Estamos asistiendo al funeral de las artes y lo cultural como posible trabajo que permite pensar en una (precaria) subsistencia. Tras cuatro años de macrismo, la pandemia parece haber dado el golpe de gracia que hacía falta para evitar una recuperación no solo en el corto, sino en el mediano y en largo plazo también. El último clavo que faltaba en el ataúd.

A los tarifazos delirantes, las clausuras indiscriminadas, el aumento del costo de vida general y la precarización laboral imperante en este tipo de trabajos, se suma la inactividad obligatoria por lo que queda del 2020. Los últimos esbozos de posibilidad profesional se cierran cuando se impide la posibilidad de tomar cursos privados en forma de talleres o escuelas. Sólo es posible vivir el día a día con la asistencia directa del Estado, a través de un plan social o subsidio, o a través de los pocos puestos laborales que dependen directamente de una estructura estatal.

Cierta parte de la comunidad artística se refugió en la virtualidad para seguir produciendo contenido, tristemente, en su amplia mayoría gratuito. Liberación de libros, publicación digital de obras de teatro, vivos en redes sociales de recitales, clases digitales. Al ser casi todo no remunerado, impide que los pocos que cobran puedan hacerlo ante tanta competitividad desinteresada en pos de ayudar a la humanidad en su cuarentena. ¿Por qué pagaría este taller con mi artista favorito cuando la Universidad de Harvard me lo provee de manera gratuita? Por qué pagaría una entrega editorial cuando puedo migrar un PDF digital gratis. La crisis económica se agudiza, los consumos culturales continúan recortándose. La comunidad artística migra a colaborar filantrópicamente con la población general, diluyendo su capacidad de trabajo en arte no pago. El riesgo que se corre es alto, porque se juega con la posibilidad de que esta forma de precarización llegue para quedarse.

Nos toca presenciar el funeral agónico de las artes y de lo cultural, y para muches trabajadores culturales (como yo), el panorama es absolutamente desolador.

Dicho esto, no es la primer pandemia mundial que le toca al arte sobrevivir. Ni será la última.

Pero de ninguna manera, si al tercer día le toca salir a lo cultural de su cripta y decir que ha resucitado, puede seguir permaneciendo el mismo modelo de producción y consumo de bienes culturales.

El Estado debe garantizar un plan de desarrollo cultural que permita la profesionalización del arte, la estabilidad laboral, la ampliación de la industria y el mercado cultural, en pocas palabras, un plan que permita pensar el futuro y no únicamente el presente de la actividad. Circulan ideas interesantes, un CONICET equivalente a las artes con revisión ciega de pares para asegurar ‘idoneidad’. La ley del actor fue un buen primer paso quizás, en el camino de asegurar derechos. La creación de un sueldo mínimo mensual para quienes desarrollen la labor artística acreditando cierta producción de manera anual. La lista sigue.

Pero también es momento de transformar los medios de concentración cultural que ganan con esta pandemia: el streaming y la digitalización. ¿Puede Netflix seguir produciendo contenido en el exterior para lucrar con el consumo argentino? ¿Por qué no aplicar el mismo porcentaje en el corte de boletos que existe en el cine y que permite el funcionamiento del INCAA, pero con el valor de la subscripción mensual? ¿Y Youtube (Google), Spotify y la amplia oferta de plataformas de transmisión por streaming que incluye hasta videojuegos? El arte del futuro debe ser capaz de identificar quienes son los grandes ganadores de la crisis y de socializar sus ganancias para seguir apostando a la producción, y más si son transnacionales.

La comunidad artística tiene la necesidad de apostar al arte del futuro. La gremialización, la fundación de nuevas instituciones públicas que permitan defender las distintas áreas culturales, la creación de asociaciones y ONG’s que tengan vocación de representar intereses específicos en el terreno cultural, son algunas de las batallas que dar (o al menos empezar a pensar) en épocas de aislamiento obligatorio.

Nos toca asistir a un funeral donde sabemos que va a existir un día después donde revivamos. Más allá de las acciones de emergencia, que nos permitan limitar las implicancias catastróficas de esta crisis, también es momento de refundar el sistema.

Todas las noches a las 21 horas suceden aplausos que celebran la labor médica. Quizás los artistas, haciendo un uso extraordinario de conciencia sobre su rol social liberaron sus contenidos sabiendo que es fundamental el consumo cultural en épocas de reclusión. Que es un elemento central en el cuidado de la salud mental y social. En la Argentina de hoy no es únicamente prioritario pensar en que la gente se encuentre sana, o que pueda comer, sino que es fundamental también, que pueda pensar en un mundo mejor. El aporte del arte debe ser ese. Quizás sea momento también de reconocer el esfuerzo extraordinario de quienes trabajan lo cultural para pensar la Argentina del futuro, con aplausos, como al final del teatro o por qué no, con alguna política pública de fondo.

1 comentario
  1. Horacio Dice:

    El momento del arte hoy es tan difícil cómo la de cualquier cuenta propista, jamás asistiremos al funeral del arte y la cultura salvó que muera el pueblo entero en el planeta.

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