Foto de Diana Martínez del Río

A finales de enero de 2020 se comenzó a pensar que ese virus, corona, covid19, ese virus después llamado “enemigo invisible”, no permanecería solo en Wuhan sino que cruzaría toda frontera y llegaría, por ejemplo, a Madrid. 

Todavía no sabíamos del confinamiento, de que cada otro y nosotros mismos implicaríamos un peligro para el semejante. Que comenzaríamos a usar “tapabocas” y que las conversaciones y la escucha se volverían muchas veces imposibles. Que estaríamos, en el asombro, con-finados.

En mi barrio, los primeros días del confinamiento, solo salíamos a la calle para acercarnos al supermercado, la verdulería, el estanco.

Un jueves me atreví a ir más lejos. Salí a caminar. 

Aún diferenciaba sin dudar un día de otro; entonces que fuera jueves y nombrar la palabra jueves, me llevó a recordar El  lamento por el sapo de stanley hook, ese poema de Juan Gelman que empieza en minúscula; que empieza así: 

stanleyhook llegó a Melody Spring un jueves de noche

con un sapo en la mano

“oh sapo” le decía “sapito mío íntimo mortal y moral y coral

no preocupado por esta finitud

no sacudido por triste condición furiosa” le decía

“oh caballito cantor de la humedad oh pedazo esmeralda”

le decía stanley hook al sapo que llevaba en la mano

y todos comprendieron que él amaba al sapo que llevaba en

la mano

más allá de accidentes geográficos sociológicos demográficos

climáticos

más allá de cualquier condición

Este poema, donde quien escribe nos cuenta de cómo le habla y qué le dice stanley hook a otro, a un animalito de jardines, de campo, de pueblos que, de pronto está en la ciudad. Poema que, leído hoy, reescrito al ser leído, nos habla de lo que nos está sucediendo. De cómo ahora los animales cruzan de un lugar a otro, cómo se les produce una especie de liberación ante el menor ruido de autos, de fábricas, ante el menor smog.  ¿Cielos más azules, cóndores en los balcones, osos amables, sapos en las manos de los Stanley Hook? 

Y alguien, un Stanley Hook que podría representar a muchos individuos, amaba a otra criatura más allá de accidentes geográficos, más allá de cualquier virus.

Me gustaba darme cuenta de que ese poema de Juan Gelman regresaba a mi memoria  y podía ir diciéndolo mientras caminaba sobre una Madrid desolada. Es decir, caminaba sobre calles que no eran, en ese preciso momento, de una ciudad  sino de un pueblo pequeño como de esas películas donde sus habitantes huyen porque saben que se acercan los mandaderos del poder, los armados-uniformados que no tendrán alguna piedad. (Por supuesto, esto era una fantasía que se agregaba a mi recordar el poema y que me llevaba a películas y también a realidades.)

El sapo, que seguía en mis pensamientos, era lo único verde aunque jaspeado, que se veía en el camino junto al verde del semáforo.

Tomé una avenida, los comercios con rejas se me aparecían a los ojos como cárceles cerradas, vacías y no había prisioneros que sacaran las hojas crujientes que se amontonaban junto a sobres que guardaban recibos del agua, de la luz. 

Aplastada entre las rejas y la puerta de un bar que conocía, donde tantas veces había tomado un café, veía una maceta, una planta (¿y su nombre? Se me había olvidado por completo; saqué una foto para  preguntar a los amigxs). Las ramas delgadas y las hojas se veían aplanadas, aplastadas. 

Comencé a alejarme de la avenida, a caminar con un objetivo, buscar las plantas que estaban así, achicharrándose. Había rosales trepadores, passifloras, caracolillos y otras que desconocía. Iría aprendiendo los nombres de las plantas ubicadas en los comercios de Madrid en este tiempo continuo provocado por el encierro de  pandemia.

Anoté en una libretita que indefectiblemente llevo,  las direcciones. 

Cada día fui a regar esas plantas. Mis regaderas eran botellas de agua mineral.  

Después de días de ofrecerles su alimento, las vi moverse, alcanzar su línea vertical para luego arquearse como en ensayos coreográficos.  ¿Acaso me saludaban, me reconocían en su revivir?

 ¿Y el sapo del poema?  ¿Nos seguiría mirando con sus ojitos saltones?

Copio otro fragmento del mismo poema de Gelman:

“oye mío” decía “hay muerte y vida día y noche sombra y luz”

decía  stanley hook “y sin embargo te amo sapo

como amaba a las rosas tempranas aquella mujer de Lesbos

pero más y tu olor es más bello porque te puedo oler”

decía stanleyhook y se tocaba la garganta

como raspándose el crepúsculo que entraba y avanzaba y le ponía

el pecho gris

gris la memoria feo el corazón

“oye sapo” decía mostrándole el suelo

“los parientes de abajo también están divididos ni siquiera se hablan”

decía stanleyhook “qué bárbara tristeza” decía ante el asombro

popular

los brillos del silencio popular

que se ponía como el sol

esa noche naturalmente stanley hook se murió

antes dio terribles puñetazos a las paredes de su cuarto

en representación de sí mismo

mientras el sapo sólo el sapo todo el sapo

seguía con su jueves

todo esto es verdad:

hay quien vive como si fuera inmortal

otros se cuidan como si valieran la pena

y el sapo de stanleyhook se quedó solo

Este poema, que me acompañaba en mis caminatas (como algunos otros), me pareció que  fue escrito para todo momento de tremenda dificultad social;  donde los medios llamados de comunicación y a quienes estos representan, nos ordenan encontrar enemigos por todas partes, donde sólo pretenden que confiemos –amemos- a un otro que no podrá responder (ese sapo puesto como ejemplificador). 

En este tiempo percibido por muchos sin escansión (es decir, como si el día, la noche, la semana, los meses estuviesen quietos, donde el tiempo se sucede como una época líquida que contiene otras épocas líquidas) se han ido moviendo las estaciones. Muchos bares han abierto y, como un regalo (esas plantas regadas no solo por mí sino por muchos otros) harán que encuentren  sus flores en el desierto.

Fin

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