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Sería fácil escribir una columna desde la ética, inclusive desde la estética, para defender la importancia de instituciones inmanentes al ser nacional, como el Instituto Nacional de Teatro y el Fondo Nacional de las Artes. Podríamos publicar dos toneladas de palabras sobre la cultura como recurso transversal en los Objetivos del Desarrollo Sostenible, e inclusive el aporte, tanto a la identidad como a la diversidad, por muy antagónico que parezca. Además, este sector ha sido la luz al final de la larga noche de la represión.
Así mismo, podríamos completar esta columna, un suplemento -y por qué no- toda la edición de hoy, con referencias poéticas intachables sobre la trascendencia de la creación en nuestro país. Pero a los efectos conducentes, mi tío Gabriel -economista de profesión y religión- quiere saber para qué sirve, y cuánto cuestan estas instituciones. Genuinamente cree que la pobreza se vincula con la materialidad, y no se deja seducir por el infalible argumento que la cultura, parafraseando a nuestro prócer nacional, es un recurso con el que “se come, se cura, y se educa”.
El pragmatismo de mi tío nos interpela para dar una debate argumentativo, que debemos empezar con una profunda autocrítica sobre el estado del arte: Nos llenamos la boca con transparencia y federalidad, pero después de la segunda copa de vino reconocemos que nuestra política cultural no siempre nos enorgullece. Las últimas décadas del gobierno nacional estuvieron signadas por debates devaluados y la celebración de un status quo funcional al “palo”. Esa pseudo solidaridad ideológica también es responsable de la indignación que una parte de la sociedad tiene con el sector. Porque si sólo nos defendemos entre nosotros es que no sumamos a nadie. Y estamos para sumar.
Sin embargo, lo peor que podría pasarnos es que esta ley brutal, y su capítulo destinado a la actividad cultural, consiga desertificar el fértil capital cultural de la nación. Por eso, con las mismas herramientas del incomprobado modelo libertario, podemos destacar decenas de ecosistemas productivos como la lectura, el diseño, la música, el audiovisual y tantos otros, que constituyen la economía -no del futuro- sino del presente. La capacidad para la construcción de empleo, con especial mención del emprendedurismo, es inigualable como describiremos seguidamente.
Los datos
Según la investigación de los profesores Julio Bertolotti y Leandro González “participación presupuestaria de los organismos culturales…” publicada por este medio, en la que se analizan datos del Presupuesto Abierto, en el último año ejecutado, el Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales representó un 0,0318% del presupuesto, el Instituto de Música participó con el 0,0017%, el capítulo artes escénicas comprometió el 0,0102%, mientras que la Comisión Nacional de Bibliotecas contó con un presupuesto del 0,0068%. Recursos que no fueron utilizados plenamente debido a los recortes, pero si realizáramos el ejercicio de acumular el total de los aportes vinculados, tenemos un 0,0555% del presupuesto nacional. Una cifra ocho veces menor a la inversión legislativa nacional (0,4%), y 90 veces menor que todo el capítulo “administración gubernamental” (5%). Es importante destacar que UNESCO sugiere un mínimo de inversión cultural del 1%. Muchos países, a los que queremos viajar (por cierto una economía muy conectada con lo cultural), invierten porcentajes varias veces superiores. Haciendo justicia, resaltemos también, que llevamos décadas envueltos en un déjà vu presupuestario, siempre a menos.
Volviendo a los datos de desarrollo para convencer economistas, según la cuenta satélite 2022 del INDEC, en el primer año post-pandemia, las actividades culturales se incrementaron un 9,4% representando $1.275.600 millones, el 1,8% de la economía argentina. El empleo cultural, por su parte, ese mismo año, creció un 13,4% representando 341.300 puestos. A nivel global, los sectores creativos han crecido a un ritmo anual promedio del 8,9%, muy por encima del 7,6% general, según la guía de la OMPI. En la tierra del Tío Sam se determinó que más del 8% de la fuerza laboral de Estados Unidos está integrada a sectores regidos por el derecho de autor y casi 12 millones de trabajadores se desempeñan en sectores que de forma no excluyente son creativos. Las exportaciones suponen, desde hace décadas, uno de los capítulos más importantes. Reflexionemos, por ejemplo, en las películas de Disney.
Cosecharás tu siembra
La etimología de cultura proviene de cultivar. Relativicemos una lectura elitista de personas cultivadas y, en un país con una importante industria agraria, pensemos en cultivos, cosechas, exportaciones y un sector que derrama riqueza.
Con este antecedente, un asunto que se ignora con ánimo reduccionista y negacionista, es que la inversión en cultura maximiza la economía. Una investigación reciente realizada en Córdoba por el ICC, con el apoyo del área estadística de la Facultad de Ciencias Económicas de la UNC, indica que el Festival Cosquín Rock generó una economía -el año pasado, hace muchos dígitos de inflación- de $ 8795 millones. Dado que la inversión inicial -realizada por privados- fue de $ 1900 millones, estimamos que el derrame económico es de 4,31 veces lo invertido. Además se generaron 10.000 oportunidades temporales de trabajo. Naturalmente esta realidad no es homogénea en todo el sector, pero este cálculo supone que la ecuación guarda relación con la inversión presupuestaria del 0,55%, y la cuenta satélite que devuelve el 1,8 del PBI. En ambos casos la escalabilidad es superior a 4 veces.
Podríamos añadir a la potencia del sector creativo la tracción de otros ámbitos como el turismo, y los medios de comunicación.
Por todo lo antes dicho, querido tío, me gustaría insistir en que la actividad cultural tiene grandes cosechas simbólicas -una riqueza muy valiosa-, y al mismo tiempo aporta cada vez más al mercado laboral, las exportaciones y la economía nacional.
* El artículo fue publicado previamente en el diario Hoy Día Córdoba.
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