Cierto es que cuando escribo estas reflexiones aún estamos en plena pandemia. La esperanza de la vacunación masiva es, aún, incierta. Sobre todo si tenemos en cuenta las actitudes privilegiadas de los países ricos, siempre olvidando al resto de la humanidad perteneciente al segmento de la pobreza. En tragedias como la ocurrida con la pandemia es cuando vemos claramente las desigualdades de nuestro mundo.

La incertidumbre, pues, es la clave de la sociedad actual, y en el concreto mundo de la Cultura y las Artes Escénicas el panorama es aún, mucho más oscuro. Y no porque consideremos a nuestro sector como menos perjudicados que otros, sino porque gran parte de nuestra actividad se sostiene con “el vivo y en directo”, más allá de las nuevas aportaciones que las búsquedas tecnológicas han supuesto en estos ya largos meses de confinamientos o semiconfinamientos inquietantes.

Las medidas que han impuesto muchos países para la reapertura de espacios culturales han ido siempre en la misma dirección: la reducción de aforos, junto a medidas sanitarias, obvias, pero que tienen un coste económico objetivo para aquellos que quieran abrir su espacio.

Pero no es lo mismo los presupuestos con los que cuentan los proyectos estatales, provinciales o municipales, con los que tienen todos aquellos espacios que podríamos denominar, genéricamente, alternativos o privados.

¿Cómo puede sostenerse una sala independiente teatral en cualquier país en relación a los Centros de Producción de sus Estados? Cierto que todo el sector, en general, va a sufrir, pues estos últimos no podrán desarrollar montajes y, por tanto, no habrá contratación artística y técnica. Pero lo evidente es que la mera sostenibilidad de los gastos corrientes no pueden ser los mismos en los dos segmentos, dado que unos están asegurados por su presupuesto anual sostenido por lo público, mientras que los espacios independientes dependen, en gran medida y, al margen de posibles subvenciones, de la actividad anual que desarrollen.

Parecen cuestiones obvias, pero mi sensación después de meses de pandemia es que casi todas las medidas que se han tomado en el área iberoamericana han ido tendientes a una puntualidad de ayudas escasas, y no ha habido movimientos efectivos que analicen en profundidad los problemas estructurales del sector y, de ese modo dar respuestas sólidas y eficaces al salir de la pandemia, aunque sea a eso que llaman “nueva normalidad”.

Para que no quede ninguna duda soy un ferviente creyente de la CULTURA COMO BIEN PÚBLICO, por lo que cualquier inversión que en sus actividades realice el ESTADO, seguramente me parecerá siempre insuficiente. Cierto que en estas crisis ha habido Gobiernos, a la cabeza el de Alemania, que han puesto sobre la mesa grandes cantidades de dinero para paliar los efectos de la pandemia. ¿Ha sido igual en la región iberoamericana? Estoy seguro que ni de lejos y, en un análisis a primera vista, han sido todas ayudas puntuales y efímeras. Algo así, como si a alguien que ha tenido un grave accidente y se está desangrando alguien le pusiera una curita y le diera una aspirina. Y, sí, sin melodramatísmos estériles, el tejido de sostenimiento de las Artes Escénicas ha tenido un gran desagarro. Y no sólo por la importancia de todo lo cultural para mantener la memoria histórica y la democracia de un país, sino por todo lo que la Cultura, sea como industria o artesanado, aporta al PIB y la creación de puestos de trabajo. Sé que después de tantos años en el mundo de la gestión, desde diferentes proyectos, aún no he logrado convencer a amplios sectores del mundo de la política (de cualquier tendencia), de lo importante de mantener una alta inversión en la cultura. No soy tan inocente como para no saber diferenciar entre los socialdemócratas y los neoliberales, pero al final me quedo con lo que dice el refrán español: “Obras son amores y no buenas razones”. La Cultura para la clase política es una especie de fetiche que se usa según convenga, pero que rara vez ocupa un lugar preminente en los presupuestos generales del Estado.

Como tampoco soy ingenuo ya sé lo que pasó en los países donde triunfó una aparente revolución comunista, lo mismo que en cualquier régimen dictatorial, la Cultura fue quedando relegada a una mera acción propagandística del Estado. Por tanto, a lo que me refiero es el aquí y ahora de las sociedades con regímenes parlamentarios factibles, aunque a veces parezcan meramente formales y alejados de cualquier populismo de diverso tipo, ya sea trumpiano o bolsonariano, por no decir la de los líderes europeos de Polonia o Hungría. No tengo duda de lo que pasa cuando estos mamarrachos llegan al poder: su figura referencial será siempre la de Goebbels.

Encuentro un atinado artículo de Juan Prieto Rodríguez y Victoria Ateca Amestoy, en la revista G+C, en su número 14, en el que con ironía señalan en un fragmento de una manera clara y contundente qué piensan los políticos y los economistas sobre la cultura. Escriben:

“Nos gustará señalar que desde nuestra aproximación analítica, el proceso de decisión de consumos culturales no diferirá del que el individuo realice para comprar, por ejemplo, un chorizo de cantimpalo. Compite pues, el consumo y la práctica cultural con el resto de actividades de ocio y el resto de consumos, y las decisiones se toman de manera simultánea: al decidir sobre recursos escasos, elegir es renunciar y los veinte euros de una ración de jamón ibérico difícilmente podrán dedicarse a comprar un libro”

No hay duda, para mí, que, a veces, una reflexión a ras de tierra y, sobre todo, tan castiza puede hacer comprender los problemas mucho más que pretenderlo con escarceos sumamente técnicos.

La cuestión que aquí aparece, es evidente, me recuerda bastante a lo que García Canclini, planteaba hace años en su artículo “Consumidores o ciudadanos”. Es decir, que no sólo desde las concretas ideologías de los gobiernos se dialectizan las prácticas culturales, sino que es también fundamental la ideología específica de los receptores, o sea, los ciudadanos y como se relacionan con el arte y la cultura.

Según mi criterio creo que con respecto a su relación con las prácticas culturales y, evidentemente, también con las de las Artes Escénicas, se pueden producir estas actitudes básicas desde la ciudadanía y propondría estas diferencias de perfiles:

  1. Ciudadanos conformistas
  2. Ciudadanos consumidores
  3. Ciudadanos cómplices
  4. Ciudadanos colaboradores
  5. Ciudadanos co-creadores

Es fácil de entender que, según el grado el grado de implicación que cada sujeto tenga, no sólo en la adquisición de bienes culturales, sino también con su relación ética y comprometida con qué cultura, será diferente el grado de relación entre las dos partes.

Podría equivocar el hecho de que un rico empresario invierta en comprar artes plásticas aduciendo su compromiso con los artistas, cuando en un altísimo número de casos no será más que un movimiento especulativo, o bien para ahorrar impuestos o bien para evadirlos directamente. Que haya excepciones, resulta lógico y normal.  

A partir de aquí mi propuesta en el terreno de lo privado, como luego haré con lo público, es que se aproveche la gran crisis que ha producido esta larga pandemia para redefinir los marcos de actuación en todo lo referente a la gestión y desarrollo de proyectos culturales. Y, para ello, la idea de transitar hacía otras actitudes en la ciudadanía en su compromiso con una cultura libre es algo fundamental. Por eso necesitamos personas que se acerquen más a la idea de ser cómplices y colaboradores, para llegar a acercarnos a la frontera de ciudadanos co-creadores.

Voy a señalar, a continuación la lectura imprescindible en estos territorios del libro de Marilena Chaui, “Ciudadanía cultural. El derecho de la Cultura.”, editado por RGC Libros de Argentina en el año 2013, dado que en la primera parte del mismo se recoge una amplia reflexión sobre conceptos políticos y filosóficos referidos a distintos pensamientos sobre esta materia (Rousseau, Gramsci, Hobsbawn, Hegel o Maquiavelo), para luego adentrase en sus propias líneas de acción, desarrolladas como responsable política en la ciudad de San Pablo, durante los años 90, que siguen teniendo un valor referencial enorme para encarar nuevas metas en los años venideros.

 Me centro en un apartado en los que ella reflexiona sobre el derecho a la cultura y expone:

  1. El derecho a producir cultura, sea por la apropiación de los medios culturales existentes, sea por la invención de nuevos significados culturales,
  2. El derecho a participar de las decisiones relativas al quehacer cultural
  3. El derecho a usufructuar de los bienes de la cultura, creando lugares condiciones y acceso a los bienes culturales para la población.
  4. El derecho a estar informado sobre los servicios culturales y sobre la posibilidad de participar y disponer de ellos.
  5. El derecho a la formación cultural y artística pública y gratuita en las escuelas y talleres de cultura del municipio.
  6. El derecho a la experimentación y a la invención en las artes y en las humanidades.
  7. El derecho a contar con espacios para la reflexión, el debate y la crítica.
  8. El derecho a la información y a la comunicación. 

Lógicamente se trata de una hoja de ruta, desde la cual, se pueden producir derivadas muy interesantes.

Lo que creo importante de este discurso es que otorga el grado de derecho a la ciudadanía, aunque no me cabe duda que, a su vez, esta debe responder con otros compromisos en sus deberes y en cada uno de los apartados. En suma, insisto, resituar la colaboración estrecha entre lo público y lo privado.

Buscando materiales para la redacción de este artículo me he encontrado con una página web del Ministerio de Cultura y Deporte de España que, “mea culpa”, no conocía hasta ahora. Se denomina CULTURA CIUDADANA y, entre sus objetivos, a partir de sus Encuentros de Cultura y Ciudadanía proponen:

  1. Avanzar con determinación en acceso universal y la participación ciudadana en cultura.
  2. Impulsar nuevas políticas culturales para tiempos también nuevos.
  3. Favorecer el pleno ejercicio de los derechos culturales de toda la ciudadanía, en todo el territorio.
  4. Conocer de primera mano y mapear esas nuevas prácticas y realidades culturales.
  5. Visibilizar y poner en valor proyectos y experiencias de amplio impacto social que sucedan en cualquier lugar del territorio español.
  6. Presentar e impulsar nuevos modelos de gestión y metodologías de trabajo.
  7. Mostrar y promover la innovación en cultura.
  8. Poner en marcha nuevas estrategias y herramientas de trabajo que contribuyan al desarrollo de los procesos y prácticas que fomenten la participación y contribuyan a la transformación y la cohesión social-  
  9. Repensar el binomio público/ privado y sus relaciones con la ciudadanía y el tercer sector.
  10. Promover el conocimiento y favorecer la capacitación de los agentes culturales, así como el intercambio y los contactos profesionales.
  11. Propiciar la complicidad de las entidades y agentes públicos y privados que trabajan en el territorio y crear redes de trabajo y colaboración.

Esto dice uno de sus documentos anteriores al estallido pandémico. Todos objetivo loables, pero confieso que como profesional del medio de la gestión de las Artes Escénicas y, en algunos casos con cargos de responsabilidad en su gestión, no tengo ni idea de las acciones concretas que se han emprendido, ni que objetivos han alcanzado desde ese departamento ministerial. Y, recordemos, las fuertes críticas que toda la profesión de los diferentes medios culturales han hecho de la gestión del Ministerio durante todos estos meses y que, a día de hoy, se siguen haciendo.

¿Se aprovecharán algunas de estas líneas teóricas para ponerlas en práctica en la post pandemia o volverán a ser figuras retóricas como brindis al sol?

Y, esto es algo que también me preocupa continuamente, y es como habiendo tantos organismos locales, provinciales y estatales a nivel nacional e internacional, se preocupen desde hace tiempo mucho más en hacer páginas web bonitas que en aplicar medidas rápidas para ayudar al desarrollo de una cultura auténticamente democrática. Siempre es injusto realizar una generalización, pero después de tanto tiempo conozco por dentro algunos de estos organismos plagados de funcionarios que en la mayoría de los casos podrían ser intercambiables en su función con la agricultura o con la minería y, por tanto, bastante inútiles para comprender y desarrollar la pertinente eficiente acción en el territorio cultural.

Además de ello en toda el área iberoamericana seguimos teniendo un problema gravísimo: la tardanza burocrática para resolver la catarata de papeleo en que se convierte la petición de una ayuda a las administraciones, sean estas del nivel que sea. Parece que el tiempo y el desarrollo tecnológico no ha existido para estas administraciones, que siguen ancladas en metodologías del siglo XIX. Esta falta de agilidad en tiempos de pandemia se ha notado de una manera cruel. Las medidas han sido a cuentagotas y con un tiempo excesivo entre que se concedían y podían llegar a sus adjudatarios. 

Si no se soluciona este problema en los tiempos venideros volveremos a estar atrapados en los famosos “escollos estructurales” que tanto daño hacen al desarrollo de propuestas artísticas y de proyección social interesantes.

Ya he escrito en otras ocasiones los cuatro males tan perjudiciales para la renovación de los sistemas de gestión de lo público: la burocracia, el simulacro, la retórica y la descoordinación. Me atrevo a decir que en los tiempos que llevamos atrapados por el COVID-19, estas deficiencias se han hecho más que evidentes. Por favor, no repitan estas deficiencias en el futuro inmediato. Salgamos de la crisis con un cierto fortalecimiento de las estructuras públicas que puedan plantear a las privadas medidas de coordinación eficientes y sostenibles.

   Por último y modo de resumen propongo estas urgentes medidas para administrar con urgencia en este inmediato presente:

  1. Un aumento significativo en los PRESUPUESTOS GENERALES DEL ESTADO PARA LA EDUCACIÓN, LA CULTURA Y LA INNOVACCIÓN Y DESARROLLO.
  2. Una efectiva COORDINACIÓN entre Administraciones nacionales e internacionales para conseguir optimizar los recursos económicos y sociales.
  3. Abrir las perspectivas conceptuales y colaborativas entre lo público y lo privado.
  4. Supresión de las trabas burocráticas que impiden la agilidad a la hora de recibir recursos.
  5. Cambiar conceptos obsoletos como el de subsidio o subvención hacia otros como contrato/trabajo.
  6. Apostar por proyectos culturales que aspiren al medio y largo plazo, más que a los efímeros de corto recorrido.
  7. Fomentar vías de circulación de proyectos, a través de redes y circuitos, más estables y eficaces.
  8. Volver al entendimiento de lo político cultural enraizado en el término griego de polis, donde la ciudadanía ocupe un papel nodal.
  9. Desarrollar planes culturales que no estén sujetos a los “accidentes cotidianos”, sino a la pervivencia en un tiempo y en un espacio adecuado.
1 comentario

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

3 × 1 =