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Sin dudas la Cumbre Mundial sobre Políticas Culturales de la Unesco, también conocida como Mondiacult 1982, es uno de los mitos fundantes en la historia de nuestras políticas culturales contemporáneas. El impacto de las decisiones tomadas en la cumbre, reflejadas en las recomendaciones del informe general y, especialmente, en la declaración final aprobada, marcaron profundamente las líneas sobre las cuales se estructuraron las políticas culturales en las transiciones democráticas de nuestra región.

Desde entonces, solo hubo un encuentro posterior de similares características, la Conferencia Intergubernamental de Políticas Culturales para el Desarrollo, realizada por la Unesco en la ciudad de Estocolmo en 1998. Hoy, a 24 años de Estocolmo y a 40 años de la Mondiacult original, la Unesco y el gobierno de México están convocando a una nueva Cumbre Mundial sobre Políticas Culturales y Desarrollo Sustentable para fines de septiembre de 2022. Y sí bien en esta oportunidad estamos un poco mejor en América Latina y no enviaremos represores o representantes de dictaduras para sesionar en la cumbre, creemos que la mayoría de los gobiernos de la región que participarán, no estarán a la altura para recuperar las memorias recientes de políticas culturales latinoamericanas de ciudadanía y diversidad cultural que podrían ayudar en el debate global, en un mundo que nuevamente se está reconfigurando con una guerra que lleva ya varios meses y no sabemos muy bien dónde terminará. 

La Declaración de la Ciudad de México de 1982 fue el paraguas sobre el cual se constituyeron las políticas culturales de nuestras transiciones democráticas y, de algún modo, sus lineamientos también ayudaron a configurar los contratos sociales y expresaron algunas de las tensiones de las culturas políticas de la época en un sentido más amplio. Los trabajos de Renata Rocha, Lia Calabre, Albino Rubim, Rubens Bayardo y Eduardo Nivón Bolán, entre otres, nos recuerdan que durante la década del 80, en paralelo a la construcción y consolidación de las instituciones y políticas culturales de nuestra región, fue instalándose el modelo cultural neoliberal, principal protagonista de la década del 90 y también principal causa de la emergencia de los gobiernos de la llamada “marea rosa” durante la década del 2000, momento en el que el modelo cultural neoliberal pudo ponerse en cuestión. 

Si bien en Mondiacult 82 la foto global nos mostraba un mundo bipolar, con el proceso de descolonización y la emergencia de los países no alineados se habían abierto algunas grietas a partir de las cuales la Unesco venía construyendo sentidos de síntesis en pos de garantizar el desarrollo cultural de los pueblos, jugando un importante papel en las discusiones sobre las nociones de lo comunitario, el mercado y el Estado. Pero el devenir de los acontecimientos durante la implementación de las acciones del Decenio para el Desarrollo Cultural (1987-1997) nos mostró cómo el cambio geopolítico marcado por la caída de la Unión Soviética habilitó un giro importante sobre estas nociones, instalándose la hegemonía de la economía creativa. Para verificarlo se pueden revisar los resultados del informe de la Comisión Mundial de Cultura y Desarrollo publicados en 1996, que marcaron la Conferencia Intergubernamental de Estocolmo de 1998. 

Los avances alcanzados en Mondiacult 1982 son el corolario de un proceso que inicia la Unesco en torno a las políticas culturales desde la década del 70 y que tuvo como antecedentes a la colección de estudios culturales publicada desde 1968 y como hitos a las diferentes conferencias intergubernamentales y regionales que comenzaron en Venecia en 1970. Pero, además, la declaración de México recoge otros procesos impulsados por Unesco, como los postulados sobre los museos y el patrimonio de la Mesa Redonda de Santiago de Chile organizada junto a Icomos en 1972, o los resultados del Informe MacBride en torno a las políticas de comunicación, aprobado por la Asamblea General de la Unesco en 1980. En el caso de Mondiacult 1982 existe cierto consenso en considerar que su principal aporte tiene que ver con la implementación de una definición amplia de cultura, además de la inclusión de la dimensión cultural del desarrollo, hechos que obligaron a revisar la noción misma de políticas culturales y los instrumentos a estas asociados. Pero la conferencia también fue muy importante en otras áreas estratégicas de la cultura, como la comunicación, el patrimonio cultural y las industrias culturales.

A partir de los resultados de la cumbre del 82, la Unesco intentó estructurar un plan de acción, pero la demora en su aplicación provocó que el Decenio para el Desarrollo Cultural, aprobado por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en 1987, tuviera un marcado sesgo neoliberal. Este giro quedó evidenciado, entre otras cosas, en el alejamiento total de la Unesco en los temas relacionados a las políticas de la comunicación, pero también, por la apuesta a la economía creativa —junto con la idea de multiculturalismo— como forma de reconocimiento de la diversidad que habían comenzado a impulsar los países de origen anglosajón. Además, Consenso de Washington mediante, comenzó a cobrar cada vez más fuerza la idea de que los Estados eran ineficientes y que la sociedad civil tenía un papel importante para resolver este problema, declarando la prescindencia de la intervención estatal. En este esquema se verifica el surgimiento del tercer sector para paliar los desastres que el sistema neoliberal producía (Wortman, 2008). Así, la cultura pasaba a ser una protagonista estelar y un “recurso” inestimable para la intervención pública en las más variadas materias del campo económico y social (Yúdice, 2002). Justamente, finalizando este período se produjo la Conferencia Intergubernamental de Políticas Culturales para el Desarrollo de Estocolmo (1998), y vale mucho la pena comparar las declaraciones de México y Estocolmo para comprender la profundidad del cambio de agenda política de la Unesco. Aunque en general, al menos hasta la pandemia de 2020, el organismo ha sostenido una línea más vinculada al emprendedurismo y a la economía creativa que a otras formas de políticas culturales.

Pero lo más irónico del enfoque neoliberal y colonialista aún persistente en la Unesco es que pondera la participación social pero sin activar mecanismos concretos para que suceda. En el caso de Mondiacult existen algunas franquicias de eventos que Unesco fue otorgando, como los Resialiarts o, más recientemente, los foros paralelos Mondiacult, pero no queda claro cómo estos procesos podrán alimentar las discusiones de la cumbre ni qué mecanismo de sistematización tendrán, siendo que el borrador de la nueva declaración ya fue redactado y está circulando entre los gobiernos sin ninguna de esas incorporaciones.

Esta falta de mecanismos de participación y la poca relevancia que los Estados miembro han dado al evento, nos invita a pensar en algunas formas de hackeo de la cumbre que permitan poner en valor los aprendizajes de la región. 

En los últimos veinte años hemos tenido algunos ejemplos muy interesantes de políticas culturales que, en algunos casos, han configurado experiencias concretas de políticas públicas bajo el paradigma de democracia cultural (García Canclini, 1987) basadas en el ejercicio de la ciudadanía cultural (Chaui, 2013). Estas políticas culturales se ocuparon de discutir el rol del Estado y de proponer otras formas de relación entre este y los agentes y organizaciones culturales desde una perspectiva de respeto, diálogo y estímulo para todas las manifestaciones culturales, superando el paradigma neoliberal que hegemonizó las décadas anteriores.

Esta nueva perspectiva de los gobiernos, más el fortalecimiento de los movimientos sociales por una masiva participación popular, ayudó a fisurar la narrativa neoliberal, posibilitando que en nuestra región comenzaran a operar algunos cambios. Así como el neoliberalismo instaló una narrativa donde el individualismo era el principal organizador social, surgió desde la sociedad civil organizada una narrativa contrapuesta, donde lo colectivo y lo comunitario representaban la principal salida. Ya no se trataba de convivir pacíficamente en un mundo global, formateado en el modelo occidental, blanco y patriarcal, que reconocía las múltiples diferencias, sino de construir la máxima zapatista de “un mundo donde quepan todos los mundos”. De alguna manera, la idea clásica de políticas culturales, construida por Néstor García Canclini en 1987 a partir de las resoluciones de Mondiacult 82, se tornaría protagonista del período, especialmente considerando los aportes realizados por los movimientos sociales para la transformación del Estado, pero también los esfuerzos de los gobiernos para trabajar con la agenda que los movimientos sociales venían promoviendo. 

Hoy ese paradigma que creíamos posible superar ha resurgido. Parecería que esa certeza de que nadie se realiza en una comunidad que no se realiza, que podía verificarse al inicio de la pandemia, nuevamente se comienza a resquebrajar y que todo tiende a volver al punto en que estaba antes de la tragedia. Eduardo Nivón Bolán (2020) advierte que el contrato social que guio las transiciones democráticas desde hace cuarenta años está agotado. La creciente polarización y aumento de simpatías por propuestas de derecha, discriminatorias y excluyentes, puede verificarse en gran parte de nuestros países. Discursos de odio, noticias falsas y hasta guerras culturales son el condimento cotidiano de las narrativas que gran parte de los medios de comunicación instalan en el sentido común de nuestra ciudadanía. En el caso de la cultura, la mirada economicista es hegemónica en la mayoría de los proyectos progresistas y liberales. En el caso de los conservadores, directamente lo es la censura o la persecución. Es cierto que pueden encontrarse algunas excepciones, al menos en algunas aristas, tal como es el caso de la vigorosa acción del Gobierno argentino para atender la emergencia de la pandemia (Fuentes Firmani, 2020) o la articulación entre agentes, colectivos culturales y representantes parlamentarios que consiguió la aprobación de la Ley de Emergencia Cultural Aldir Blanc en Brasil (Santini, 2020). Pero más allá de estas cuestiones puntuales y algunas otras, todo parece indicar que la cultura pospandémica será muy parecida a la que teníamos en 2019, como si nada hubiera pasado. Y este es un problema esencialmente simbólico y de sentido. 

Los algoritmos van creando mundos hiperindividualizados en los que la fragmentación está naturalizada y en donde la ciudadanía vuelve a ser tratada como consumidora. La desregulación de las plataformas de contenidos ha comenzado a ser un problema para la producción cultural y cada vez más empieza a verificarse cómo la centralización de los canales de producción y exhibición condiciona formatos y contenidos que simulan ser de producción local pero llevan marcas culturales y globales muy claras. Ante este escenario resulta muy necesario construir mecanismos y dispositivos de contrapeso que ayuden a los Estados a negociar con estos grandes conglomerados infocomunicacionales, ya que en algunos casos las asimetrías son considerables. Lograr que la Unesco ocupe ese rol debería ser una de las primeras preocupaciones de las delegaciones nuestramericanas que se encuentren en la nueva Mondiacult mexicana. 

Ante esta situación desde la Revista Gestión Cultural nos hemos propuesto invitar a gestores y gestoras culturales de distintos países de Latinoamérica, con experiencia y trayectoria situada, para que puedan ayudarnos a construir una reflexión coral, a modo de archivo y repositorio, sobre los aportes que la región puede hacer en materia de derechos culturales, diversidad cultural y desarrollo sostenible, o buen vivir, como se le llama ancestralmente a esa práctica en nuestro territorio. Además hemos incluido una entrevista a uno de los responsables de la organización de Mondiacult por parte del Gobierno de México, para poder conocer mejor el enfoque y los motivos que llevaron a ese país a proponer una nueva cumbre. La apuesta es realizar algún tipo de hackeo sobre el evento para hacer llegar al debate global voces críticas y silenciadas que cuentan una historia en la que el  sujeto central de las políticas culturales son nuestros pueblos y comunidades.

Participan de este número: Paola De La Vega Velastegui, André De Paz, Emiliano Fuentes Firmani, Mónica Guariglio, Jorge Melguizo, Pablo Mendes Calado, Ángel Mestres, Susana Obando Morales, Anna Valeria Prato, Tomás Peters, Carla Pinochet Cobos, Elena Román, Alexandre Santini, María Soledad Segura, Guillermo Valdizán Guerrero y Vladimir Velázquez Moreira.

La gestión cultural latinoamericana en la Mondiacult 2022

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2 comentarios
  1. Ronald D. Poppe Ponce
    Ronald D. Poppe Ponce Dice:

    La Universidad Andina Simón Bolívar, viene desarrollando desde el 2005, un programa de Maestría en Gestión Cultural, este año tiene la oferta de un Programa de Especialidad Técnica en Gestión Cultural Comunitaria, nos gustaría compartir esta visión desde el Organismo Académico de la Comunidad Andina de Naciones.
    ¿Podrían apoyarnos a participar en MondiaCult?
    Gracias. atentamente.
    Ronald D.

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