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En el mundo ya se discutía hace tiempo la aparición de la generación 4.0, el futuro de la interconectividad y su consecuente efecto en los modos de producción y organización social y política, pero llegó marzo del 2020 y la vida de todos comenzaba una nueva etapa de miedos, preguntas y mucha incertidumbre. 

La pandemia comenzó a demostrar que otro mundo era posible. Algunos vieron una ventana de oportunidad a la revolución, otros se esforzaron en contarnos que el capitalismo voraz tan sólo necesitaba un par de días para revitalizarse. Pasaron solo un par de semanas y lo demás es conocido.

En el mientras y creo yo, para la posteridad, miles de almas desahuciadas se volcaron en una especie de danza bastante poco coreografiada en la selva digital. Algunos ya estaban ahí hace tiempo, en pequeñas cuevas, con sus comunidades organizadas; pero el resto de los mortales, con un par de recursos escuetos y repitiendo los hábitos ya aprendidos, se desenvolvieron como pudieron. 

El escenario es relativamente nuevo, en él se encuentran expertos y principiantes cuya edad es irrelevante en este juego. ¿Lo que importa? Decir algo, siempre. Quienes digan mejor, más almas alcanzarán. ¿Los que no digan nada? Que alguna pantalla los ampare.

Durante meses las calles estuvieron vacías, pero en nuestros dispositivos electrónicos el tráfico era casi insoportable. ¿Qué dicotomía entre el espacio público y el privado se configuró en esta nueva normalidad y por qué algunos insisten en pensar que lo virtual no tiene nada de real?

A lo largo de la historia del pensamiento, muchos fueron los que consideraron lo político atravesado por la complejidad del lenguaje y la comunicación. El intento de racionalizar las relaciones de cooperación e intercambio tiene mucho marco teórico. El espacio público como escenario vital y fundamental de estrategias de transformación social se ha visto permeado por la aparición de otro espacio, que a simple vista parece más democrático, accesible, sin límites geopolíticos y, para algunos, más revolucionario. Para otros, se trata de un espacio sobre condicionado y determinista de las relaciones políticas existentes y por configurar.

El encuentro siempre fue parte fundamental de la política. Los cuerpos, los territorios y las experiencias puestas en juego en un escenario desordenado, donde los resultados de esos encuentros dan lugar a algo más grande que las partes. Es difícil pensar que sucede lo mismo en la selva de las pantallas, donde el algoritmo tiene una razón de ser bastante distinta a la del encuentro de cosas diversas. ¿Qué características tiene el encuentro virtual? ¿Qué potencialidades políticas alberga el refuerzo de nuestras ideas en likes y compartidas que se muestran a transeúntes que caminan siempre las mismas calles que nosotros?

Habermas, sociólogo alemán, cuya teoría sobre la democracia deliberativa fue un aporte fundamental para pensar las sociedades modernas y los consensos políticos que se desprenden de la esfera pública, plantea la idea del discurso como canal necesario, pero no suficiente, para la resolución de las problemáticas sociales. Su recorrido teórico, sin embargo, implica que no podemos presuponer grandes consensos entre individuos, aunque sí ciertos acuerdos sobre algunas cosas. El consenso conseguido a través del discurso exige la delimitación de ciertas condiciones que lo haga posible; para que exista discurso es necesaria una libertad recíproca entre los individuos y, ante todo, una ausencia de violencia. 

¿Quiénes son los cuerpos y las subjetividades que acceden de igual a igual en el nuevo espacio público digital? ¿Cuáles son expulsados? El territorio virtual nos ofrece una nueva serie de limitaciones y exigencias para el ejercicio ciudadano. Diferentes y diversas, las nuevas pretensiones de validez para nuestros discursos son puestas sobre la mesa, o mejor dicho sobre las pantallas. Si bien el efecto democrático de las redes sociales y las nuevas tecnologías es innegable, los límites a esa fuerza también lo son.

Durante el aislamiento social preventivo y obligatorio, el espacio público digitalizado cobró una importancia inusitada. Los cuerpos, o quizás mejor dicho, los perfiles, se dieron estrategias vitalmente políticas para promover la contención de las angustias, la circulación de información y la articulación de discursos que, tanto a favor de las medidas de cuidado desplegadas por el Estado como en contra, implicaron un pasaje más o menos representativo de las calles a las pantallas. El activismo digital juega un papel clave en nuestro tiempo; las redes sociales son espacios colaborativos, nodales y jerárquicos, al igual que el espacio público tradicional. 

En el marco de condicionamientos, límites y potencialidades que ofrece el territorio digital, la disputa por los discursos que circulen en él, carga con impactos igual de reales en la vida política y social que las disputas que ocurren en otros planos. Pensar esos territorios por separado implica un riesgo. Sobre todo cuando se trata luego de responsabilizar al espacio digital de los resultados que observamos en lo análogico y tradicional. ¿Quién se detiene a comprender el funcionamiento de los engranajes digitales? Las grandes empresas tecnológicas lo hacen todo el tiempo y parte de su crecimiento económico tiene que ver con la actualización y el perfeccionamiento constante del algoritmo. Pero ¿qué hay de los buenos? ¿Podremos dar la disputa en este territorio? ¿Tendrá que ser usando las armas del amo? ¿Cómo se gana esa batalla?

La supuesta democraticidad y pluralidad que se observa en la esfera pública digital tiene como correlato un límite concreto para encontrar canales de racionalización de las pretensiones de validez. Como sostiene Ezequiel Ipar, sociólogo argentino, uno de los problemas de este territorio se encuentra en que la racionalidad de los argumentos se diluye en favor de la opinión del que “grita más fuerte”.

Los pensadores Theodor Adorno y Max Horkheimer transmitieron hace varias décadas, los peligros que la concentración económica en coordinación con tecnologías disruptivas podían desencadenar. ¿El riesgo? El avance de los totalitarismos. La unión de intereses económicos y dispositivos tecnológicos, cuyo límites sean impensados, lograrían controlar y manipularnos, naturalizando nuestras pasiones oscuras e irracionales.

Lo conflictivo está en aquellos mensajes propulsores de un tipo de comunicación sistemáticamente distorsionada, que favorece formas identitarias y creencias que socavan el principio igualitario de la democracia y destruyen las condiciones de posibilidad de un discurso público abierto y no-violento.

En la proliferación virtual y analógica de los discursos de odio, la contracara es la organización de miles de personas alrededor de estrategias de cuidado y divulgación de información científica para contrarrestar la desinformación intencionada.

Pero ¿qué ocurrirá con estas redes de estrategias virtuales con la vuelta a la normalidad? El ánimo social está atravesado por las pantallas y las limitaciones que implica esa narrativa debe ser asumida como elemento inherente de la estrategia política venidera. Pero eso no implica necesariamente un abandono de lo digital en favor de lo analógico, sino que la propuesta deberá ser una convivencia complementaria, a veces con más tensiones, a veces con más coordinación entre ambos escenarios.

Una frase surgió en las últimas semanas como respuesta ante el resultado de las urnas en las pasadas PASO: “Hay que volver a la calle” como resguardo popular y trinchera histórica de quienes nos asumimos parte de las expresiones exaltadas, erráticas, más o menos organizadas del encuentro territorial. El mandato como premisa, luego de meses intensos de encierro, se ofrece como alternativa obligada ante la necesidad de explicar algo del fracaso electoral. De la misma forma, las pantallas aparecen como chivo expiatorio para explicar la errada jerarquización de preocupaciones que el algoritmo nos impone.

En tiempos de crisis, hay que resistir en cualquier trinchera. Pero ninguna trinchera es neutral y en estos tiempos donde los cuerpos y las pantallas son mediaciones de otras cosas, la disputa orgánica, errática y contingente convive y lo hará, necesariamente, con la disputa tecnificada, algorítmica y planificada.  A modo cyborg, el territorio ya no está escindido, somos la calle y el like. ¿Qué vamos a hacer con eso?

 

* Este texto surgió como provocación para el segundo encuentro de URGE Cultura, Ciclo de conversaciones para repensar la cultura en el Área Metropolitana que organizamos junto a MECA, el próximo encuentro será el jueves 4 de noviembre a las 19 horas, podes sumarte vía zoom inscribiendote previamente o verlo en vivo por nuestra página de Facebook, la temática será “Ecosistemas culturales, comunidad organizada y diálogo intercultural”. 

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