Democracia cultural y comunicacional: Deuda que se paga junta.
Presentación del libro Decantaciones: Política y democracia Cultural: Un diálogo global, editado por Tomas Peters y Steven Hadley
EL LIBRO SE PUEDE DESCARGAR EN ESTE ENLACE.
El texto Decantaciones: Política y democracia Cultural: Un diálogo global, editado por Tomas Peters y Steven Hadley, con el apoyo de la Dirección de Creación Investigación de la Facultad de Comunicación e Imagen, sistematiza un debate profundo respecto del marco conceptual y casos prácticos de estrategias de democratización del acceso a la cultura, campo que en América Latina se mantiene siempre en tensión.
El diálogo que nos presentan los autores nacionales e internacionales, nos permite observar desde una posición privilegiada las disputas que han existido sobre los conceptos de cultura democrática y democracia cultural, ambos surgidos de escuelas académicas del primer mundo, pero que son prismas que nos invitan a mirar también nuestras realidades bajo estos focos teóricos. El texto, además, nos presenta diversos análisis a la luz de casos, historias, proyectos desarrollados y realidades situadas que nos invitan a extrapolar y a reflejar en estas pantallas de configuración teórica, nuestras propias realidades culturales latinoamericanas.
El recorrido permite apreciar un relato coral amplio y diverso, con tonos e inflexiones teóricas que dialogan entre sí, y forman un tejido que justifica que el debate es pertinente, justo y necesario. Esta capacidad de mirar y analizar con un catalejo crítico las sinuosas vueltas de la política cultural en nuestros países, teniendo como espejo un arsenal teórico, experiencias concretas y reflexión latinoamericana, es un trampolín para dialogar desde otras veredas con las contradicciones que se nos plantean.
Las prácticas de comunicación son también un eje central del campo de la cultura, tanto desde el quehacer mediático periodístico, donde nos corresponde formar nuevas generaciones desde las facultades y escuelas, y también desde la práctica del derecho a la comunicación que incluye la construcción subjetiva de los cotidianos que conviven en nuestras sociedades, modelando y flexibilizando a cada minuto, justamente el campo cultural. La comunicación no solo pertenece al incesante campo de constructos culturales sino que además da forma al escenario donde se desarrolla o no, la cultura de una sociedad. Los medios de comunicación como vitrinas de representación social que son, eligen cuidadosamente determinadas representaciones, no todas, ni cualquiera son parte del escaparate, por lo que la democracia mediática se trenza necesariamente con el análisis de la democracia cultural.
La radio como lenguaje es un camino mágico, lleno de hitos fundamentales para la historia reciente de la humanidad y con miles de prácticas sonoras que pueblan el actual campo de la sonosfera. Quienes nos sentimos bichos de radio, sabemos del poder del lenguaje sonoro y sus infinitas posibilidades, así como las diversas formas de producción, formatos y usos sociales, personales, íntimos a veces y colectivos también que hoy resignifican la praxis de la expresión en las sociedades digitales. ¿Qué motiva a las personas a comunicarse con la voz, la música, y el silencio?, ¿Qué encanto sobrenatural tiene la intimidad de la oralidad individual puesta en circulación colectiva?
La radio durante poco más de un siglo y el podcast desde hace un par de décadas, han sido dispositivos de la misma materialidad audible que actúa como canal de flujos culturales, subjetividades e imaginarios, que imbricados dan forma a prácticas culturales que son re apropiadas a diario, construye validaciones identitarias y propone priorizaciones de lenguajes, de voces y de representaciones sociales validadas como cultura.
La radio comunitaria como canal de expresión de territorios, comunidades y culturas, en muchos casos al margen de las narrativas oficiales y de las hegemonías culturales del campo de la comunicación, constituye una praxis donde se evidencia constantemente la necesidad de contar con espacios para otras representaciones. Y en clave de radio comunitaria y de políticas de comunicación fui enredando mi lectura de las páginas del texto. Y debo reconocer que todo el contenido de los artículos que componen el libro, actúa como eje inspirador de reflexiones también en el campo de la comunicación, las políticas de comunicación y en el acceso equitativo al ecosistema comunicacional y a lo que entendemos por prácticas de comunicación social.
El campo comunicacional chileno
La comunicación como campo de prácticas se superpone constantemente con la cultura, si es que no se van mezclando a veces hasta confundirse y fundirse por capas, permitiendo entender que la necesidad de pensar las políticas públicas de comunicación, pasa inevitablemente por la misma carretera que las políticas de cultura.
Acceso, participación, promoción y diversidad: Conceptos y palabras que en el texto se aplican y se debaten para el campo cultural, son extremadamente útiles también para pensar las necesidades de comunicación en un país como Chile: ¿Quién decide el acceso a la producción de contenidos? ¿Se puede profundizar la participación de las audiencias en los contenidos de los grandes medios?¿Qué prácticas culturales y modelos de representación son los que promociona hoy la tv, la radio y la esfera digital? ¿Qué representación de Chile asumimos como hegemónicas, como válidas, como verdaderas? ¿Qué representación de Chile asumimos como no autorizadas?
A modo de contexto breve, Chile presenta uno de los ecosistemas más concentrados y con bajos niveles de pluralismo mediático y discursivo en la región, lo que sin lugar a dudas debilita el ejercicio cotidiano de lo que conocemos como ciudadanía y democracia. Es un hecho que ha sido denunciado por diversos organismos internacionales, monitoreos de libertad de expresión, y parece ser un foso del cuál no se sale, al menos no fácilmente.
Comunidades cada día más desinformadas, resignadas a ser audiencias pasivas de conglomerados privados, muchos con capital extranjero, con capital cruzado en diversas industrias nacionales que nos mantienen en un loop de contenidos y formatos desde hace décadas. Masivas audiencias no empoderadas, acostumbradas a un rol secundario, no serán los públicos emancipados que asistan, participen, propongan y modifiquen la escena cultural.
Sumemos un sector de comunicación pública, casi inexistente, muy debilitado entre la crisis de TVN, la ausencia de prensa y radio pública, un modelo que podríamos decir solo sobrevive en la gestión de algunas radios universitarias. Un sector comunitario, o tercer sector que desde hace más de 4 décadas, se viene fraguando desde abajo con demandas reales por acceder a la producción de medios, no con demandas por ser audiencia, no con demandas por que la actual oferta mediática llegue a más comunidades o territorios, sino con la inquietud legítima de generar sus propias lógicas de producción, legitimación y circulación discursiva.
En otras palabras, desde la comunicación comunitaria se entiende la democratización no como más antenas repetidoras de los medios del centro político cultural, sino una diversificación profunda de la matriz de comunicación nacional, para que en mejores condiciones, surjan más medios, acotados a los requerimientos locales, comunitarios y sociales de quienes habitan hoy territorios complejos, cruzados por problemáticas estructurales de desigualdad y despojo de derechos, a lo que se suman dimensiones contemporáneas de interculturalidad, discursos de odio y polarización social. Si nuestros medios sólo reflejan representaciones y estándares construidos desde el centro, seguimos sin ver el cuadro completo, seguimos sin vernos ni oírnos como sociedad.
Tal vez necesitamos ambos procesos tanto un aumento de los flujos hegemónicos para que lleguen a más audiencias y públicos, junto con una diversificación de matriz o quizás la respuesta apunta a que como sociedad reconocemos la constante reproducción de comunicación hegemónica y la inercia que provoca entre ejercicios que no pasan de polarizar sensibilidades. Eso nos obliga a pensar cuáles son las hegemonías presentes en la comunicación mediática producto de las políticas de comunicación existentes, y como añadidura preguntar cuáles son las hegemonías culturales que reproducen un tipo determinado de políticas culturales.
Esta disputa se resuelve con políticas públicas de comunicación, al igual como el texto nos señala la importancia del enfoque que existe detrás del diseño de políticas culturales. Y este enfoque añorado en las políticas de comunicación involucran diseños, apuestas de corto y largo plazo y también asumir miradas críticas a la industria mediática y/o cultural.
De esta forma la pugna entre los conceptos de democracia cultural y cultura democrática, se puede extrapolar a la dicotomía al campo de la comunicación como ejercicio básico: un camino de comunicación democrática o una democracia comunicativa: O acercamos las grandes plataformas discursivas hegemónicas y consagradas a más audiencias, dando y legitimando concesiones de radio y TV y condiciones de desarrollo a los que ya tienen, o proponemos repoblar el campo de la comunicación con nuevos discursos, nuevas palabras, nuevas imágenes, nuevas culturas. Ambos caminos complejos, no excluyentes pero que requieren estructura, diseño y voluntad de largo plazo. No sólo de autoridades y funcionarios, sino que principalmente de comunidades vivas.
¿Cómo se mide el valor de la oferta comunicativa?
Los bienes culturales entendidos como prácticas y narrativas que se expresan desde el arte, desde la subjetividad colectiva o desde las obras y objetos de representación, también son bienes simbólicos que deben ser puestos en la balanza comunicacional. Así como en el texto, Wamsley nos interroga sobre el valor cultural, y cómo darle valor a las prácticas culturales, con diferentes pesos y calificaciones, cabe preguntarse quién da valor comunicativo a la oferta mediática de los medios en Chile- Así como los autores de este volumen debaten entre el valor del arte como moneda de experiencia y la esfera de lo cotidiano, me pregunto¿quién le da valor hoy a la experiencia comunicativa? ¿Cómo darle valor a los objetos y productos de la oferta mediática? ¿Cómo dar valor al significado de nuestros noticieros, matinales y coberturas informativas de cualquier índole?
Las respuestas abarcan desde el rating de las teleseries turcas, el poder de avisaje que tiene el reality show de turno, pero poco de las necesidades de las audiencias, sus intereses, sus horizontes de construcción ciudadana. ¿Puede tener valor lo cotidiano en la oferta que hacen nuestros medios del Chile actual? , ¿la memoria no higienizada, la palabra no pasada por la domesticación periodística, puede ser puesta en valor como objeto comunicacional?
Por eso es que las políticas de comunicación, cultura y la lectura de estos debates, son vitales para repensar también desde donde asumimos la necesidad de reformular las políticas de comunicación, que Barbero los denominó los nuevos campos de disputa de poder, es en este diseño donde se juega el equilibrio de las representaciones simbólicas del poder, de una sociedad y de las identidades que la componen.
¿Podemos decir que los estudios de audiencia de los medios, son el reflejo real de las necesidades y gustos de las comunidades a nivel informativo? Desde la academia pasamos contando publicaciones, contando lectores e interacciones, midiendo como los medios establecidos cubren el tema 1 o el tema 2, sin embargo no es tan clara nuestra apuesta por procesos de democratización real del campo.
Educación para audiencias críticas, emancipadas y exigentes
Regresando a la solución: necesitamos políticas de comunicación, pero no son la única solución, necesitamos una conciencia comunicacional desde las bases, / una conciencia cultural desde abajo, que nos permita reconocer nuestros roles de consumidores, dar valor a nuestras interacciones, efectos y posibles roles de productores, tanto comunicacionales como culturales. Sin esa conciencia inculcada en la escuela y en diversos espacios de la sociedad, sin el respeto por la convivencia comunicativa que a diario experimentamos, estamos destinados a ser considerados receptores vacíos, audiencias para ser movilizadas al escenario de turno, audiencias para ser contadas como el rating de turno.
Lo cierto es que nos falta educación para los medios, procesos de base que formen a las comunidades de interés como actores fundamentales de la comunicación,ya sea en nuestros territorios con medios y procesos comunitarios o desde las plataformas nacionales, y hoy globales. Pero sin ese correcto marco formativo ciudadano, no podemos esperar que se democratice la comunicación. Ni tampoco la cultura.
La comunicación comunitaria es un ejercicio de derecho, es un espacio de creación, resignificación y deshegemonización de la palabra y la imagen, es una práctica de resistencia de la representación. Ante la representación que se hace de Chile de forma masiva por antenas, pantallas y celulares, hay comunicadores que proponen otro flujo discursivo. Uno donde emerge lo cotidiano, lo local, la demanda social y política que no cabe en el espectro del periodismo, donde pasamos a disputar el imaginario. Estas prácticas también son cultura y también son democracia.
A través de las páginas de este libro, aparece la pregunta por el registro de la cultura de lo cotidiano: ¿Quién guarda, pone en valor y archiva esa narrativa de las opiniones públicas locales. ¿Es posible que una política pública regule, promueva y mejore el acceso al derecho a la comunicación?
Una de las autoras señala que la democracia cultural sigue siendo un horizonte inacabado, un ideal que las políticas culturales aún buscan concretar. Asimismo, la democratización de la comunicación es un constante proceso en construcción, basado en los mismos principios de participación, diversidad y descentramiento.
Parafraseando la autora, “más que distribuir cultura hay que redistribuir poder simbólico, re pensar la democratización de las subjetividades”, y es ahí donde la comunicación tiene un rol fundamental, democratizar el acceso a la palabra y a la expresión propia reconfigura la relación de poder frente a los medios y frente a las élites, nos abre la urgencia de la democratización cultural.
Necesitamos Políticas de cultura y de comunicación que devuelvan la importancia de la experiencia del público / las enseñanza de audiencias vivas, procesos de educación en medios para que comunidades que primero reconocen su voz y construyen representaciones de sí mismas fuera de estereotipos, puedan ejercer un rol cultural activo.
Una ciudadanía que no aprende a mirarse, a escucharse y a proyectar el valor de su propia palabra jamás podrá expresar, disputar y des-hegemonizar. Si la ciudadanía no se reconoce, si la gente no sabe de qué derecho le han privado, jamás reconocerá el llamado a sumarse al debate, ni menos avizorar los horizontes de posibles caminos para encontrar soluciones.
Este libro nos sitúa en las políticas públicas como lugar de debate para la democracia cultural, la que sin lugar a dudas no puede existir si no va de la mano del análisis del estado de la democracia comunicativa. Si nuestros marcos legales siguen domesticando a la comunicación local, a los medios de proximidad como mini radios comerciales, si sólo asumimos que los fondos concursables son la solución para que surja la comunicación en la base…. no se moverá ni una sola hoja.
El texto Decantaciones: Política y democracia cultural: Un diálogo global, inspira nuevas reflexiones, mueve muros en múltiples campos y sentidos del saber. En sus páginas, se reafirma que sin palabra propia, no hay política pública que nos empuje a la solución de la desigualdad y la exclusión.


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