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La enseñanza de la Gestión Cultural

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* Artículo publicado originalmente en el dossier “Profesionalizar la gestión cultural” (2004), año 1, número 0, de la Revista Gestión Cultural

La Gestión Cultural, que también ha recibido y recibe, indistintamente, la denominación de animación sociocultural, planificación cultural, administración sociocultural, es un modo empresarial de encarar y resolver, fundamentalmente, las cuestiones del consumo cultural. La pregunta más obvia que puede formularse a esa definición sería entonces: ¿por qué no se enseña la gestión cultural en una Escuela de Negocios?

La respuesta a aquel interrogante, que de alguna manera ha de guiar toda esta comunicación, está dada porque la cultura no es solo un negocio, es parte importante del canon de regulación de la producción ideológica de la sociedad en que se desarrolle.

Hace unos años, en la presentación del programa de «Cultura + Trabajo» de la Secretaría de Cultura del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires se puede leer que:

«… Las artes como parte integrante de la cultura, se relacionan con la creatividad, la innovación y la emoción que estimula permanentemente lo mejor de la imaginación humana; pero, a su vez, ocupan de manera creciente un espacio en la economía de los países…»

Las artes y la cultura pertenecen desde siempre al campo de la tensión entre la política y el orden prevaleciente. Sirvieron a los poderes más diversos, ya fueran eclesiásticos o mundanos. Aun así lograron sustraerse una y otra vez a su influjo: fueron y son rebeldes, inadaptadas, inclasificables, lisa y llanamente imposibles de eliminar. Aquella ubicación en el campo de la tensión ha atravesado por diversas etapas históricas y es fuente de consideración de los distintos movimientos en la historia de las artes en el desarrollo humano. (Kathinka Dittrich, 2001)

El primer paso para identificar una aproximación a la Gestión Cultural es preguntarse qué se entiende por cultura. Porque en el pasado, no tan remoto, ella apareció —según una vieja tradición aristocrática— vinculada al concepto de bellas artes, a los suplementos dominicales de los grandes periódicos urbanos y con el consumo, más o menos conspicuo, de obras y símbolos revestidos de un aura luminosa (Martner, Gonzalo, 1986). Esta antigua, pero con muchos efectos sobre el presente, concepción de la cultura implica una doble negación: por una parte niega la existencia de aquello que algunos de los intelectuales del siglo XX caracterizaron como el arte de masas, que tanto ha hecho por el desarrollo de las industrias culturales y la comunicación. Por la otra, y más grave aún, separa la esfera técnica del progreso de la esfera de los sentidos intersubjetivamente elaborados y comunicados.

Las consecuencias de aquella doble negación son que, a través de la primera, la cultura se ha transformado, desde aquel concepto, en un bastión resistente a la modernización y por la segunda elimina a la cultura de la razón analítica y la encierra en un mundo esotérico, cargado de intuiciones, misterios y quizás fe.

Desde el otro extremo de las concepciones acerca de la cultura se puede ubicar aquellas que, como la de la UNESCO, la vinculan al desarrollo, la educación y el cambio de las condiciones de distribución de la riqueza en el mundo. En fin, antropológicamente la cultura es casi todo lo que los hombres y las mujeres realizan cotidianamente.

Desde ese arco, del que se han señalado solo sus dos puntas, ¿cuál sería la definición de la cultura que, sin perder su carácter de productor de valores simbólicos, ubique el espacio de la Gestión Cultural?

Si se aceptara que solo se puede gestionar aquella cultura capaz de institucionalizarse y que en ella está imbricada desde su origen la tensión entre lo público (Estado/Gobierno) y el negocio, la Gestión Cultural deberá incluir necesariamente un registro de las políticas públicas, el reconocimiento del carácter regulatorio de aquella y la participación del sector privado. En conclusión: las políticas públicas, el carácter regulatorio de la cultura y la participación del sector privado constituyen el trípode sobre el que se instala una definición de la materia, cuya enseñanza cubre esta comunicación.

La Gestión Cultural, en tanto modelo de acción, está vinculada a una nueva fase del desarrollo del capitalismo que se puede ubicar a partir de mediados de la década del ’70 del siglo pasado. Esta etapa del desarrollo capitalista parte de reconocer una hegemonía norteamericana, mucho más configurada que en cualquier etapa anterior, y se referencia en el capitalismo financiero y la ideología neoliberal, lo que articula un movimiento de acumulación y concentración de riquezas con un nuevo sistema de valores que la justifican y la orientan (Sader, Emir, 2001). Esta fase histórica del desarrollo del capitalismo se caracteriza por la retirada del Estado de la mayoría de las obligaciones que había asumido en la etapa del Bienestar. Esta retirada se suple ideológica y políticamente con la aparición de lo que se puede denominar la cultura organizacional, es aquella que en la salud deja de hablar de enfermos para referirse a camas, los alumnos se transforman en vacantes y que en la cultura el público o la audiencia fueron sustituidos por los clientes.

En este esquema de la cultura organizacional aparece un modelo donde la formación sistémica del profesional se hace imprescindible para el manejo no solo de las instituciones públicas de la Cultura, sino también para la organización de quienes producen las artes y el espectáculo.

Capítulo aparte de este manejo merecen en las industrias culturales, tanto en lo que se refiere a lo estrictamente cultural como al entretenimiento. Sin pretensión de definir las industrias culturales (el cine, el disco, el libro, la televisión, el video, la música grabada, etc.) y aceptando esa enumeración ejemplificatoria, se puede decir que ellas son hoy una fuerza muy importante de generación de empleo y de movimiento de la economía real. Si a ello se le agrega que en la actualidad los Museos, los Centros Culturales y los Teatros en las grandes Ciudades del Mundo se han transformado en una de las principales atracciones del movimiento turístico, que a su vez es una de las mayores fuentes de ingresos de esas metrópolis, se tendrá quizás la justificación empírica de la necesidad de la profesionalización del manejo de la cultura.

En consecuencia, quien trabaja en la Gestión Cultural es un mediador que opera entre los diversos actores, disciplinas y especialidades puestas en juego en las distintas fases de los procesos culturales (Bayardo, Rubens, 2001).

Para poder superar la experiencia actual donde la gestión de la cultura está más centrada en la repetición de experiencias exitosas o en apuestas demasiado arriesgadas, se hace necesaria una sólida formación teórica y práctica, que permita el camino de un encuadre reflexivo y de apreciaciones sólidamente fundadas.

Podría decirse que en la Argentina el proceso de formación en esta área aparece al principio de la década de los ’80 del siglo pasado con una serie importante de cursos y seminarios cortos realizados a partir de la experiencia extranjera en esta materia. Formalmente las primeras iniciativas estuvieron en la tarea del Instituto Nacional de la Administración Pública (INAP) que creó distintas instancias de la formación en el área de la cultura.

En la actualidad existen varias experiencias terciarias y universitarias en la educación formal y una innumerable cantidad de experiencias en la educación no formal (cursos breves, talleres, seminarios).

En la educación formal, a los efectos de esta comunicación, se han de analizar solo experiencias de la Licenciatura en Gestión del Arte y la Cultura, de la Universidad Nacional de Tres de Febrero; el Diploma de Estudios Avanzados en Gestión Cultural, del Instituto de Altos Estudios Sociales (IDAES) de la Universidad Nacional de General San Martín; la Maestría en Administración Cultural, de la Facultad de Filosofía y Letras en la Universidad de Buenos Aires; y el Diploma de posgrado en Gestión de Cultura y Comunicación de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO).

Lo que aparece en los fundamentos de todas ellas en primer lugar y con distintas denominaciones es la necesidad de formación de recursos humanos idóneos para gestionar la cultura. Estas expresiones de los objetivos están vinculadas a la necesidad de profesionalizar el manejo de las instituciones culturales. Lo que abre un primer planteo de discusión hacia la práctica misma de la gestión. ¿Estos recursos formados en estas experiencias tienen empleabilidad? Planteado desde otro lado, ¿el mercado argentino de las instituciones culturales, públicas y/o privadas, demanda este tipo de profesional? O aún más directamente, fuera del espacio del conocimiento que se genera en las instituciones educativas, ¿se reclama la profesionalización?

Esta cuestión, que aquí solo se deja anotada, hace diferente la experiencia educativa que se viene analizando con las experiencias de los países europeos. Los egresados del Joint School of Theatre Studies (University of Warwick), por tomar un solo ejemplo, están tan vinculados al concepto de empleabilidad que el eje de todo el curso que contiene las asignaturas tradicionales (Teoría Cultural, Política Cultural, Industrias Culturales, Gerenciamiento Financiero, Marketing, Gerenciamiento de artes aplicadas, etc.) es la realización de una investigación en un área cultural específica, que concluya en una planificación en el marco de un proyecto cultural concreto (la presentación es de 15.000 palabras). Claramente ese trabajo es una de las llaves luego para concursar por un puesto de trabajo en el área específica seleccionada. Porque, por otra parte, en aquellos países la profesionalidad no está en discusión y por tanto su práctica es una carrera profesional con concursos de antecedentes, antigüedad, etc.

El problema antes mencionado, de los criterios tan disímiles acerca de la profesionalidad entre la oferta y la demanda en el mercado de la administración cultural, tiene una fuerte influencia en el diseño curricular que componen las experiencias bajo análisis. Primero se encuentra un diferente cálculo del tiempo necesario. En la Maestría de la UBA se plantea una carrera de tres años (dos para el cursado de actividades y uno para la elaboración de la tesis), mientras que el posgrado de FLACSO se realiza de manera intensiva en seis semanas a lo largo de seis meses y el Diploma del IDAES es de un año y se cursa también de manera intensiva todos los viernes y sábados de los diez meses que ocupa su dictado. Esta cuestión hace pensar seriamente en las características que tiene cada uno de los egresados, pero también dónde se pone el acento en la formación.

La formación claramente es teórico-práctica en todos los casos, pero de las currículas no surge el acento en cada formación. Un gestor es un hombre de las Artes y la Cultura, pero también de la Administración (Finanzas y Presupuesto) y hacedor de políticas. En esa tríada, ¿cuál debería ser lo predominante: las artes y la cultura, la administración o la política? Pero si se avanza en este cuestionamiento, ¿la definición deberá venir solo de la práctica, del mercado, o debe influir en la definición del perfil educativo también la concepción que se tenga sobre la gestión de la que se habla en los primeros párrafos de esta comunicación?

La formación teórica, en este campo, es bastante complicada, fundamentalmente en el nivel de posgrado. Porque si se aceptan egresados de la universidad de las disciplinas humanísticas, ¿se deben enseñar los llamados lenguajes artísticos? Porque si la respuesta es no, se estaría en la escuela de negocios de la que se hace mención en la primera pregunta. Pero si la respuesta es afirmativa, ¿con qué nivel y profundidad se debe enseñar?

Pero aquel no es el único problema, sino que también se aproxima el problema cuando se habla de Economía de la Cultura o Sociología de la Cultura: ¿dónde se pondría el acento y por qué?

Por supuesto que lo que se denomina la práctica plantea otros problemas que están relacionados con las instituciones y el mercado. La práctica es conocer acerca de la iluminación de una muestra de arte, pero también de cómo se hace un presupuesto planificado de una compañía de teatro o el plan de marketing de una nueva institución cultural. Esas prácticas son de difícil síntesis, pero de imposible desarrollo completo.

Volviendo de este rodeo de los problemas que hacen a la definición de una currícula para la enseñanza de la gestión cultural, se han de plantear dos ideas centrales a manera de conclusión:

La gestión cultural no se puede enseñar en una escuela de negocios, en tanto el gestor trabaja con una materia que es el sentido. Eso viene articulado con la enseñanza de las artes y de la cultura.

El perfil del egresado obliga a pensar la enseñanza en función del trípode que se forma con las artes y la cultura, la definición de las políticas públicas y la participación del sector privado.

Estas dos conclusiones se quedarían solo en el campo de lo formal si no se establece un compromiso de quienes trabajan en el campo de la enseñanza de la gestión cultural de abrir un campo de empleabilidad para los graduados. Ese compromiso debe pasar, fundamentalmente, por trabajar hacia afuera (opinión pública general y específica de las autoridades y los empresarios) explicando que solo podrá darse un salto cualitativo en el desarrollo de la cultura en el campo de la economía si aquella se gestiona de una manera profesional. Es el actual momento del desarrollo del capitalismo en la Argentina que hace falta plantearse seriamente los problemas que traban su desarrollo, uno de los que aparecen como básicos es la falta de profesionalidad en el ejercicio de las diversas actividades. Ese es el clima que debe crearse para poder enfrentar una discusión seria sobre el tipo y las calidades de los egresados de estas escuelas, facultades o posgrados.

Notas bibliográficas

Kathinka Dittrich Van Wering (20/06/01), La Cultura como factor económico. Desgravación de la conferencia dictada en IDAES.
Martner, Gonzalo, Los estilos de desarrollo en la agenda de discusiones, p. 15, en Faletto, Enzo y Martner, Gonzalo, Repensar el futuro, Editorial Nueva Sociedad, 1986.
Sader, Emir, Hegemonía y contrahegemonía para otro mundo posible, en Seoane, J. y Taddei, E., Resistencias Mundiales – De Seattle a Porto Alegre, CLACSO, 2001.
Bayardo, Rubens, “Cultura, arte y gestión cultural. La profesionalización de la gestión cultural”. Trabajo presentado a las III Jornadas de Investigación del Instituto de Historia del Arte Argentino y Latinoamericano. FFyL, UBA (2001).

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