir. Como la pandemia no hubiera tenido verdaderamente lugar. Como si la imposibilidad de velar a los muertos, de despedir a los seres queridos propia de la primera etapa del confinamiento, se hubiera apoderado a gran escala de la sociedad. Como una suerte de final de Lost a escala planetaria donde la hipótesis contra-fáctica de una realidad alternativa se resuelve en la imposibilidad de decidir si al final estaban o no todos muertos, en ese punto exacto donde descubrimos que en verdad a nadie le importa ¿Qué provocó la pandemia, por ejemplo, en las Artes Escénicas? ¿Aforos de 30%? Díganme si, con unas pocas excepciones, no era ese el porcentaje de espectadores que acudía desde antes a las salas ¿Obras por videochat? Se da el caso de que ese era el camino al que se orientaban las puestas preferidas por los grandes legitimadores (Festivales Internacionales, Universidades, Investigadores) ¿Redes, colectivos, espacios de cooperativismo?

A priori uno tendería a creer que este principio de organización fue lo más positivo que nos dejaron los meses precedentes. La impresión inmediata, sin embargo, es más bien la de hartazgo ante la proliferación de grupos de Whatsapp donde se anuncia una y otra vez que la salida es colectiva a riesgo de vaciar de sentido completamente ese sintagma. Incluso la inmediatez conque se sucedieron los concursos de literatura y dramaturgia que pretendían que los creadores dieran cuenta, desde su casa, en tiempo real, del presente singular que se estaba viviendo, parecen apelar al mismo principio de hablar mucho y sin decir demasiado como antídoto contra cualquier forma real de pensamiento. Uno que se las rebusque para hacer las preguntas adecuadas en el momento preciso, desde el lugar indicado. Esas preguntas estaban a mano desde hace rato, pero fueron pocas las voces que se alzaron el año pasado para articularlas. Son las mismas preguntas que operan de trasfondo en cualquier ficción post-apocalíptica que se precie, de El Eternauta a The Walking Dead. Nos venimos preguntando lo mismo desde que empezamos a sospechar no solo que era más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo, sino también que era muy probable que fuera el capitalismo el que acabara finalmente con el mundo. La pregunta es ¿cómo vivir juntos? ¿cómo fundar verdaderamente una comunidad?

Creo que los últimos veinte meses estuvieron destinados a acallar fundamentalmente estos interrogantes. No hay un sujeto definido en esa frase, porque no considero la posibilidad de una oscura conspiración planetaria urdida desde las sombras. Los Ellos, según nos enseñó el primer Eternauta, el del 57, no son sino instrumentos de otros Ellos que serían instrumento de otros Ellos anteriores. Y así sucesivamente. Considérese acaso el excesivo acaparamiento de vacunas por parte de los países centrales, que los están llevando a considerar la posibilidad de una completamente inútil tercera dosis, mientras la cada vez más deslegitimada Organización Mundial de la Salud advierte que solo una distribución global y equitativa de estos insumos permitiría prevenir una potencial mutación más mortífera del virus. Lo más inquietante no es que esos países, esos laboratorios, esos funcionarios no puedan actuar de otra manera sino que nosotros a su vez lo aceptemos sin mayor remedio ¿es justo indignarnos contra los anti-vacunas en una sociedad que prefiere suicidarse a si misma antes que liberar patentes o distribuir vacunas de manera más o menos equitativa? Es en este punto donde la pregunta por la comunidad, por la posibilidad de habitar un espacio común, se solapa con la pregunta por la cultura, por la necesidad de fundar una verdadera cultura contra-hegemónica. Una cultura contra-hegemónica puede significar muchas cosas, pero en principio se trata de considerar la posibilidad de pensar una cultura que no este colonizada por una subjetividad de tipo neoliberal, una cultura descentrada. Trivialmente podría enunciarse como la posibilidad, para las clases dominadas, de escapar a los valores y formas de pensamiento de las clases dominantes, por las cuales se constituye dicha dominación. Y tal vez no haya mejor ejemplo de esta preponderancia de lo pro-hegemónico que la oclusión de la noción misma de clase por la cual tenemos, según lo sintetizó Mark Fisher, rencor de clase sin conciencia de clase. Vale repetirlo: rencor de clase sin conciencia de clase. Siete palabras que explican a Macri, a Trump, a Bolsonaro, a Viktor Orban o a Isabel Díaz Ayuso.

En ese sentido no basta con producir bienes culturales que prediquen su inscripción en esa contra cultura si los modos de circulación de esos bienes siguen siendo deudores del modelo al que se pretende contrarrestar. A mí no deja de llamarme la atención que los tres o cuatro medios actualmente oficialistas ponderen a las mismas creadoras y con los mismos términos que los medios supuestamente opositores. Peor aún: ningún medio (oficialista, opositor, independiente, terrorista) está pensando en impugnar las formas de legitimación de dichos bienes. Bajémoslo más a tierra. Para mí, que vivo en el Conurbano y produzco desde el Conurbano, no puede haber nada más nocivo que el centralismo arrasador de la cultura Argentina. Y no ha habido hasta la fecha, ningún programa de estado en ningún gobierno de ningún color político que aliente a un pensamiento contrario. Pensemos en el AMBA, esta construcción novedosa, constituida casi exclusivamente a partir de la idea del contagio. A mí me preocupa el AMBA, no porque no reconozca su existencia, sino porque es una construcción cultural, como la idea misma de capital y conurbano. Y como construcción cultural, fundada bajo el sacerdocio de tres varones blancos nacidos y criados en la Ciudad de Buenos Aires (el presidente, el intendente de la Ciudad de Buenos Aires y el gobernador de la provincia de Buenos Aires), parece estar direccionada a rapiñar aún más los recursos de la provincia y porteñizar el conurbano cuando yo pondría todos mis esfuerzos en hacer el movimiento contrario y conurbanizar, en su lugar, la capital. No hablo de la vieja disputa de unitarios contra federales. Todo lo contrario. Creo que ese binarismo central en el que se resumen casi todas las discusiones presupuestarias de cualquier institución gubernamental de cultura invisibiliza la discusión mucho más fundamental por el modelo cultural que tenemos. Si fuera por mi quitaría del medio la palabra federal (asociada inevitablemente al unitarismo) y propondría reemplazarlo por el término autónomo. Autónomo en el sentido en el que lo utilizo aquí equivaldría aproximadamente a «independiente» en el sentido de «cine independiente», «teatro independiente» o «danza independiente». No es posible ni deseable omitir la palabra «independiente» por el peso histórico que carga, pero en aras de entender de qué hablamos cuando hablamos de tal cosa, me parece sumamente esclarecedor entender la cuestión en términos de autonomía. La autonomía implica un movimiento, no un darse para siempre de una vez por todas, sino una actividad incesante de un individuo, de un grupo o de una sociedad. Un constante volver a reflexionar sobre los límites que pongo en mí al discurso del otro, límites siempre cambiantes, vacilantes, que nunca permanecen fijos sino a costa de una especie de delirio.

La búsqueda constante por entender quiénes somos, en el fuero interno de nuestro ser y frente a los otros y las otras. Me preguntaría entonces cómo se constituye un arte verdaderamente autónomo, un teatro autónomo, una danza autónoma, pero también o sobre todo una critica autónoma, una investigación autónoma del arte, un modo de circulación autonómico de los bienes culturales que se preocupe por las condiciones de posibilidad de una auténtica comunidad de sujetos. Y en esta senda no haría sino volver a mencionar una de mis ficciones post-apocalípticas predilectas, El Sueñero, la historieta peronista de Enrique Breccia, una historieta auténticamente conurbana, que no pide permiso a la hora de alegorizar, sin pruritos, las batallas que se daban hacia el interior de nuestra cultura, en los primeros años de la democracia o en esta todavía-no-post-pandemia que bien podría asimilarse a la peste sutil de la que habla El Sueñero. Una pandemia de aburrimiento frente a la cual solo cabe acudir a los viejos mitos, los propios y los ajenos. Porque a fin de cuentas quizás el gesto más radical de todos sea el de salir a contarnos historias, nuevamente. Transpirar la camiseta, llenarnos de grasa, enchastrar la biblioteca, revolverse contra la asepsia, contra la propensión contemporánea al puritanismo. Porque si la cultura no sirve para gritar a los cuatro vientos que todavía estamos vivos, vivas y resistiendo, no sé para qué carajo sirve.

 

* Este texto surgió como provocación para el primer encuentro de URGE, Ciclo de conversaciones para repensar la cultura en el Área Metropolitana que organizamos junto a MECA, el próximo encuentro será el jueves 7 de octubre a las 19 horas, podes sumarte vía zoom inscribiendote previamente o verlo en vivo por nuestra página de Facebook, la temática será “Territorios y reconversión de los espacios públicos. Los derechos culturales desde la perspectiva del derecho a la ciudad”, agitado por Leyla Becha (Influencer), Diego Flores (The Walking Conurban) y Ale Mamani (Joma). 

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