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Hace unos días releía un texto de hace unos años y volvía a una frase que ya había marcado en ese momento: “desapropiar la cultura”. Con ese concepto la autora, la filósofa catalana Marina Garcés, se refiere a la necesidad de arrancar la cultura de una determinada distribución que “nos viene dada” por los patrones clásicos: nos pide romper el mapa cultural conocido para poder redistribuir sus piezas. Redistribuir “disciplinas (música, teatro, literatura, educación, etc.), roles (creador, productor, crítico, espectador, etc.), relaciones (autor, propietario, consumidor, etc.) y lugares (escena, aula, librería, etc.)”. Qué imagen más poderosa, pero también, qué adecuada para las formas actuales de colaboración que marcan todas las producciones culturales y artísticas contemporáneas.

Esa redistribución de disciplinas, roles, relaciones y lugares ya está sucediendo, de una manera muy interesante, en la Norpatagonia, en el universo de la experimentación artística independiente. Las redes de creación y circulación que se activan en ese ecosistema experimental se mueven en esa lógica transversal, orgánica, híbrida y pasional. Una red en desarrollo y crecimiento que se mueve de manera colectiva, autogestiva e independiente, ensamblándose y recombinándose según las circunstancias reales y los posibles. Si miramos para atrás en los últimos años, una cosa queda clara: estas “prácticas virtuosas” de gestión, de entablar redes, de saltar entre disciplinas y crear desde el cruce, de colaborar y de estar siempre en movimiento han logrado establecer un particular universo creativo regional. Imaginemos por un momento cómo sería este sector con un poco de apoyo y acompañamiento estatal…

Es interesante conocer mejor cómo se mueve esta red de agentes creativos in-disciplinares, transdisciplinares y mutantes, porque sintetizan muchos atributos de la creación cultural contemporánea. En el campo de la música experimental regional, por ejemplo, hay una red en expansión que se reinventa y modifica según las necesidades, las oportunidades y los momentos, que agrupa particularidades para abrir sus posibilidades individuales como parte de un colectivo, que tiene una ALTÍSIMA (sí, en mayúsculas) capacidad creativa e innovadora, que trabaja desde lo local de manera situada y que al mismo tiempo puede reconfigurarse para sumarse a su red global de pares por medio de la virtualidad.

La red de la escena musical experimental (en la que se engloban arte sonoro, noise, techno noise, electrónica orgánica, instalaciones sonoras o ambient electrónico y en la que encontramos nombres como Colectivx Cancionista, Cúlmine, Ariel ojeda, DeltaOUJI, Oosfera, Ongho Sessions, Maxi Poles, RRayen o PROYECTOCOSO, entre muchxs otrxs) puede destacarse por sus producciones pero también por sus formas colaborativas de gestión, sus incursiones y experimentaciones en prácticas de asociativismo y de diálogo de lenguajes. Aquí podemos nombrar a Rayo Seco, sello independiente de gestión colectiva especializado en estos universos musicales, como uno de los nodos responsables de activar la escena a nivel regional.

Vamos por partes. Un sello de gestión colectiva implica un modo de trabajo horizontal, con una variedad de actividades que van más allá de la grabación o edición de discos/tracks, buscando generar proyectos musicales/culturales que impacten en el conjunto del ecosistema con la distribución de contenidos audiovisuales, la producción de festivales, ciclos y experiencias de laboratorio o el desarrollo de debates y espacios reflexivos de diálogo sobre el trabajo cultural actual. Rayo Seco agrupa a una comunidad de creadorxs, con diversas trayectorias y trabajando desde diferentes áreas y sectores, que comparten un universo sonoro-estético particular que siempre está siendo y que se reinventa, refuerza y transforma. El colectivo Rayo Seco es uno de esos proyectos autogestivos que desde el diálogo interpela los modos de producción y las prácticas tradicionales del ámbito de la música en la localidad. Tenemos que entenderlo también como un espacio de creatividad y de circulación de experiencias compartidas y de saberes, a veces tan novedosos que estos espacios colectivos se convierten en las únicas redes por donde circulan estas estéticas a nivel local. Por ejemplo, si pensamos en colaboraciones creativas o en los NFTs y nos preguntamos quién podría insertarse en esos diálogos y redes globales, seguramente llegaríamos a alguna persona vinculada a este universo digital-experimental regional. En eso, este ecosistema regional tiene mucho del movimiento D.I.Y.: de lo que se trata es de involucrarse en la creación, aportar desde lo que unx sabe hacer, aprender y crecer en la permeabilidad de los cruces con otros haceres, sumar capas, inicios y referencias al mapa cultural regional.

Una cosa muy interesante de Rayo Seco (¡además de lo musical!) es su capacidad de entablar diálogos con nodos globales. El sello se inserta cada vez más en una comunidad global (por lo menos, iberoamericana) de pares que también están indagando en los cruces entre música, creatividad y tecnología, en lo transdisciplinar y en un modo de hacer de manera colectiva como política. El ancla de Rayo Seco es la comunidad local, territorial y patagónica, pero también es esa comunidad de intereses a nivel global por donde circulan conocimientos e interacciones. Eso le da la posibilidad a Rayo Seco de vincularse directamente con otros sellos/redes en Santiago, Lima, Japón, EE.UU. o Medellín y participar de actividades o creaciones conjuntas.

Pero volvamos un poco al terreno de la experimentación artística independiente en la región, en la cual Rayo Seco se desarrolla y en la que convive junto a muchos otros colectivos. ¿Cómo hace esa comunidad creativa para lograr algo de sostenibilidad en un contexto de incertidumbre en lo que se refiere a la creación y al trabajo como agentes de la cultura local? Para intentar contestar esto, podemos pensar en las prácticas de gestión cultural que se han desarrollado. Tenemos que buscar esos “espacios de soporte” que son fundamentales para el activismo cultural, para esa complicidad y confianza entre pares; esas acciones micropolíticas plurales que nutren los haceres colectivos y que crean verdaderas “instituciones blandas” que son clave para la conformación de redes. Está bueno poder reconocerlas: se trata de espacios transdisciplinares de encuentro y de intercambio de conocimientos y experiencias para la escena independiente local, fundamentales para entender la cultura desde una perspectiva colectiva. Antes de la pandemia existían varias prácticas muy interesantes en torno a la cultura independiente local, verdaderas zonas autónomas temporales…

Por ejemplo, las 11 ediciones del ciclo “Para el placer bailable y quietable”, impulsado por Rayo Seco, como espacio de experimentación sonora y creación que incluía en cada fecha escenoplástica y un proyecto musical local invitado. También podemos nombrar al Festival Multiforme como un espacio transdisciplinar que incluía instalaciones, diversas propuestas sonoras, varios escenarios y espacios de ocio y disfrute desde una estética de laboratorio pero, también, como un ensayo de gestión cultural colectiva que finalmente incluyó más de 15 propuestas artísticas/culturales (realizado desde colectivos culturales como Rayo Seco, Enjambre, Casa que Arde, Marea o Cría Films, entre otrxs amigxs y colegas) y un equipo organizado de personas diversas. 

Estas estructuras actúan como momentos condensadores de esa red, combinaciones específicas transitorias que toman una forma determinada y catalizan la energía del sector cultural independiente local. Son espacios que traducen las necesidades y posibilidades creativas de comunidades emergentes. Es muchísima energía que genera verdaderas políticas culturales independientes locales, de diálogo, horizontales, para complementar (y disputar) el sentido de lo cultural. Estas estructuras son necesarias para reconocernos y entendernos como parte de un ecosistema cultural, para medir el pulso del sector cultural independiente. En esta actualidad (post)pandemia, ¿cuáles podrían ser esos espacios transversales de encuentro y de intercambio?

La escena de la creación experimental regional, siempre transfronteriza, se consolida a partir de estas referencias mutables. Inclusive con nulo apoyo estatal, se potencia como un sector con una grandísima capacidad de innovación. Y se potencia aún más sabiéndose red, espacio de descubrimiento y reconocimiento, experimento colectivo y plataforma de producción horizontal: una estructura cultural independiente donde las piezas ya están siendo redistribuidas.

Mariano Martino

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